El Mundial ya no es nacionalismo banal, sino principal

Con unas banderas sobre el césped de la medida de medio campo, titulares y suplentes saliendo al campo precedidos por las banderas de cada país y alineados para cantar los himnos nacionales, jefes de estado en el palco, estrellas del cine y de la música ocupando las butacas inaccesibles y vestidos con las camisetas de las selecciones, los narradores dejándose la voz hasta la afonía en la épica del orgullo patrio... El Mundial de los Estados Unidos, México y Canadá ha desplazado los límites de lo que conocemos como nacionalismo banal hasta convertirlo en nacionalismo principal.

El fútbol de selecciones es la gran máquina de alimentar identidades y de convertir diferentes dudosos. No hay desfile militar, discurso político, festival de Eurovisión, premio Nobel o accidente trágico capaz de poner tanta gente diferente detrás de una misma bandera. En un momento en que los estados se han encogido ante la potencia disruptiva de las empresas tecnológicas billonarias y a duras penas pueden asegurar el contrato social, el Mundial asegura el contrato emocional y hace buena, en cada partido, aquella definición que dice que una nación es el lugar donde la gente sufre por las mismas cosas.

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Afirmaciones como “sin franceses” de Rajoy son rápidamente convertidas en fuente de apologías ilustradas de la unidad nacional por encima de los orígenes, se utilizan desvergonzadamente para negar la existencia de la dura realidad de la discriminación por origen y buscan la dignidad que borra por unos días las ideologías de partidos que tanto triunfan en las urnas. Y en el caso de España, con su identidad frágil y su silla en la segunda fila internacional, la expectativa de una victoria final aún es menos banal.