La nariz del vino
Lo que me gusta de pasear entre los stands de laWine Week, la feria internacional del vino en Barcelona, es que todos los yendo y venideros tienen una nariz entrenada. Si no has olido nunca, de pequeño, tomillo, romero, ya no digo ajedrea, no sabes qué es el tomillo, el romero y ya no digo la ajedrea, y, entonces, de mayor, te son ajenos e incomprensibles. Olisquear es abrir las puertas a nuestro sentido más secreto y complicado, más que el oído, más que el tacto. Huse un aula, con la mezcla de olor a lápices, de merienda a temperatura ambiente, de colonias para los piojos. Olmar la redacción de un diario a la hora de comer, donde suele sentirse olor a mandarina. Huele a un perro mojado. Oler un establo. Huse el cuero. Huele, si se puede, claro, una fresa, una cereza. Olisquear lavanda. Pensar que cuando haces el curso de cata Wine SETte hablan de acacia, y quizás nunca la has olfateado. Olmar el perfume de Marina Rossell, que es concretísimo (diría que es lo mismo que utiliza Mònica Terribas) y la hace ser ella y te hace pensar en ella cuando abandona una habitación. Olisquear la colonia del Leslie de los Sírex, que es una colonia que llevan muchos hombres. Olisquear y oler, el perfume salvaje de un fricandó (esa canela), oler el bosque y decir: "Hele a arroz hervido", porque hay laurel.
Todas las narices que pasean por Wine Week olisquean. Y las personas que huelen y huelen son sensoriales, suelen sentir emociones como sacudidas, porque la nariz es la puerta del corazón. Podríamos aburrir el modelo más atractivo del mundo si apesta, podríamos amar lo más feo si huela. Olor y hedor. Nuestra lengua distingue su matiz. Quien huele —como los animales que somos— entonces prueba. Pero la mitad del gozo ya lo ha tenido. Viva la gente del vino, que cuida la tierra, y lo olfatea.