Niños! Escuela rural, pedagogía real
Lo que es pequeño se ha hecho grande. Y lo insignificante, importante. Los rincones se han movido aceleradamente y esencialmente al centro. Lo que era juzgado como irreal, artificial, ahora deviene sentencia incuestionable, absoluta, total de naturalidad, de realidad. A las cosas microscópicas, a los seres liliputienses, se les está viendo como rascacielos de humanidad, de esperanza. Pero el colapso, la barbarie, el analfabetismo también llegará. Preparaos para la ocupación.
Lo sabe todo el mundo que lo quiere saber, y es profecía si se cree en lo que se tiene que creer, pero ya puedes silbar si el burro no quiere beber. El desembarco de ejércitos de chiquillería de ciudades medianas hacia escuelas rurales de pueblos cercanos quiere decir mucho de la nada. Primero, muchos padres sacan a los niños por la inmigración de los centros (sean públicos o concertados). Segundo, también por los modelos pedagógicos, diferentes, divergentes. Tercero, las fugas (son micro, ahora) por razones de trabajo, de vivienda. Podríamos decir más, pero el plutonio pedagógico, existencial, es atómicamente este. Y el bum, bum, como quien construye más bombas, ya se ve venir y sentir.
Las escuelas rurales son laboratorios de presente-futuro, pero sobre todo del tiempo que se ha querido olvidar. Ahora se ha descubierto que para educar hace falta el taburete de leer, escribir y pensar. Sin eso somos cojos, tuertos, caídos. Esto lo sabemos desde el Paleolítico, pero la mala educación incendiada por la pedagogía de los analfabetos existenciales les ha dicho a los niños que, gatos y ratas humanizadas y dibujadas, son amigos asamblearios y colectivos libres de la paz mundial desde las cavernas utópicas. En la pedagogía de las escuelas rurales se dialoga con gallinas reales. Aprendes que hacen quiquiriquí (y que no significa: hola, no soy un animal; soy un ser de luz, abrázame. Aviso: si les tocas las narices pican) y ponen huevos (que son para comer y no por eso somos asesinos. Y sí, salen de ellas, no de los supers, y detrás hay campesinos, sudor, etc.). También se aprenden las matemáticas de la vida: las personas cuentan. Y hay que cuidarlas. Una a una. Y se ha de velar por lo poco para que no se pierda y después sea mucho. Si tienes dos y gastas tres te quedarás sin nada… Y humanismo: los pequeños y los grandes son uno. Y la sociedad somos todos: las personas mayores y los bebés. Se llama pedagogía de la realidad. Pero ahora esta escuela eterna pone intermitentes.
La primera convención sobre Escuela Rural y Micropueblos de este fin de semana ya ha pulsado el botón de alerta. Precisamente la Asociación de Micropueblos de Cataluña ha avisado que hace falta un marco normativo propio para la escuela rural para garantizar su futuro. Lo podéis traducir: pero para mantener la pedagogía de la realidad no puede quedar expoliada, anegada, arrasada, sustituida por la pedagogía de la irrealidad. Está claro que esto significa recursos, dinero, etc. Pero sobre todo significa la nueva-vieja lección que debemos estudiar y aprender: porque saber es recordar.
El futuro de Cataluña no se decide en Barcelona. El mañana del país se está jugando aquí: el 50% de los municipios del país son micropueblos (hay 484). El 51% de la extensión (16.298 kilómetros cuadrados). Son casi doscientas mil personas: un 2,5% de la población catalana. Y el corazón palpitante de la sangre existencial son las escuelas rurales. Porque el futuro, de todas las eras, civilizaciones, generaciones, son los niños. Ellos siempre, siempre, son el mañana. Los pocos niños pueden decidir el futuro de muchos niños. Ellos son el poder.