No son guerras híbridas

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Trabajadoras tiran comida en mal estado en un supermercado sueco después de que un ciberataque afectara a los sistemas de refrigeración, el 2 de noviembre de 2026.
05/11/2026 - 18:38 h
Profesor emérito de relaciones internacionales de la UAB, investigador sénior asociado del Cidob

Hace tiempo que, en la Unión Europea (UE) y en todo el mundo, se denuncian incidentes y ataques graves en los espacios de ciberseguridad y de transporte. Los ciberataques hace décadas que existen y cada vez son más graves por la gran dependencia –de economías y sociedades, incluso en defensa y seguridad– de herramientas cibernéticas. Por eso, casi todos los países y organizaciones de seguridad incluyen en sus estrategias de respuesta a amenazas retos de ciberseguridad (incluso se han creado organismos específicos, como hizo hace años la OTAN). El registro de ataques documentados es amplio: ahora, incluso en las cadenas comerciales de suministro de alimentos, alterando las instrucciones de los congeladores de mercancías para que su temperatura supere los 40 °C y destruya todo lo que hay almacenado.

En cuanto a los incidentes en el sector del transporte, especialmente el aéreo, son muy diversos: amenazas de bomba, habitualmente falsas, que obligan a aplicar protocolos muy estrictos en aviones comerciales –son una muestra la treintena de casos en Europa de esta semana–; alteración de soportes cibernéticos de control para generar caos, y ataques o amenazas de disrupciones en el espacio aéreo mediante drones, como los de hace unos meses en nuestra región.

Estos ataques proceden de actores privados, que a menudo buscan beneficios lucrativos, pero también de actores estatales e incluso de actores mixtos (actores privados contratados por estados). Los motivos aducidos o probados van desde guerras comerciales entre empresas hasta fraudes y, evidentemente, intentos de alterar la vida cotidiana en determinados estados por parte de otros estados. En estos casos, se busca generar sensación de inseguridad, incidir en la agenda política o mejorar la posición negociadora respecto a determinados contenciosos entre agresor y víctima. En cualquier caso, estos tipos de incidentes de ciberseguridad y en espacios de transporte plantean grandes dificultades de atribución de responsabilidades contrastadas y con pruebas fehacientes.

Algunas instituciones, estadistas y medios de comunicación suelen aludir a estos incidentes y ataques como ejemplos de guerra híbrida. La expresión es absolutamente errónea y contraproducente.

El término se originó en la comunidad de defensa norteamericana y no ha dejado de ampliar su significado constantemente. Alude a múltiples fenómenos y posibilidades que se dan en la zona gris, intermedia, entre situaciones de paz y de conflicto armado. Y aquello que significa demasiadas cosas, no significa nada concreto.

Se utilizó para referirse a la entrada de decenas de miles de personas en Ceuta con la complicidad de Marruecos, país con el que no estamos en guerra. También se utiliza para referirse a los intentos de Putin de perturbar el orden europeo en el marco de los casi cuatro años de guerra entre Ucrania y Rusia, sin que la UE esté en guerra con los rusos, a pesar de su apoyo a Kiev. Y se ha insinuado que quizás detrás de las amenazas de bomba o el uso disruptivo de drones en aeropuertos se esconde la mano del Kremlin.

En ninguno de estos casos se puede hablar de guerra híbrida. Un adjetivo no puede modificar totalmente el significado del sustantivo, simplemente lo restringe, acota su campo semántico. Sin guerra, el recurso a amenazas o herramientas no militares en contenciosos entre estados no es un conflicto armado. Por eso, en declaraciones oficiales, la UE y la OTAN solo hablan de amenazas híbridas, retos para la seguridad de actores que no están ni en relaciones plenamente pacíficas ni en situaciones de guerra, sino que tienen que gestionar disputas en esta zona gris, donde es habitual emplear sobre todo herramientas no armadas, heterogéneas y a menudo sincronizadas, para intentar modificar la conducta del adversario.

Usar expresiones incorrectas en el campo de la seguridad no es un error terminológico o una licencia retórica, sino una manera de no enfrentar los problemas reales, de evadir el tema. La seguridad es desde hace décadas multidimensional y afecta a todas las esferas de la vida de las personas y de las comunidades políticas en las que están organizadas. Y en ellas, la ciberseguridad y el transporte son elementos fundamentales, como muestra que el 80% del comercio mundial se produce a través de los mares. 

Por tanto, los episodios que comentamos son y serán habituales y exigen, sean quienes sean los culpables, reducir vulnerabilidades. Las palabras no resuelven los problemas, pero los pueden agravar.

Terminaré con el consejo de Josep Pla: “Adjetivar los sustantivos, poner detrás de un sustantivo el adjetivo que le corresponde, no se puede hacer a tontas y a locas, a ver si acierto, frívolamente [...]. El adjetivo debe ser, en primer lugar, inteligible y claro y después, si es posible, preciso”.

Nos enfrentamos a amenazas y retos no militares y de naturaleza heterogénea que afectan y afectarán la vida cotidiana.

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