Octubre triste

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Inundaciones en la Biblioteca Central de Cerdanyola.
16/10/2026 - 18:15 h
Escritor y pintor

Octubre es el décimo mes del año, según el calendario gregoriano, que es el que nos organiza el tiempo. Pero en el calendario de los romanos era el mes octavo, y de ahí le viene el nombre. De ocho, en latín.

Comenzaban las clases, el día dos, porque el día primero era el Día del Caudillo. Y acababan con el día de mi santo patrón y patrón de la ciudad que lo celebra con grandes ferias y fiestas. San Narciso, el día 29, todavía era un día de octubre, pero sus fiestas ya se metían en noviembre. Y así, el día primero de noviembre, Todos los Santos, todavía eran ferias y fiestas, y el día segundo, el día de los muertos, también. Las fiestas se acababan el día quinto con un gran castillo, decían, de fuegos artificiales, que los gerundenses llamaban “los humos”, porque, como los cohetes y los petardos y las cascadas y lo que fuera se encendían desde el puente del alférez Huarte, todo el canal del Oñar quedaba lleno de humo, un humo acre, espeso, que no dejaba ver el cartel encendido del final, que decía: Gloria a San Narciso. No hace falta que les recuerde que en aquellos años todo lo que era público se hacía en castellano, la lengua de los vencedores. Como las ferias y fiestas absorbían eso que ahora llaman Halloween y entonces era la castañada, eran días de comer panellets y castañas tostadas y boniatos pastosos que, como hacía frío, eran muy agradables. Por San Narciso, el día del patrón, todas las tiendas estaban abiertas, que por algo eran ferias. Si llovía, mi abuela decía aquello de “calles mojadas, cajones secos”, cosa que en casa no era del todo exacto, porque, entre muchas otras cosas, vendíamos paraguas, gabardinas, impermeables. Por la mañana había un oficio solemne en la capilla del santo, en la iglesia de San Félix, con el obispo, los canónigos de la catedral y las autoridades civiles y militares. Los concejales iban con frac. Los militares, de uniforme. Los canónigos, con su capa morada con la pechera de piel blanca, y el obispo, con su larga cola de seda roja. El pueblo, es decir, yo y muchos otros, mirábamos el espectáculo. Después entrábamos al oficio y, al terminar, recogíamos, bajo el sepulcro del santo, una bolsita de papel blanco con una borra de algodón hidrófilo bendecido dentro que dicen que iba bien para el dolor de oído. La bolsita decía “Donum Sancti Narcissi”, pero tenías que dejar una limosna.

Eran días de ferias, de mercados de ganado, de atracciones, de comer churros y algodón de azúcar. Subíamos a la noria, al látigo, a las montañas rusas. Disparábamos balines en las casetas de tiro, todo aquello que se hace en las ferias. Después de los fuegos artificiales volvían las clases. Empezaban las lluvias. Cuando salíamos de clase, por la tarde, ya estaba bien oscuro. La ciudad era húmeda porque llovía mucho, los guijarros que empedraban las calles del barrio viejo eran resbaladizos. Hacía frío. Cuando cruzábamos el puente de Piedra para ir a casa, un cojín de niebla reposaba sobre el agua sucia y escasa. Muchos días no se veía nada. Pero los jueves por la tarde era fiesta y no íbamos a clase. Entonces hacía sol, la Devesa estallaba en la gloria de sus cobres y dorados. El suelo estaba lleno de hojas secas. Pero el sol se ponía pronto y teníamos que volver hacia casa. Y así pasaba noviembre. Octubre había pasado de la misma manera, con la esperanza de las ferias al fondo. Noviembre pasaba sin ningún consuelo. Navidad quedaba todavía muy lejos.

Ahora todo ha cambiado. Estamos ya a mediados de octubre y todavía hace calor. Y como no ha llovido cuando tenía que llover, no hay setas, que eran el consuelo de la monotonía de octubre. Eran su alegría.

El mundo está lleno de tristeza. Gaza, Ucrania, el Tíbet. Parece que eso que los cursis llaman "la naturaleza" se haya desatado en contra nuestra. Todo son desgracias. Lluvias tropicales, huracanes, inundaciones, casas que se caen, trenes que chocan o que se queman. El mundo se ha vuelto arisco, agresivo. Los glaciares se funden, sube el nivel del mar. Los jóvenes son infelices y se insubordinan. Los viejos son desahuciados, los echan de casa. Eso que llaman los fondos buitre no tienen entrañas. Las llamadas fuerzas del orden apalean a cualquiera que se les pone delante. La piedad parece haberse evaporado de este mundo perdido. Un peñasco escarpado, cada día más alto, se alza y crece ante nosotros: es la incertidumbre, la tristeza, el dolor. Gabriel Ferrater escribió: “la roca gran de sofriment / que a tots ens fa de fonament / la vela sempre una lleu sorra / d’afeccions felices”. Ojalá que las afecciones felices nos protejan del sufrimiento, sean un bálsamo contra el dolor de este octubre.

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