Odiar al pobre (sobre todas las cosas)
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En la película Umberto D. (dirigida en 1952 por Vittorio de Sica, un director que osó retratar la pobreza, y protagonizada por Carlo Battisti) hay una escena durísima. El protagonista del film es un funcionario jubilado que no puede sobrevivir con la pensión mísera que le ha quedado y que se ve empujado a pedir limosna en la calle. Como le da vergüenza, el hombre deja a un perrito con su sombrero, que pide por él. A primera vista es una imagen tierna, pero por poco que uno se detenga, es devastadora. Retrata la pobreza de tantas personas que nunca se imaginaron que se verían en ella y que no saben cómo afrontar la situación, porque no pueden superar la estupefacción —la vergüenza, también— de encontrarse allí.El mercado, dejado a su propia lógica sin ningún tipo de corrección, amplía incansablemente los espacios de la marginalidad o hace el umbral de la pobreza cada vez más alto, de manera que en él queda un sector cada vez más amplio de la población. Personas que en principio deberían encontrarse en condiciones de pagarse una vida digna (trabajadores asalariados o por cuenta propia, o que se jubilan después de cotizar durante toda una larga vida laboral) descubren de repente que no es así. Sus ingresos están por debajo de los precios, y si no cuentan con un entorno que les apoye, muy pronto se ven abocados a la pobreza.Esta semana, los casos de Maricarmen en Madrid (la mujer de 87 años, precaria de salud y de ingresos, que ha sido desahuciada de su casa mientras los manifestantes eran reprimidos en un nuevo episodio de brutalidad policial) y de Olga, en Hospitalet de Llobregat (una mujer de 54 años, madre de dos hijas —una de ellas, menor—, que se ha suicidado porque no pudo soportar perder su casa), han llenado diarios, telediarios y redes, y han llamado la atención de todo el mundo sobre la llamada crisis de la vivienda, que en realidad no es más que un resultado de un sistema económico basado en dos cosas: la avaricia y la aporofobia. Dicho de otra manera: la relación patológica con el dinero que consiste en considerarlo un bien superior (en relación con los derechos de los ciudadanos, y también en abstracto, como una especie de deidad), y el odio a los pobres.Las personas tienen, o tenemos, miedo de ser pobres por muchos motivos, pero uno de los principales es que sabemos que pasaremos a ser odiados. No solo menospreciados, ridiculizados, humillados, violentados o perseguidos: también odiados. Por encima de todo, odiados. La imagen del pobre actúa como un reflejo de aquello que nunca queremos ser: por eso, cuando los encontramos por las calles, giramos la cara o aceleramos el paso. Nadie nos lo reprochará. El pobre es temible, es oscuro y es repugnante, porque personifica la negación de la prosperidad. El mensaje para quien no pueda pagar los precios impuestos por especuladores descontrolados es que, además de su casa y de sus bienes, ha perdido la dignidad y la consideración de ser humano. Los explotadores han existido siempre; ahora, sin embargo, se jactan de ser los líderes del nuevo capitalismo. Tienen muchas teorías autojustificativas, pero un único principio fundamental: odiar al pobre.