Okupas vs. grandes tenedores
El debate político español se parece cada vez más a las tertulias deportivas o a la crónica social. Y tú, ¿con quién vas? ¿Con los okupas o con los grandes tenedores? ¡Qué absurdo dilema! Pero si llegamos a la síntesis máxima de las ofertas electorales, tal como se nos presenta en las redes sociales, parece que nos vemos abocados a este tipo de maniqueísmo. Y no nos lo podemos permitir: Tenemos delante dos retos enormes, que son la vivienda y la inmigración. Ambos están íntimamente relacionados, y tienen que ver con el Problema con mayúsculas, que es el empobrecimiento de las clases medias y bajas, y la quiebra de los servicios públicos. Es una cuestión de modelo económico, pero a los partidos, a los opinadores y a los influencers les resulta más fácil y más cómodo reducirlo a una cuestión cultural, de valores. Igualdad/libertad. Orden/desorden. Identidad/diversidad. Broncano/Motos. Y en nuestra casa, también, España/Cataluña. O hispanidad/catalanidad. O islam/Orriols.
La gente se desespera viendo cómo su día a día se degrada y la política solo ofrece frivolidad y señalamientos que distraen. Todo el mundo se agrupa detrás de eslóganes defensivos. El desencanto sale a la calle a repartir culpas, y la crispación es una realidad palpable, con violencia incluida. Los medios españoles colaboran en ello, alineándose descaradamente, atacando y victimizándose al mismo tiempo. Ni siquiera los humoristas sobreviven si no se protegen tras una trinchera u otra. La “fractura” catalana a causa del Procés, atizada e inflada por la prensa española, es una auténtica broma comparada con lo que está pasando en Madrid, donde solo falta una chispa inoportuna para que las cosas se calienten de verdad. Por no hablar de Francia: En París, en Lyon y otras ciudades, la protesta legítima se mezcla con el vandalismo, y alimenta los extremos. El miedo a un auténtico enfrentamiento civil (que en parte será social, y en parte étnico) puede favorecer a Marine Le Pen en las elecciones presidenciales. No sería la primera vez que Europa se entrega al autoritarismo por miedo a una revolución. Y aunque no estamos en 1933, no se puede negar que la historia rima, como decía Twain.
Me gustaría poder decir que en nuestra casa el catalanismo puede y debe ser un valor refugio, un punto de encuentro que históricamente ha sido integrador e interclasista. Pero Cataluña es una parte de Europa y sus problemas son los nuestros, incluso con mayor agudeza. La falta de vivienda y los sueldos bajos están taponando generaciones enteras. La clase media, nuestro pilar fundamental, se está empobreciendo de forma acelerada. Los servicios públicos no han crecido al ritmo de la población. La fuerte inmigración, combinada con nuestra baja natalidad, amenaza la cohesión interna y la integración continua de los recién llegados, que ha sido históricamente nuestro gran valor. Y el catalanismo político todavía no está preparado para dar respuesta a todo esto. Una parte se ha girado hacia la ultraderecha (es decir, hacia el miedo al “califato”) y el resto tiene dos problemas graves: Se ha contagiado de la crispación madrileña, y está demasiado pendiente de los recuerdos, cada vez más vagos, del 2017.
Si por un milagro se repite la mayoría progresista, habrá que seguir remando en la negociación (ahora, sin el chantaje de la represión). En cambio, un previsible gobierno PP-Vox pedirá reagrupar esfuerzos en Cataluña, prepararse para el conflicto. Y en el escenario político catalán, un PSC debilitado (en la Generalitat y en muchos ayuntamientos) tendrá que sentarse a hablar con fuerzas independentistas. No tiene donde más girarse. Si se abren ventanas de oportunidad, nos tienen que pillar con los deberes hechos.