Opinión sobre la opinión suprema
En más de una ocasión todo el mundo se ha encontrado, y se sigue encontrando, ante alguien que da su opinión sin que nadie se la haya pedido. Mucha gente expresa qué piensa de las cosas que hacen los demás sin que los demás tengan un interés especial en conocer su opinión. Pero opinamos. Opinamos constantemente, unos y otros. Las que nos quejamos de las opiniones ajenas, también opinamos indiscriminadamente. Aunque hay maneras y maneras de expresar las opiniones. Las redes, por ejemplo, han fomentado de manera descarnada la tendencia general en el ser humano de opinar. Se han convertido en el paraíso de quienes no tienen a nadie que los escuche en el mundo tangible. La virtualidad les ha dado vía verde para manifestarse continuamente mientras esperan una réplica. Es el deporte que hacen sentados. La idea es competir todo el rato. A ver quién la dice más gorda. Y también quién la tiene más gorda. La ventaja es que se puede vivir sin redes y se puede leer un libro en lugar de leer mensajes.
Pero juzgamos. Tanto lo que ha dicho el político de turno como lo que dicen nuestras amigas o la carnicera o el taxista. Lo que no esperas de la gente que se dedica a juzgar profesionalmente es que, basándose en las leyes, encima den su opinión personal. A mí no me interesa saber el esfuerzo ideológico que han tenido que hacer los del Tribunal Supremo para acatar una sentencia del Tribunal Constitucional. Porque, en realidad, lo que me están diciendo es “mira qué buen profesional que soy que, aun no estando de acuerdo, me debo a mis superiores”. Felicidades por haber elegido tú tu trabajo. Pero no solo es eso. Porque Marchena explicita que no quiere un “choque institucional” mientras reprocha los “epítetos sobrantes” y “consideraciones manifiestamente prescindibles y absolutamente innecesarias” del Constitucional. No quiere un “choque institucional”, efectivamente, solo quiere dar su opinión, que entiendo que si eres el presidente del Tribunal Supremo no te puedes resistir. Por supremo. Pero como, para las que no somos personas religiosas, el único juicio que cuenta es el terrenal, este tipo de consideraciones ponen todavía más en evidencia, por si nos hacía falta, la fragilidad del poder judicial. Porque queda un rencor que esperas que, en el momento que se gire la tortilla, sea compensado por una interpretación contraria. O vete a saber.
El poder judicial no es un poder independiente, y la aplicación de las leyes depende de la interpretación que se haga de ellas. Este es un problema que ya hemos sufrido y que sufriremos. Vamos a rebufo de las opiniones y de una justicia humana que, como la divina, no es justa para todo el mundo. La justicia española tiene la obligación de ejecutar las sentencias del TJUE (que tampoco quiere decir que sean justas) y, a partir de aquí, las opiniones de los jueces deberían quedar reservadas para sus comidas familiares o amistosas. Pero todo ello, naturalmente, es solo una opinión. En este caso, la mía. Firmada con nombre y apellido. Reales. Y vosotros también opinaréis. Y con suerte, en algún momento, llegaremos a alguna conclusión. De momento, sin embargo, el juego consiste en pensar. No es un clásico, pero debería serlo.