Oriente Medio, ¿interregno caótico u orden emergente?

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Gente paseando por delante de un cartel anti-Trump en las calles de Teherán, el 23 de septiembre de 2026.
28/09/2026 - 22:55 h
Periodista
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Siete meses después del inicio de una guerra empantanada, Irán mantiene una ventaja estratégica sobre Estados Unidos, que amenaza la estabilidad del final de mandato de un Donald Trump cada vez más debilitado, y unos mercados energéticos mundiales cada vez más tensionados. El barril de petróleo continúa por encima de los 100 dólares. Y, a pesar del impasse sobre el terreno, el Próximo Oriente se adentra en un momento de desorden decisivo. Los conflictos de Gaza, el Líbano y el Yemen continúan abiertos. Estos últimos días Irán ha atacado con misiles a los barcos que intentan pasar por el estrecho de Ormuz, convertido en el epicentro de la crisis en Oriente Medio. Las perspectivas diplomáticas entre Washington y Teherán se han vuelto a desvanecer después de la última negativa de Trump a reabrir negociaciones sobre la base del acuerdo que Estados Unidos e Irán firmaron el mes de junio pasado en el Palacio de Versalles.

Con unos Estados Unidos en retirada, o al servicio de la agenda del primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, la región se reorganiza en busca de nuevos equilibrios estratégicos.

Mientras los hutíes se posicionan como un actor desestabilizador a escala regional, Arabia Saudita apuesta por la diversificación de alianzas, después de sentir que Estados Unidos se desentendía de su seguridad.

Los franceses han llegado a un acuerdo militar con Riad para desplegar soldados y baterías antiaéreas en Arabia Saudita para contribuir a la protección de la terminal petrolera de Yanbu, en el mar Rojo. Este oleoducto es una arteria este-oeste de casi 1.200 kilómetros que permite a Riad exportar crudo sin depender del estrecho de Ormuz. Con el corredor de Bab el-Mandeb bajo el ataque de los hutíes, esta tubería se ha convertido en la salida más segura del crudo saudí hacia Europa.

Aunque más del 80% de los equipamientos militares de los países del Golfo son estadounidenses, esta dependencia empieza a pesar. La región vira hacia el multialineamiento. Los Emiratos Árabes Unidos son el ejemplo más claro: acercamiento a Estados Unidos e Israel, y al mismo tiempo mantenimiento de asociaciones con la India, Europa, Corea del Sur y Sudáfrica.

Los saudíes han empezado a tomar nota de esta ambigüedad estratégica. Y es en este contexto que este verano han firmado el llamado “Pacto de la Meca” con Pakistán (potencia nuclear) y Turquía, un acuerdo de defensa conjunta que establecía que cualquier ataque contra uno de estos países se consideraría una agresión contra los tres. El viernes pasado, precisamente, los jefes de los estados mayores saudí, pakistaní y turco acordaron empezar a aplicar “inmediatamente” este compromiso. Además, el acuerdo refuerza también a Turquía, un actor que es miembro de la OTAN y que puede dialogar a la vez con Washington, Moscú, Teherán y las monarquías del Golfo.

Los países del Golfo, convertidos en objetivos de los ataques de Irán y de sus aliados, sobre todo por la presencia de bases militares estadounidenses en su territorio, han decidido, finalmente, hablar con Teherán por su cuenta. En un artículo publicado en julio en el diario Le Monde, el ministro de Asuntos Exteriores de Omán ya pedía un nuevo acuerdo multilateral que reuniera a los países árabes del Golfo con Irán e Irak para compartir la responsabilidad de la seguridad de la región. No es tan fácil. La competencia política, militar y económica entre Arabia Saudí y los Emiratos Árabes se juega también en el mar Rojo. Estas rivalidades no solo reflejan intereses nacionales diferentes, sino también concepciones opuestas sobre cómo se debe organizar el equilibrio regional. En los últimos años, las dos potencias del Golfo han mantenido disputas sobre su posición respecto a Yemen, Irán, e incluso la guerra civil en Sudán.

Por su parte, Israel también está diversificando sus alianzas, como lo demuestra el reciente acuerdo con Marruecos para nombrar embajadores que refuercen las relaciones diplomáticas entre ambos países. Es consecuencia directa de unos Acuerdos de Abraham que debían normalizar las relaciones de Israel con la región, y que el mismo Netanyahu se encargó de empantanar con la guerra de Gaza. De momento, Riad se niega a dar el paso. Gaza sigue siendo un territorio en disputa, como lo demuestran las imágenes de satélite que ha publicado el New York Times, y que confirman que Israel continúa ampliando su control sobre la Franja, construyendo al menos una docena de posiciones militares y barreras fortificadas más allá de la línea de retirada acordada en el alto el fuego de octubre de 2025.

Mientras las guerras alimentan la ofensiva electoral de Netanyahu, la región se ha visto abocada a un interregno caótico que, a pesar de la incertidumbre, está redefiniendo los contornos de un orden emergente en Oriente Medio. El conflicto en Irán se ha convertido en el acelerador definitivo.

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