La oscuridad y las luces
“Se hace oscuro en el país de las luces". Alguien lo ha escrito en una ventana de una planta baja de una calle de París. Lo que está pasando no es un momento de arrebato colectivo, sino la consecuencia de un modelo presidencial absolutamente alejado de la ciudadanía. Podemos entrar en mil detalles y especulaciones, pero el desbarajuste que vive Francia ahora mismo expresa el fracaso del presidente Emmanuel Macron. A seis meses del final del mandato, su figura política se ha quedado sin respiración y ya solo da golpes sin sentido. Es la culminación de la arrogancia. De un personaje que no ha entendido que la presidencia de la República ni da impunidad ni está por encima de la ciudadanía, a la cual debe rendir cuentas. Y lo que ha pasado es que la insolencia del presidente, la autocomplacencia que le ilumina, ha generado la sensación de que Francia estaba desatendida. Y en parte es verdad. Pero sobre todo es la incapacidad de entender y atender las inquietudes de la ciudadanía lo que ha atrapado al presidente. Y parece como si todavía no se quisiera dar cuenta.
Y así se ha llegado a una situación de deterioro en la que restituir el orden republicano es indispensable. Pero esto no significa solo disparar la represión y desplazar la atención hacia unos cuantos miles de agitadores, como si este fuera el problema de fondo, sino atender seriamente las demandas de los millones de ciudadanos y de manifestantes que dicen basta. Hay que hacer lo que no se ha hecho hasta ahora, que ha llevado al deterioro actual: abrir un diálogo social, que no ha existido prácticamente desde que la arrogancia de Macron se instaló en el Elíseo. Y dar respuestas políticas concretas a una agenda urgente asumiendo una realidad evidente.
No es solo el presidente el responsable de esta situación; es todo un concepto vertical del estado, en parte fruto de la huella que dejó su fundador, el general De Gaulle. Pero aquellos eran unos tiempos singulares y el presidente encarnaba un volver a empezar después de la guerra. Y ahora lo que hace falta es lo que demasiados gobernantes se niegan a hacer: afrontar la realidad. Y no el juego fácil de jugar a la confusión, fijando la atención en los que hacen ruido y destrozos por la calle y tapando las cuestiones de fondo: el aumento del coste de la vida, las dificultades para tener una vivienda digna, los obstáculos para acceder al trabajo, las discriminaciones por origen y condición, y la demagogia falsamente liberal que busca ocultar las profundas fracturas sociales.
El fracaso de Macron es no querer ver la realidad del país. Y la tenacidad en la negación de los problemas hace inevitable creer que hay complicidad, ni que sea por omisión, con los responsables de las grandes fracturas que llevan a la debilitación creciente de los estados del bienestar, que es el motor de las protestas de estos días. Una buena parte de la gente que ha salido a la calle –no los que hacen ruido y destrozos– ha salido precisamente por la toma de conciencia de la regresión en la que está entrando Europa. Y que esto llegue a Francia hace más sonoras todas las alarmas.
El fracaso definitivo del presidente llegará si el año que viene Marine Le Pen preside Francia y la extrema derecha gobierna para imponer con su vena autoritaria las exigencias de determinados poderes. Una amenaza que ahora mismo ronda, con diferentes intensidades, por toda Europa. Si la democracia francesa no encuentra los resortes para evitarla a causa de la debilidad de unos (las izquierdas) y la claudicación de los otros (las derechas), generará heridas mortales en la convivencia y en la dignidad de las personas. El candidato socialista Raphaël Glucksmann, de momento, ha optado por el perfil bajo, pero debe ser consciente de que a él esto le interpela más que a nadie. La evolución del sistema económico y de los equilibrios sociales pedía una movilización democrática. Una parte de la ciudadanía francesa la ha emprendido, y los que no tienen otro lenguaje que la violencia solo favorecen a la extrema derecha. Todo ello desdibuja por completo la figura de Macron, que no ha querido anticipar la amenaza. Y ahora se encuentra que su herencia puede ser el retorno de la extrema derecha al poder, fruto en parte de la voluntad de no querer ver la amenaza, por más que se iba escribiendo día a día.
De manera que la crisis política y social que vive Francia ahora mismo interpela a toda Europa, donde cada vez es más evidente el retorno del neofascismo. Y aquí tenemos al PP y Vox a un paso del poder. No vale descuidarse.