Plácidas contradicciones capitalistas
Domingo, 18 de octubre de 2026. Sant Gervasi, Barcelona. Las cuatro y media de la tarde. Como ha llovido toda la mañana, salgo a hacer la caminata preceptiva en un horario poco habitual para mí. Me cruzo con una pareja de unos treinta y cinco o cuarenta años. Él lleva una camiseta con la cara de Lula da Silva joven (veo que se han puesto de moda) a pesar de que hace un cierto fresquito. Con una mano sujeta un iPhone, con la otra un vaso de papel. Ella lleva un vaso igual, y con la otra mano tira de la correa de dos perros enormes. Les doy las gracias mentalmente: acaban de contribuir a la introducción de este artículo, que pensaba dedicar a comentar un libro que se publicó hace apenas 50 años, cifra lo suficientemente redonda para conmemorar cualquier cosa.
Daniel Bell (1919-2011) publicó The Cultural Contradictions of Capitalism (hay traducción al castellano, pero no al catalán) en el año 1976. Resumiendo mucho, argumentaba que el capitalismo moderno sufre una profunda fractura interna porque sus tres ámbitos principales -la estructura tecnoeconómica, la esfera política y la cultura de masas- se rigen por principios opuestos. A pesar de que el sistema nació marcado por la ética puritana y la cultura del esfuerzo, el consumo de masas y el capitalismo industrial promovieron en el siglo XX, y más concretamente a partir de la Segunda Guerra Mundial, el hedonismo y la gratificación instantánea, destruyendo así el fundamento moral originario de aquella estructura productiva. El ahorro familiar paciente y minucioso, la moderación en el consumo, y el levantarse a las seis de la mañana para tener subida la persiana de la tienda antes de las ocho quedaban entre paréntesis. Continuaban presidiendo la escena, sin duda, pero de otra manera. Dividido esquizofrénicamente entre la exigencia de ser un trabajador disciplinado en el trabajo y un consumidor voraz y anárquico en su tiempo libre, el ciudadano vive -no solo ve- una crisis cultural y una inestabilidad crónica que ha acabado afectando a la mayoría de democracias liberales. Es cierto que lo que describía Bell hace medio siglo ocurrió muy pronto en los Estados Unidos pero bastante más tarde en otros lugares, incluida nuestra casa. Es cierto también que, aun siendo aplicable, el esquema encaja más problemáticamente en algunos países asiáticos que experimentaron un crecimiento espectacular a partir de una mentalidad muy diferente de la occidental. Etcétera.
Bell define la cultura de la modernidad a través del arte y la literatura del llamado "modernismo", entendido más o menos como el espíritu de las vanguardias de finales del siglo XIX y principios del XX, que se caracteriza por la ruptura con la tradición y con los límites morales del pasado. A partir, sobre todo, de la década de 1960, la felicidad y el individualismo extremo comienzan a vivirse como conceptos casi sinónimos. La exaltación de la subjetividad, la originalidad (totalmente imaginaria) y la experimentación por la experimentación, sin ninguna finalidad concreta, pasan a formar parte de un álgebra mental que en sus inicios se basaba, al menos en el caso de la clase media, en la acumulación derivada del trabajo y el ahorro y en una vida que, sin ser en absoluto monacal, sí que era austera. Pero -¡ay!- cuando el espíritu transgresor derivado indirectamente del triunfo de las vanguardias, que antes era minoritario y propio de cuatro intelectuales excéntricos, se democratiza y se masifica a mediados del siglo XX a través de la sociedad de consumo, las sociedades occidentales se adentran en unas inercias que no parecen tener solución. Bell cree que coexisten dos modernidades que se erosionan mutuamente: la económica, basada en la racionalidad instrumental, la burocracia, el esfuerzo, la contención, etc.; y la cultural en un sentido amplio, es decir, la del individualismo exacerbado, el antiracionalismo y el consumismo perpetuo (con fecha 18 de octubre ya se han instalado muchas luces de Navidad, aunque todavía no se han encendido).
El diagnóstico de Bell tiene medio siglo, pero no parece haber caducado: la transgresora camiseta de Lula que he visto esta tarde en uno de los barrios más caros de Cataluña se puede adquirir por cuatro perras en las plataformas de comercio electrónico más representativas del capitalismo ultrasalvaje. Te la llevará a casa un tipo que nació a miles de kilómetros de aquí: seguramente tiene unas condiciones laborales peores que las de los obreros de la Revolución Industrial, y por desgracia creo que no exagero. De hecho, es del todo probable que los dos perros gigantes del rebelde sin causa con quien me he cruzado hace un par de horas estén rodeados de más comodidades que las de alguien que malvive llevando paquetes en bicicleta a la intemperie de la historia.