Poner Barcelona en el mapa
Como aficionado al ciclismo y residente en la ciudad, la salida del Tour desde Barcelona me genera unas contradicciones que quizá tienen alguna semejanza (salvando las distancias, que nadie se ofenda) con las que experimentaron algunos católicos con la reciente visita del Papa o los adictos a los deportes náuticos (parece que los hay) con la Copa América.
Viviendo en Barcelona, resulta cada vez más desconcertante oír a los responsables institucionales, que promueven e invierten millones de euros públicos en estos eventos, reciclar discursos oxidados sobre "poner Barcelona en el mapa" y atraer millones de turistas, y presentarnos estimaciones siempre excesivamente optimistas (por decirlo de alguna manera) del impacto económico de los grandes eventos.
Da la impresión de que en el PSC, ahora que vuelve a gobernar todas las administraciones, han decidido apostarlo todo al viejo manual de 1992. Incluso había, en la preparación de la salida del Tour, una llamada a conformar un cuerpo de voluntarios de indisimuladas resonancias olímpicas. A pesar de sus claroscuros, es evidente que el caso de los Juegos Olímpicos de Barcelona fue una historia de éxito para la ciudad, sobre todo por la transformación urbana que lo acompañó.
En todo caso, lo que en 1992 funcionó, en 2004 —con la operación del Fórum y la urbanización dudosa de la parte baja de la Diagonal— ya tuvo aires de una secuela de serie B. Ahora, a otra escala, los intentos son cada vez más vacíos. Y cada vez recuerdan más la versión degradada de la política de los grandes eventos que impulsó el PP valenciano de la mano de Rita Barberá y Francisco Camps.
Ahora hace 34 años de 1992. Barcelona está bien instalada en el mapa del mundo: el año pasado recibió más de 16 millones de turistas y, últimamente, también recibe un intenso influjo de los llamados expats y nómadas digitales que vienen a instalarse. Todo esto genera tensiones evidentes en la vida de la ciudad. Sobre todo en el mercado inmobiliario, pero también en la movilidad, en el coste de la vida, en el espacio público y en el tejido comercial. Se ha escrito mucho y no merece la pena insistir: solo hay que vivir en la ciudad para entenderlo.
Este crecimiento descontrolado de la presión turística no es exclusivo de Barcelona. Si el lector ha paseado por Valencia recientemente habrá visto cómo en cinco o seis años le ha pasado lo que le pasó a Barcelona en veinte. Está pasando en muchas ciudades de Europa y del mundo, y en todas partes las quejas de los residentes son las mismas. Por eso, corregirlo es complicado, porque las tendencias globales son muy fuertes, y los intereses locales vinculados al turismo, muy poderosos. No se hará de un día para otro, pero los gobiernos tienen instrumentos: fiscalidad, regulación, inversiones.
Lo que resulta absolutamente incomprensible es que el PSC, desde el Ayuntamiento de Barcelona y las otras administraciones que controla, esté apretando el acelerador en la dirección contraria a la que dicta el sentido común: parece que busquen la conversión definitiva de la ciudad en un escaparate internacional de imágenes icónicas en el que cada vez resulte más difícil vivir.
En diferentes momentos, la mayoría de los otros partidos han participado en estas fiestas de manera directa o indirecta. Pero diría que hay unos cuantos que ya se han dado cuenta del error y buscan recetas para corregirlo. Los socialistas, en cambio, siguen reincidiendo como si solo tuvieran un manual para gobernar la ciudad, sin capacidad de adaptación al contexto cambiante.
La ironía estos días es grande, y dolorosa: mientras desde el Ayuntamiento y la Generalitat se habla de la Barcelona capital mundial del deporte y se pagan millones de euros por acoger eventos, se ha frenado en seco el desarrollo de nuevos carriles bici, el Bicing se está degradando, las instalaciones deportivas populares en muchos lugares de la ciudad se encuentran en condiciones lamentables, y un club histórico y popular como el Europa ve amenazada su viabilidad deportiva y económica debido a la falta de inversiones del Ayuntamiento.
La política de grandes eventos tiene su público, ya que todo lo que genera actividad económica tiende a congregar apoyo social. Pero como demuestran los datos del mismo ayuntamiento, cada vez hay más crítica al turismo y, probablemente, los efectos electorales de estas apuestas de escaparate internacional serán cada vez más negativos. Ahora falta que la oposición sea capaz de plantear un modelo alternativo, creíble y serio, que vaya más allá de la anécdota, para dibujar otro futuro para la ciudad y para el conjunto del país.