Presupuestos y gesticulaciones
Ahora que el gobierno Illa ha conseguido sacar adelante los suyos, es buen momento para apuntar que, tanto en Cataluña como en España, la negociación de los presupuestos se ha convertido en un teatrillo de gesticulaciones, fingimientos y malos guiones de drama o de comedia. Se busca encontrar giros que resulten emocionantes, porque la política se reduce a una feria de emociones y los políticos viven pendientes de encontrar sus momentos –fugaces, efímeros– de lucimiento. Esto vale tanto para los partidos que gobiernan y para sus socios como para los que ejercen la oposición. Dentro de esta dinámica del aspaviento, el golpe de efecto y el populismo desenfrenado, los presupuestos aparecen como una ocasión dorada de obtener protagonismo.En Cataluña los presupuestos se aprobaron siempre durante el pujolismo, y también con los dos tripartitos (con más problemas: fueron los años del Dragon Khan, y se empezaron a notar los primeros efectos de la crisis). A partir de 2011, cuando Artur Mas deja de contar con los votos de Alicia Sánchez Camacho, los presupuestos entran en la incertidumbre: son los años del Procés, y la inestabilidad va in crescendo hasta el referéndum del 1 de Octubre y la aplicación del 155. A partir de 2018, con la presidencia de Quim Torra (después la de Aragonès, ahora la de Illa), y con gobiernos de Junts, de ERC y del PSC, las dificultades para aprobar los presupuestos han tenido que ver no con situaciones verdaderamente excepcionales –como sí que lo fue el Procés– sino con simples cálculos y puestas en escena de los diferentes partidos políticos. O con la politiquería, si lo prefieren. Una cosa diferente, pero a la vez similar, se ve en el caso español: González y Aznar pudieron aprobar casi siempre los presupuestos con puntualidad, Zapatero con algunos problemas, y con Rajoy empezó una etapa de incertidumbre (su gobierno tuvo que gestionar la crisis financiera mundial en España, y lo hizo de una manera tan esperpéntica y corrupta que el gobierno de España acabó con las cuentas tuteladas por Bruselas). Con Sánchez, la incertidumbre se ha acentuado por haber tenido que gobernar en minoría y con la derecha ultranacionalista en pie de guerra política total.Todo esto no quiere decir que los políticos de antes fuesen más tibios, sino que veían la negociación y la aprobación de la ley de presupuestos como lo que es: la ley que permite el funcionamiento normal de todo el sistema público, una cuestión bastante importante para no ponerle trabas si no era por motivos, repitámoslo, verdaderamente excepcionales. Últimamente se ha convertido en una ocasión para el vedetismo y la sobreactuación: los que votan a favor de los presupuestos quieren suponer que han conseguido arrebatar grandes avances al gobierno de turno –aunque sean líneas ferroviarias a quince años vista– y los que se oponen a ellos culpan los presupuestos como un acto de traición y vasallaje (los aprobarían de la misma manera, o una de similar). Tanta comedia no es solo estéril: es también un menosprecio a la inteligencia de los ciudadanos, y un abandono de la responsabilidad pública que se supone que se quiere ejercer.