Puente, Trump, democracia
Óscar Puente, un político lenguaraz y torpe, se ha redimido por la vía de dar explicaciones y asumir responsabilidades con su dimisión como ministro de Fomento, a causa de la tragedia ferroviaria de Urda y el desastre de la alta velocidad. No han sido, además, explicaciones para salir del paso: han sido explicaciones exhaustivas, primero en rueda de prensa y después en sede parlamentaria, y a petición propia. No ha sido tampoco una dimisión en diferido, sino en riguroso directo y renunciando también a ir en las listas electorales. Se le llama rendición de cuentas y asunción de responsabilidades, y el espectáculo ha sido tan insólito que ha dejado con la boca abierta incluso a los sagaces analistas que ahora repiten que era una dimisión cantada (los mismos que, pocas horas antes de que se produjera, decían que Puente se aferraría al cargo porque aspiraba a ser el relevo de Sánchez). Con todo, quien queda más descolocado es una derecha nacionalista, PP y Vox, que ante las catástrofes todavía utilizan un manual que aconseja insultar a las víctimas cuando no son adecuadas a sus intereses. Todos los ojos, por cierto, se han vuelto a girar hacia Carlos Mazón, después de que se cumplieran dos años de la dana del País Valenciano y él siga protegido por el PP, con buena remuneración y aforamiento judicial, en las Cortes Valencianas. Pero más allá de las comparaciones especialmente odiosas, la dimisión de Puente ha revivido la precampaña: recuerde, como diría el columnista Matías Vallés, en qué diario y en qué columna sectaria leyó usted antes que en ningún sitio que la campaña podía estar noqueada, pero no muerta.
Recuerde también en qué columna y en qué periódico woke empezó a recibir noticias de que Donald Trump podía llevarse un fuerte varapalo en las elecciones de mitad de mandato. Los resultados de este martes no son un correctivo, sino un cambio de ciclo: ha ganado una candidata hispana en Texas, un musulmán en Michigan, los republicanos han perdido Kansas. A Trump le ha afectado el precio de los carburantes, ciertamente, pero también ha pagado de una sola vez, y con intereses, el precio de su cesarismo. Desde la brutalidad policial asesina de los ICE hasta la absurda guerra de Irán, desde la inmundicia de la isla de Epstein hasta la arrogancia antidemocrática de los magnates tecnológicos, desde los despidos de funcionarios hasta las deportaciones masivas, desde los insultos a periodistas no afines hasta el malestar y la crispación en las calles, desde los vídeos hechos con IA tomando el sol con Netanyahu en un resort en Gaza hasta la sociedad macabra que han formado para cometer el genocidio y lucrarse con él.
La derrota de Trump es una pésima noticia para los trumpistas de provincias que desean erosionar la democracia para imponer nuevas formas de control político, económico y social. Nos recuerda una obviedad: el problema de la democracia es que personajes indeseables pueden llegar al poder, pero su grandeza es que también pueden ser expulsados de él por la misma vía por la que llegan, que son las urnas. E incluso se puede impedir que nunca lleguen a él.