El rey está desnudo

Pensemos un momento en el trabajo que hay detrás del Informe Fénix, publicado este mes de mayo. Seis economistas de prestigio indiscutible —Xavier Cuadras Morató, Jordi Galí, Modest Guinjoan, Guillem López Casasnovas, Miquel Puig y Jaume Ventura, coordinados por Xavier Roig— han tenido que consensuar más de ciento veinte páginas de análisis, aceptar argumentos ajenos, renunciar a posiciones personales propias y poner en juego su capital académico y social para conseguir un bien mayor: despertar a un país. Ponerlo delante del espejo. Proclamar, con datos y rigor, que el rey está desnudo. Y el rey va desnudo porque mientras el PIB de Cataluña ha crecido por encima de la media europea en los últimos 25 años, el PIB per cápita ha caído 12 puntos porcentuales respecto a nuestros socios europeos. Hace un cuarto de siglo estábamos seis puntos por encima de la media europea. Hoy estamos seis puntos por debajo. Hemos creado riqueza, sí. Pero la hemos repartido entre cada vez más gente y de una manera cada vez peor. Aquí es donde hay que detenerse y pensar. Porque existe una confusión profunda, interesada o ingenua, sobre lo que significa distribuir riqueza. El Estado tiende a entender la distribución como la prestación de más servicios a quien no se los puede pagar. Y es cierto que en una sociedad avanzada la solidaridad colectiva llega donde el individuo no puede llegar solo. Pero no hay mejor distribución de la riqueza que aumentar los sueldos de la gente. Que cada vez menos personas tengan que depender de los recursos públicos para tener una vida plena. Que cada trabajador pueda sentirse responsable de su propio futuro y tener control sobre su vida. Jarvis Cocker, de Pulp, lo cantaba con ironía amarga en "Common People": "how does it feel to live your life without no meaning or control?" Es una canción sobre la romantización de la pobreza. Hoy podría ser la banda sonora de una parte creciente de la sociedad catalana. 

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El Estado captura una parte del PIB en forma de impuestos. Si el PIB sube, sube la recaudación. Pero si esta recaudación creciente no es suficiente para cubrir los servicios que demanda una población cada vez más numerosa, la tentación es obvia: subir impuestos. El problema es que este mecanismo tiene un límite matemático, que sería el cien por cien del PIB. ¿Qué debe hacer el Estado: recaudar este porcentaje? ¿Y si el cien por cien tampoco es suficiente? Por eso tenemos lo que tenemos: cada año se recauda más, cada año se crean más puestos de trabajo, cada año crece la población activa, y a pesar de todo la gente es más pobre y la dependencia del Estado no para de aumentar. La paradoja es real y elInforme Fénix la documenta con precisión quirúrgica. La razón es que el gran crecimiento de nuestro PIB se ha basado en sectores de sueldos bajos. En el aprovechamiento de una fuerza laboral que trabaja a cambio de sueldos que están por debajo del umbral de la pobreza. En actividades que no requieren calificación y que, por tanto, pueden reclutar trabajadores en cualquier lugar del mundo, sin necesidad de invertir en formación, en tecnología ni en mejora de procesos. El 44 % de la ocupación creada entre 2008 y 2023 ha sido en sectores con salarios por debajo de los 27.500 euros anuales (en euros de 2023), el umbral a partir del cual un trabajador no genera suficientes contribuciones a lo largo de su vida laboral para cubrir ni siquiera los servicios públicos básicos que él mismo consume. Dicho de otra manera: más de un tercio de la economía catalana funciona gracias a una subvención implícita que pagamos entre todos. Los empresarios también tenemos una responsabilidad que no podemos eludir. Un modelo de negocio que se fundamenta en una fuerza de trabajo mal pagada no es un modelo de negocio sostenible: es una externalización del coste real de la actividad hacia la sociedad. Y la sociedad, tarde o temprano, pasa la factura. 

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Pero la responsabilidad más grande es de las administraciones. Los empresarios no son irracionales: invierten donde es rentable. Y si durante 25 años ha sido rentable invertir en sectores de bajo valor añadido es, en buena parte, porque el sistema fiscal lo ha permitido e incluso lo ha favorecido. La política fiscal no es neutral: determina qué inversiones son más atractivas y, por tanto, modela la estructura productiva de un país. Si queremos que el capital privado fluya hacia sectores de alto valor añadido —los que generan sueldos dignos, que no necesitan subvenciones implícitas, que compiten por calidad y no por abaratamiento de costes laborales— es necesario que las administraciones diseñen un sistema fiscal que lo incentive. El reto no es aumentar impuestos, sino recaudar mejor: construir una base económica lo suficientemente productiva para mantener —y hasta reducir— la presión fiscal sobre aquellos que más aportan, sin por ello sacrificar la calidad de los servicios públicos. Es posible. Los países más productivos de Europa lo demuestran. Pero requiere decisiones que duelen a corto plazo y que ningún gobierno quiere tomar si no hay una sociedad que las exija. 

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El Informe Fénix no es un documento político. Es un diagnóstico económico hecho con rigor y valentía. Pero sus conclusiones tienen una dimensión moral que va más allá de los gráficos y las tablas. Si continuamos por el mismo camino, en 2050 Cataluña será la cuarta comunidad autónoma en PIB per cápita, por detrás de Aragón. Habremos abandonado para siempre la idea de una Cataluña de tradición productiva y generadora de riqueza real. Seis economistas han tenido el coraje de decirlo en voz alta. Ahora hace falta que la sociedad catalana —empresarios, políticos, sindicatos, ciudadanos— tengamos el coraje de escucharlos y parar este desfile alegre hacia el precipicio del empobrecimiento.