El riesgo de cuestionar la legitimidad democrática
No me gustan los resultados electorales prospectivos que sugieren las encuestas de opinión. Más concretamente, todos los resultados me desagradan: no solo los otorgados a las formaciones de extrema derecha. Quiero decir que desde un punto de vista soberanista, que es el mío, opino que no son los resultados que más convendrían al país. Ni los resultados de los que supuestamente volverán a ser primeros, ni los de aquellos de los que se prevén fuertes subidas, ni los de los que aguantan, ni los de aquellos a quienes se auguran fuertes retrocesos.
El mapa parlamentario que dibujan las encuestas, en definitiva, no es nada esperanzador para quienes deseamos un país emancipado de la dependencia española. Es tiempo de purga, de acuerdo. También es cierto que los resultados finales aún pueden mostrar diferencias notables. Primero, porque dependemos de un marco español que puede estallar en cualquier momento y tumbar los equilibrios de aquí. Después, porque no sabemos quién se abstendrá de votar a última hora. Y además, hay que contar los que votarán pero que aún no saben a quién. Cada vez el elector es menos fiel a siglas que no garantizan coherencia programática, o a liderazgos caducos que se resisten a ser relevados. La decisión final del voto en las próximas elecciones creo que acabará ligada a razones muy circunstanciales, muy a corto plazo y muy reactivas.
Pero dicho esto, lo grave es que cuando no gustan los resultados, pronosticados u obtenidos, se acabe poniendo en cuestión la legitimidad democrática del adversario. Pienso tanto en aquella crítica que se ceba en la legitimidad de un gobierno y no en las políticas que hace —aquello que ahora les pasa a los vecinos españoles—, como en las críticas preventivas y meramente ideológicas y no a las propuestas que hacen los partidos de extrema derecha de aquí, como Aliança Catalana. Y esto vale tanto para los debates parlamentarios como para las diatribas en las tribunas de comunicación. Quiero decir que existe el riesgo de que aquello que se acabe debilitando no sean los gobiernos o los partidos que son objeto, sino que se deslegitime la misma democracia.
Dicho claramente: ¿valen o no valen los votos que hacen posible un gobierno que no nos complace o van a un partido que consideramos abominable? Si después de las próximas elecciones españolas PP y Vox acaban obteniendo una mayoría que les permita gobernar, ¿se cuestionarán sus políticas o se discutirá su legitimidad democrática? Y si Alianza Catalana obtiene un puesto destacado en la próxima legislatura en el Parlament de Catalunya, ¿se estará atento a los contenidos de sus propuestas o se cuestionará el valor democrático de sus votos?
Es cierto que en el caso español las argücias de quienes quieren echar al actual gobierno precisamente pretenden desacreditar la base democrática del ejecutivo de Pedro Sánchez, con el riesgo de que lo que se debilite sea la confianza general en la política. Los gritos que se pudieron oír en Sabadell ante la provocación política del portero del equipo que celebraba haber subido a Segunda División son muy indicativos del estado de opinión que denuncio. No eran contra el presidente español, eran gritos profundamente antidemocráticos. Pero también lo debemos trasladar al caso de la extrema derecha. Si en un proceso democráticamente limpio, en el que parte de una evidente desventaja económica y mediática, la extrema derecha consigue un apoyo electoral notable, hará falta que las críticas no menoscaben los votos obtenidos sino que se centren en los contenidos políticos. Al fin y al cabo, si han sabido recoger un estado de malestar o de indignación más allá de su estricto perfil ideológico es porque otros lo han desatendido.
Lo que estoy pidiendo es que al tirar el agua sucia no se tire también el niño —la democracia— por la ventana. Dicho de otro modo: la crítica política ha de tener un límite: no discutir la legitimidad democrática de quien la ha conseguido a derecho. Hay que denunciar los contenidos racistas y xenófobos y las graves consecuencias que un discurso de odio puede tener para el país, pero conviene no hacerlo de una manera que ponga en cuestión la misma democracia y el valor de la voluntad popular.
Ya he dicho al principio que el mapa político catalán que anuncian las prospecciones demoscópicas no es el que desearía. Pero aún me preocupa más que de antemano, sea cual sea, se ponga en cuestión su futura legitimidad. Y ya sé todo aquello que Hitler empezó ganando unas elecciones democráticas. Pero la situación no es comparable, ni es conveniente hacer grande aquello que podría durar de Navidad a San Esteban. Y sobre todo creo que el combate de cualquier política no se ha de hacer desde el exorcismo sino desde la razón. Desde una razón radicalmente democrática, asumiendo con honestidad que tiene sus riesgos.