Rusia pone a prueba los límites de Europa
El pasado agosto se localizó un dron cargado de explosivos en el aeropuerto de Leipzig, cerca de un avión de carga ucraniano. El gobierno alemán atribuyó el intento de ataque a Rusia, que niega la autoría. Leipzig es un importante centro logístico europeo. El episodio muestra que la capacidad de Kiev para sostener la guerra también depende de fábricas, almacenes y redes de transporte que se sitúan en Europa que permiten hacer llegar armamento y equipos a Ucrania.
No es un caso aislado. Hace unas semanas los servicios de inteligencia daneses alertaron de intentos de sabotaje contra empresas que suministran material militar a Ucrania. En septiembre se conoció una operación rusa cerca del archipiélago noruego de Svalbard en la que, según fuentes occidentales, se habría simulado un ataque contra cables submarinos. Esto no quiere decir que cualquier incidente en Europa sea obra de Moscú, pero los casos documentados apuntan a una presión creciente sobre las redes que sostienen a Ucrania y otras infraestructuras críticas europeas.
Los sabotajes, los ciberataques, las interferencias electrónicas o la desinformación no son instrumentos nuevos. Lo que caracteriza a las estrategias híbridas es cómo se combinan y con qué finalidad. En el debate estratégico ruso gana peso la visión de Europa como un adversario con entidad propia, no solo como un apéndice de Washington. Moscú busca dificultar el apoyo a Ucrania, obligar a los gobiernos europeos a dedicar más recursos a protegerse y poner a prueba la cohesión de los aliados.
La zona gris es una manera de gestionar la escalada. Permite aumentar la presión sin traspasar abiertamente una línea roja y desplazar gradualmente los límites de lo que se considera tolerable. Un sabotaje, un ciberataque o una incursión con drones puede no justificar, por separado, una respuesta contundente. Pero la reiteración de estas acciones y su extensión a nuevos sectores pueden acabar imponiendo costes importantes sin provocar una confrontación abierta.
El atacante dispone, además, de una ventaja temporal: ejecutar una operación puede requerir horas; investigarla, atribuir su autoría y acordar una respuesta entre diversos gobiernos puede tardar semanas. Mientras tanto, Moscú puede volver a actuar.
Es necesario proteger infraestructuras y reforzar la ciberseguridad, pero no es suficiente. Si una instalación está bien defendida, Moscú puede buscar otros objetivos. Europa debe identificar patrones, atribuir responsabilidades y disponer de respuestas graduadas que impongan costes a los responsables. También se debe preparar para acciones más arriesgadas, capaces de causar daños físicos y personales importantes.
Moscú no necesita interrumpir completamente el apoyo a Ucrania. Puede erosionarlo ralentizándolo, encareciéndolo o haciéndolo políticamente más difícil de mantener. El reto europeo es evitar una confrontación abierta sin que la prudencia acabe normalizando acciones hostiles cada vez más graves. La zona gris no es la ausencia de escalada: es uno de los espacios donde ya se está produciendo.