Salvar negritos y morenitos
Todavía me dura la perplejidad de lo que hemos vivido todos estos días de furor papal y la pasión de quienes nos gobiernan por este líder religioso. La asistencia de nuestros representantes a extraños rituales y otras performances llamadas liturgias es una ignominia vomitiva, no tiene otro nombre. Se tilda de hipócrita a la derecha por sacar pecho católico mientras defiende valores supuestamente contrarios a los que promueve esta secta particular en temas como la inmigración, pero la hipocresía más flagrante es la que ha practicado la izquierda. Se abrazan al Papa para marcar perfil antifascista (olvidando la larga historia de buenos entendimientos de la Iglesia con regímenes totalitarios) mientras obvian deliberadamente el resto de principios católicos que son contrarios a todo aquello que representa el progresismo. Demuestran así hasta qué punto llega la debacle ética y moral de aquellos que se dicen defensores de los derechos y las libertades individuales. Más que hipocresía es, de hecho, puro y simple cinismo. Y una vergonzosa traición a todo aquello que ha costado siglos de luchas, de muertes y sufrimiento. Hay dos ejemplos sangrantes: el de las mujeres y el de los hombres gais. Ver al Congreso entero de pie aplaudiendo durante siete minutos con fervor religioso al líder de una organización particular que ha utilizado todo su poder para mantener a las mujeres sometidas y condenadas a reproducirse en contra de su voluntad es una imagen que constata de manera definitiva la muerte del feminismo institucional. Con una Francina Armengol diciendo “su Santidad”, diputadas socialistas, otras de Sumar, de ERC, todas serviles y postradas ante un hombre que, claro está, les dice a la cara que qué hacen abortando. Todas ellas deben estar dispuestas a volver a la reproducción forzada. Sus aplausos son el fertilizante que contribuirá a la ya iniciada campaña de retroceso en los avances que ha conseguido la lucha por la igualdad. Y los hombres gais que han asistido a misas y han comulgado con las ruedas de molino de quienes han sido siempre sus verdugos, los que han negado su sola y simple existencia, estos hombres también traicionan la larga historia de la lucha por despenalizar el amor y el sexo libres y adoran sin vergüenza al jefe de un Estado de sobra conocido por su homofobia.
Y en cuanto a la cuestión migratoria, qué estampa más esperpéntica la del Papa compadeciéndose de los negritos y moros del África tropical. Es la evangelización colonialista de siempre ahora disfrazada de sensibilidad social. Antes “salvaban” salvajes primitivos sin alma y ahora inmigrantes pobres sin papeles. No les obligan a bautizarse, claro, pero todo llegará. Las organizaciones islamistas actúan de la misma manera. Si los Hermanos Musulmanes han conseguido difundirse entre tantos musulmanes es porque se dedicaron primero a hacer caridad en los barrios más pobres. Llevan décadas con una estrategia de captación que ha dado muy buenos resultados, la de difundir sus mensajes entre los más marginados de la sociedad, entre los pobres y los desesperados, entre los que ya no tienen nada que perder. Y no lo hacen yendo primero con el sermón religioso, sino con reparto de comida y ofreciendo ayuda aparentemente desinteresada a quienes la necesitan y no la obtienen de ningún otro sitio. Es aprovecharse de la vulnerabilidad de los desamparados para esparcir su ideología mediante la limosna, esa forma de propaganda que está en las antípodas del reconocimiento de derechos propio de las democracias. También los islamistas han aprendido a ocultar la religión detrás de esa fachada supuestamente social que usa ahora la Iglesia. Un dicho rifeño resume la estrategia: “Dale de comer a un perro y te seguirá a todas partes y para siempre”. ¿Qué comida les ha dado León XIV a los periodistas de los medios públicos, a los políticos de izquierdas, a mujeres, gais y feministas?