Que la seguridad no dañe la educación
Cuando veía que los institutos norteamericanos se dividían entre los que tenían en la entrada un arco detector de metales y los que no, pensaba qué suerte que teníamos en Cataluña de estar tan lejos de aquella situación. Hasta que ayer El País publicó que mossos desarmados y de paisano entrarán a institutos, de momento como prueba piloto. Cómo nos hemos de ver. La medida es un salto de escala doloroso, un antes y un después en el estado de la conflictividad social en nuestro país.
Cuando un gobierno da un paso tan trascendente como este, seguro que antes se hace dos preguntas, si más no: si será útil (si hará más bien que mal) y si va con su talante ideológico, si casa con lo que se espera de su posición en el eje derecha-izquierda, y esta medida desprende más autoritarismo que autoridad, que es un concepto que, en una escuela, debería estar reservado a los profesores, y que debería ser asumido por los padres. Y esto quiere decir poner más recursos desde Educación, no desde Interior. Salvo tener que responder con firmeza a comportamientos violentos o delictivos que se presentan de manera urgente, ¿puede la presencia policial mejorar la convivencia en una escuela, donde por definición se educa, entre otros objetivos, para que los alumnos aprendan a ser adultos y no se tenga que recurrir a la policía así que surge un conflicto?
No hace falta decir que los arcos de seguridad americanos eran más numerosos en barrios más pobres, y que la conflictividad en las aulas y pasillos escolares, los alumnos la llevaban puesta de casa y del barrio, lo que nos lleva a hablar de inversiones sociales y urbanísticas. Habrá que ver el resultado de una decisión que se ha presentado como una prueba, pero, sobre todo habrá que que aquello que hagan o descubran los policías en un centro escolar esté puesto al servicio del equipo directivo. Si no, en nombre de la seguridad, corremos el riesgo de estropear la educación.