Serbia y la victoria democrática de la protesta
Serbia es hoy un experimento democrático que genera esperanzas en plena oleada de autocratización y malestar social que sacude a media Europa. Tras dos años de movilizaciones ininterrumpidas y una participación electoral sin precedentes, la lista de los estudiantes serbios ha logrado poner fin a la era Vucic y a su modelo autoritario. Es la otra cara de este invierno del descontento que ya enciende la protesta en Francia, Italia, Albania, España, Portugal o Grecia. Una victoria transversal sobre un sistema corrupto, reforzado por sus megáfonos comunicativos y unos apoyos internacionales que lo han apuntalado hasta el final. La captura del Estado, con el Partido Progresista Serbio de Aleksandar Vucic como principal facilitador, se ha alimentado de la represión y la competencia geopolítica entre la Unión Europea, China y Rusia para ganar influencias locales.
El movimiento de los estudiantes ha logrado imponerse, precisamente, con la promesa de recuperar la legitimidad democrática, y lo ha hecho en unas condiciones profundamente desiguales: con los medios de comunicación y la prensa sensacionalista alineados con el partido gobernante y la abdicación de los organismos reguladores que habrían podido actuar como contrapeso; con el gobierno utilizando los fondos y los contratos públicos como mecanismo de presión sobre los votantes; y con la persecución digital y física de la disidencia. Activistas, estudiantes y políticos de la oposición habían denunciado un panorama cada vez más autoritario, donde los críticos eran amenazados de manera habitual, la libertad de prensa estaba debilitada y la corrupción había ido, cada vez más, en aumento.
La organización de defensa de los derechos digitales Share Foundation denunció, el pasado mes de septiembre, operaciones de vigilancia, con software espía, contra miembros del movimiento estudiantil y otros adversarios destacados de Vucic. También ha habido campañas de desprestigio y amenazas contra periodistas y medios de comunicación.
Share, que ha analizado también el frente digital de estas elecciones, constató la profunda fractura de las burbujas comunicativas que polarizan al país balcánico. Según un estudio de esta fundación, en la plataforma X el flujo de contenidos de un joven estudiante que daba apoyo al gobierno actual solo coincidía en un 1% con el de una estudiante comprometida con el movimiento estudiantil. En cambio, la coincidencia entre el contenido que llegaba a un estudiante partidario del gobierno y a una persona mayor de 65 años, seguidora también de Vucic, llegaba al 26%, a pesar de las grandes diferencias en sus perfiles demográficos.
El análisis de los contenidos, además, ponía de manifiesto la fuerte polarización política del espacio informativo, con dos marcos narrativos contrapuestos: por un lado, las protestas estudiantiles se presentaban como una resistencia cívica legítima, mientras que las autoridades y las instituciones se describían como represivas o corruptas; por el otro, las autoridades se mostraban como garantes de la estabilidad y de los intereses nacionales, mientras que los actores que protestaban o se oponían al gobierno eran deslegitimados, tachados de desestabilizadores, extremistas o vinculados a intereses extranjeros.
En el Índice Mundial de la Libertad de Prensa de 2026, que elabora Reporteros Sin Fronteras, Serbia ocupa el puesto 104 de los 180 países analizados –la posición más baja jamás registrada–, y se sitúa como el peor país de la región de los Balcanes. Es la herencia de un modelo que ha llevado a Serbia, también, hasta su puntuación más baja de las últimas dos décadas en el Índice de Percepción de la Corrupción de Transparencia Internacional.
La victoria de los estudiantes sobre el Partido Progresista Serbio tiene, además, una trascendencia generacional. Es el final simbólico de una transición inacabada. Vucic, que fue ministro de Información del entonces presidente Slobodan Milosevic durante la guerra de Kosovo, a finales de la década de 1990, representa una ambigüedad calculada de nacionalismo serbio, europeísmo interesado y fidelidad rusa, que le había servido, hasta ahora, para construirse un modelo a medida, modulando ideología, represión y alianzas según necesidades.
La derrota de Vucic recuerda, en cierta manera, la salida del poder del primer ministro húngaro, Viktor Orbán, hace ahora seis meses, después de 16 años de cooptar instituciones, doblegar leyes y construir un sistema clientelar destinado a eliminar la disidencia política y la pluralidad mediática. Las urnas han abierto la puerta a una nueva generación de representación política y de participación democrática en Serbia y Hungría, y han forzado el final de unos liderazgos y un modelo de captura del sistema que parecían destinados a perpetuarse. Es también un mensaje para toda esta movilización europea en pie de guerra contra la falta de oportunidades vitales y de representación institucional.