Ni "una sola papeleta", ni nada
Las fuerzas políticas “a la izquierda del PSOE” tenían hasta este viernes para unificar esfuerzos y presentar algún tipo de propuesta conjunta que pudiera ilusionar, o como mínimo movilizar, a su electorado. Nos referimos a los partidos del llamado Frente Amplio (Sumar, Comunes, Más Madrid, IU) y a los dos partidos del Frente Rufianista-Monterista, o ERC-Podemos. Esto, sin embargo, no ha pasado. Los frentes que se han impuesto, por enésima vez, son el Frente Popular de Judea y el Frente Judaico Popular, tan inspiradamente descritos en La vida de Brian de los Monty Python, y su consuetudinaria, irritante, estúpida incapacidad para llegar a acuerdos de ningún tipo entre ellos. Salvo que haya, en tiempo de descuento, uno de esos fatigosos giros de guion, uno de esos infantiles golpes de efecto a los que se han abonado los políticos de nuestro tiempo, “la unidad de las izquierdas” no se volverá a producir, por culpa precisamente de aquellos y aquellas que se han pasado meses y años discurseando y gesticulando sobre la necesidad de la unidad de las izquierdas. El hecho de que la convocatoria de elecciones sorprendiera a todas estas fuerzas con los deberes sin hacer y completamente desorganizados ya fue bastante vergonzoso; que en las semanas siguientes no solo no hayan sido capaces de corregir esta situación, sino que la hayan acabado de arruinar, es una calamidad. De las maneras que podían, los electores pedían solo una cosa: una sola papeleta electoral, una sola lista para votar. Para eso no hacía falta ni siquiera “unidad de las izquierdas”, solo una cierta voluntad de entendimiento. Un poco de habilidad, de inteligencia, de cintura, de mano (izquierda, sí) y, sobre todo, una dosis importante de humildad, de autocrítica y de voluntad de servicio a la ciudadanía. No ha habido nada de todo esto. Ni “una sola papeleta”, ni nada. Nada de nada.
Había incluso un cierto capital político que se podía aprovechar, compartir y transmitir: el de la necesidad de que el PSOE gobierne con unas muletas (no pasa nada por admitir la realidad) que le lleven hacia las políticas sociales y hacia el respeto a la diversidad, en vez de dejarlo dentro de su inercia conservadora. Se podían mostrar los avances conseguidos en estos años en políticas progresistas y atribuirse el mérito o una buena parte del mérito, comprometerse a persistir en ello, a mejorar estas políticas y hacerlas más audaces y eficaces. Se podía apelar incluso a la épica de mantenerse como último bastión contra el auge de las extremas derechas, etc. Pero todo este capital posible se ha tirado a la basura. Ahora, cada uno recogerá las migajas que le correspondan y aun así saldrán a sacar pecho la noche electoral.
Es una lástima, y sobre todo es una vergüenza. Lo peor es que todo ello sucede no solo “por las sillas”, como suele decirse, sino por un motivo aún más despreciable: por vanidad pura y simple. Por un grupo de dirigentes con unos egos hipertrofiados e infantiloides, incapaces de comportarse como adultos. Siempre les quedará, como a la derecha, echar la culpa de todo a Pedro Sánchez.