Subir ahora el salario mínimo

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Dinero en efectivo.
17/10/2026 - 18:01 h
Economista, Universidad Pompeu Fabra

Hay decisiones acertadas que se toman en momentos sospechosos. La subida del salario mínimo interprofesional (SMI) es un buen ejemplo de ello. La ministra de Trabajo, Yolanda Díaz, ha pedido al comité de expertos que proponga el aumento para 2027, a más tardar a principios de noviembre, para poder aprobarlo antes de las elecciones del 29-N, cuando normalmente se aprueba en febrero. ¿Casualidad? Ninguna. La patronal se ha apresurado a denunciar su electoralismo, y con razón: el SMI afecta a unos 2,5 millones de personas, muchas de las cuales tienen derecho a voto.

Pero la prisa y las exigencias de los sindicatos tienen otra lectura. Si las encuestas aciertan, el 29-N ganarán el PP y Vox. Y el PP lo tiene claro: el SMI solo debe subirse con el acuerdo de sindicatos y patronal. Dicho así suena a diálogo social, pero en la práctica significa dar derecho de veto a la CEOE, que lleva seis años sin firmar ninguna subida. Para los sindicatos, aprobar ahora el aumento de 2027 es el único seguro que tienen. Un seguro de un año, porque en 2028 ya dependerá del nuevo gobierno.

El miedo no es infundado. Con Rajoy, el SMI pasó de 641 euros a 736: un 14,7% en siete años. En 2012 lo congeló, por primera vez en democracia, y en 2014 lo volvió a congelar. Es cierto que el PP heredó una crisis muy dura, con un paro por encima del 26%. Pero en 2015 y en 2016 la economía ya crecía por encima del 3%, y el salario mínimo subió un 0,5% y un 1% respectivamente. El gran salto, un 8% en 2017, no fue idea suya: lo arrancó el PSOE a cambio de dar apoyo al techo de gasto.

Con Sánchez, desde el 2018, el SMI ha pasado de 736 a 1.221 euros, un 66% más. Descontada la inflación, la ganancia real ronda el 35%, casi cuatro veces la de la etapa anterior. Tampoco ha sido una línea recta: en 2021, en plena covid, la subida se quedó en un 1,6% y no llegó hasta septiembre. Ambas etapas frenaron la subida en tiempos de crisis, pero solo una la frenó también cuando la economía crecía.

El argumento habitual en contra de las subidas del SMI es que la productividad no crece. Pero buena parte de quien cobra el mínimo trabaja en la hostelería y el comercio, sectores que han crecido mucho –gracias, en buena medida, a los salarios bajos– y que, por su naturaleza, tienen poco margen para ganar productividad. Vincular ahí los sueldos es condenarlos a quedarse siempre abajo. La productividad del país no mejorará apretando a los camareros, sino apostando por sectores más productivos.

Y hay un motivo de peso para subirlo: la pérdida de poder adquisitivo. Hasta septiembre, los precios han subido de media un 3,3%, más que el 3,1% que subió el SMI, y los expertos prevén que la inflación se mantenga por encima del 4% en los próximos meses. Lo notamos todos los asalariados, pero no todos igual: quien cobra el mínimo tiene menos margen para absorberlo, y su sueldo es el único que el gobierno puede subir por decreto.

El calendario electoral explica las prisas. La cesta de la compra explica la necesidad. Y lo que pasó la última vez que gobernó el PP explica las peticiones sindicalistas.

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