Palantir: tecnología, poder y soberanía
Enredadas con la bandera de la “tecnología patriótica”, una serie de empresas están redefiniendo el orden estratégico, la guerra convencional e, incluso, la soberanía de los estados. La frontera entre civil y militar, y entre el poder público y privado de estos oligopolios tecnológicos, es cada vez más borrosa. El polémico manifiesto de Palantir –la empresa de Peter Thiel convertida en el gigante de la gestión de datos para uso militar–, publicado en X, anuncia una nueva era de disuasión basada en la IA. En realidad, lo que está construyendo es un imperio de nuevas vulnerabilidades tecnológicas y derechos en favor del poder y el software de los gigantes de Silicon Valley.
El mundo se ha volcado en un proceso de militarización que ha ido acompañado de un cambio profundo en la relación entre el llamado mercado y el ejército. Hoy en día, las grandes empresas de tecnología militar conservan el control exclusivo sobre los sistemas basados en datos, fundamentales para las operaciones en conflicto. La tecnología no se transfiere a los gobiernos, sino que son estas empresas las que se integran en la arquitectura de la toma de decisiones relacionadas con la guerra, hasta el punto de que muchos expertos, como la economista Francesca Bria, denuncian la “privatización de la soberanía” de los estados en favor de los actores tecnológicos.
Palantir, por ejemplo, está incrustada en la economía de guerra de Ucrania. Su software alimenta sistemas de inteligencia de una larga lista de países, desde el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de los Estados Unidos (ICE) al gobierno de Alemania o el ejército israelí. No son los únicos: GovCloud, de Amazon Web Services, o Azure Government, de Microsoft –desarrollado en colaboración con OpenAI, Meta y Anthropic–, también se han incorporado a operaciones militares y de inteligencia clasificadas. Amnistía Internacional lleva denunciando Palantir desde el año 2020 por violación de derechos humanos. La IA también es un arma para la represión.
Pero lo que alarma de las afirmaciones publicadas por Alex Karp, consejero delegado de Palantir, son los fundamentos ideológicos de esta transformación tecnológica, política y social. El poder duro de estos gigantes de Silicon Valley se alimenta del supremacismo blanco y de una supuesta superioridad civilizadora. Esto es lo que ha hecho que algunos expertos, como el filósofo de la tecnología Mark Coeckelbergh, hayan descrito el mensaje de Palantir como "un ejemplo de tecnofascismo". Karp, Thiel o Elon Musk están encantados de hacer de los villanos de la película desde la posición de poder que les ha conferido una cantidad ingente de datos personales y la plataformización de nuestra vida, preferencias y necesidades. Esto los ha convertido en los máximos exponentes de una nueva forma de dominación que ejercen con deleite y a costa de principios democráticos.
La escalada bélica les beneficia. Y nada de lo que dicen o hacen ha disuadido, hasta ahora, ni a gobiernos ni a inversores. A finales del año pasado, más de un centenar de los principales bancos, gestores de activos, aseguradoras y fondos de pensiones europeos aumentaron el número total de acciones de Palantir que poseían en casi un 70% en comparación con el año anterior, según una investigación periodística de varios medios europeos.
El rearme también es ideológico. Internet ha redimensionado el antiguo concepto de “guerra cognitiva”. El espacio digital es un nuevo frente de disputa. Un territorio virtual para la conquista de la mente y la configuración de la opinión, donde los procesos cognitivos como la atención, la memoria y las respuestas emocionales pueden ser distorsionados o explotados.
Las posibilidades son inmensas: desde la amplificación y aceleración algorítmica de mensajes que penetran en la capilaridad de la sociedad hasta la creación de imágenes virtuales específicas, diseñadas para la viralización. El objetivo es alimentar las percepciones. No se trata solo de cambiar lo que la gente piensa, sino también cómo actúa. Se busca sembrar la duda, erosionar la creencia en la facticidad, introducir narrativas contradictorias, polarizar la opinión, radicalizar grupos y alimentar acciones que puedan perturbar o fragmentar una comunidad. Se trata de identificar y explotar vulnerabilidades previas y fracturas sociales, amplificar el acoso, irrumpir en espacios civiles y desestabilizarlos. Y todo esto pasa en ausencia de consensos vinculantes para una gobernanza global de la IA que imponga principios éticos a toda esta revolución tecnológica.