Termómetros municipales
Cada verano que pasa se va confirmando: el calor extremo ha dejado de ser un accidente coyuntural para convertirse en un elemento estructural. En la fachada mediterránea, además, tiene una forma específica y especialmente insidiosa como son las noches tropicales y tórridas, cuando el termómetro no baja de los 25 grados y el cuerpo no puede recuperarse. Porque el calor mata sobre todo de noche y mata en silencio. Golpea a las personas mayores que viven solas, los pisos mal aislados, a quien trabaja a la intemperie. La crisis climática se decide a escala planetaria, pero el calor se sufre, y también hay que combatirla, a pie de calle. En la plaza sin sombra, en el aula sin climatizar, en el barrio sin verde. Por eso, podríamos decir que la primera línea de esta batalla no es solo en las cumbres internacionales. En cuanto al día a día, se juega en los ayuntamientos.Y los ayuntamientos se han empezado a poner. Este verano hay cerca de 2.000 refugios climáticos activos en casi 400 municipios catalanes, y el área metropolitana de Barcelona ha ampliado la red hasta los 319, un 31% más que el año pasado. Valencia ha doblado el número, de 18 a 39, para garantizar, como mínimo, uno en cada distrito. Y el movimiento ya no es cosa solo de las grandes ciudades. En el Pla de Mallorca, pueblos como Sineu, Costitx y Lloret de Vistalegre están transformando los entornos de sus escuelas en refugios climáticos. Fuera asfalto y hormigón: pavimentos drenantes, árboles de gran porte, sombra pensada para proteger la infancia y las personas mayores. Pequeños municipios haciendo, a su escala, aquello que hace París con el conjunto de la ciudad, desde el Sena hasta los patios escolares “oasis”.Hasta aquí, la buena noticia: la adaptación al calor ha entrado en la agenda cotidiana del municipalismo. La menos buena es que, de momento, los cambios son más de intención que de transformación. En Valencia, una tercera parte de los refugios anunciados son bibliotecas, que cierran en agosto, justo cuando el calor golpea más fuerte. En Barcelona, de las 41 bibliotecas municipales quedarán abiertas 19 a lo largo del mes de agosto. En esta cuestión, deberíamos evitar seguir jugando desde la lógica de “quien día pasa año empuja”, porque todo hace suponer que los años que vienen no serán precisamente mejores. La adaptación climática no puede limitarse a un ejercicio de reetiquetado y adaptación de equipamientos que ya existían, sin tocar ni un metro cuadrado de asfalto.
Conviene, pues, distinguir. Una cosa es gestionar la emergencia: abrir equipamientos climatizados, repartir agua, suspender actividades. Es necesario y salva vidas. Otra cosa es transformar: hacer que la ciudad misma modifique su configuración y que, en lugar de calentar, refresque. Hay cosas que hacer y son bien sabidas. Sombra como infraestructura, arbolado maduro (porque la sombra que refresca la da la copa crecida, no el retoño recién plantado), agua en el espacio público, suelo permeable que reduzca asfalto y piedra, vivienda rehabilitada térmicamente... La gestión de la emergencia se puede improvisar cada junio, pero la transformación pide años, dinero y continuidad política. Y mientras la transformación pública se aplaza, la adaptación privada corre: estanterías vacías e instaladores desbordados, con picos de consumo eléctrico que cada día se superan. Cada aparato de aire acondicionado refresca una vivienda calentando la calle. Es la respuesta individual racional que agrava el problema colectivo y que deja fuera, precisamente, a quien más la necesita. Barcelona, que ha hecho parte del camino de la transformación, ensaya ahora la anticipación con el proyecto “Barcelona a 50 °C”, que en el año 2027 simulará cómo respondería la ciudad entera a un episodio extremo. Bienvenido sea el ensayo, siempre que el simulacro no acabe sustituyendo la transformación.Y aquí aparece la paradoja de fondo. Todo esto (plantar árboles, rehacer plazas, abrir refugios, repensar patios) es competencia y de escala municipal. Pero los ayuntamientos continúan siendo la administración estructuralmente peor financiada, la sala de máquinas del bienestar cotidiano a quien negamos sistemáticamente poderes y recursos. El Parlament de Catalunya acaba de reclamar al Govern una estrategia catalana contra las olas de calor, coordinada con los ayuntamientos, y con perspectiva de género y evaluación anual. Es un paso adelante, pero una estrategia sin financiación local sería otro refugio de papel. Hacen falta recursos supramunicipales para transformaciones municipales.El calor agrava todas las desigualdades que ya teníamos, tanto las de renta como las de vivienda, de edad o de género. Y se combate con la política más antigua que existe: la política que decide si una plaza es de granito o de sombra, si un patio es de asfalto o de tierra y árboles, si una fuente mana o no cuando más falta hace. Pocas causas justifican hoy tan bien el municipalismo como el termómetro.