La toxina soviética vive
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¿Qué tienen en común el austriaco Partido de la Libertad (FPÖ), los alemanes Alianza Sahra Wagenknecht (BSW) y Alternativa para Alemania (AfD), el búlgaro Vazrazhdane, el francés Agrupación Nacional, el Partido Comunista de Grecia (KKE), el Partido Comunista de Bohemia y Moravia (KSČM) y los españoles Democracia Nacional o el Partido Comunista de los Pueblos de España (PCPE)? Unos son de extrema derecha y los otros de extrema izquierda, pero comparten ciertas actitudes inequívocas: son abiertamente pro-rusos, y algunos han sido financiados sin mucho disimulo por el Kremlin. Unos defienden los valores tradicionales/conservadores de Putin en relación con la familia, y los otros lo consideran el mejor aliado contra los Estados Unidos. Por supuesto, todos se oponen a la OTAN, es decir, están a favor de un desarme unilateral como el que predicaban los últimos dinosaurios de la URSS.La denominada “guerra híbrida” que Rusia ejerce contra sus vecinos polacos o rumanos —ataques minimalistas, explosiones controladas sin víctimas, sabotajes puntuales— responde a una lógica perfectamente coherente con la tradición estratégica del Kremlin. No se trata de operaciones militares en sentido clásico, sino de una forma de erosión psicológica y política destinada a fracturar la cohesión europea por medio, entre otros mecanismos, de formaciones como las que he mencionado antes. El objetivo es claro y simple —la división— pero su concreción resulta tortuosa: en una Europa que, tarde o temprano, deberá rearmarse para garantizar su propia seguridad, cualquier episodio ambiguo puede alimentar el disenso interno y dificultar, o incluso impedir, la toma de decisiones.El modelo no es nuevo. Desde los últimos años del zarismo, los de la época de Rasputín, hasta la URSS o la Federación Rusa actual, Moscú ha cultivado con éxito una especialidad: la intoxicación, tanto informativa como literal (dicen que Rasputín terminó siendo inmune al cianuro; Litvinenko no tuvo tanta suerte). La desinformación de la época soviética —aquellas campañas de rumorología y de infiltración descarada en medios occidentales de izquierdas— era un arma de desgaste que buscaba sembrar dudas sobre la fiabilidad de las instituciones democráticas.
En la era de Putin, el mecanismo es el mismo, pero adaptado con éxito al ecosistema digital: bots, portales opacos, narrativas conspirativas dirigidas a los incautos habituales, etc. Por encima de todo, sin embargo, lo que hay es una verdadera explotación quirúrgica de las brechas culturales y políticas europeas. La finalidad es siempre la misma: hacer que Europa dude de Europa y, de rebote, que un país inmenso pero con un PIB irrisorio (el mismo que el de Italia y la mitad que el de Alemania) haga creer a sus ciudadanos que tiene una alta posición en el tablero mundial. En paralelo, la intoxicación literal, desde el caso Litvinenko hasta el uso de agentes nerviosos como el Novichok, ha funcionado como mensaje implícito: Rusia puede actuar de manera invisible, imprevisible e impune. Los microataques contra infraestructuras polacas, rumanas o alemanas, aparentemente anecdóticos, forman parte de esta gramática del terror discreto pero efectivo. No buscan causar víctimas, sino crear confusión y generar la sensación de que el frente es difuso y que, por tanto, hay un peligro flotando en el aire.Europa, mientras tanto, se encuentra atrapada en un dilema. El rearme parece ahora mismo una necesidad estratégica (Macron es quizás quien lo tiene más claro) pero también un campo de batalla ideológico. Hay países que perciben este rearme como una decisión inevitable ante la amenaza rusa, y otros que temen que reforzar la defensa implique la renuncia a la identidad pacifista del proyecto europeo. Rusia lo sabe y aprovecha cada milímetro de la fisura: un sabotaje menor puede alimentar el discurso de quienes reclaman una respuesta contundente, pero esta ambigüedad ofensiva también puede reforzar a quienes denuncian la militarización del debate. Si Europa se ve a sí misma como un espacio inseguro, débil e incapaz de reaccionar de manera coordinada, Rusia ya habrá ganado una parte de la guerra. La fuerza del Kremlin no radica en su potencia militar —fuerza limitada, como se está viendo en Ucrania—, sino en su habilidad para convertir cada incidente en un catalizador de la división europea. Sea mediática o radiactiva, la intoxicación es la continuidad de una misma doctrina: hacer que la Unión Europea se cuestione a sí misma, con la inestimable ayuda de los amantes locales de las emociones ideológicas de alta graduación y de las cenas informativas de duro, o de rublo, que se cocinan en los pliegues más aceitosos de internet.