La tragedia y el drama
Mientras el recuento de víctimas subía despiadado, salieron a hacer declaraciones el ministro de Fomento, Óscar Puente, y el presidente del gobierno español, Pedro Sánchez. Puente se esforzó por dar explicaciones técnicas, y las dio, pero introdujo en ellas una palabra maldita, una palabra inadmisible en momentos de desesperación, y también en una campaña, o precampaña, electoral salvaje: es la palabra “inexplicable”. Que el ministro reconozca que la catástrofe se ha producido por un error “inexplicable” (que desde el centro de control se diera la orden de reanudar la marcha a un tren en una línea parada, en un sistema de alta velocidad que presume de ser de los más avanzados del mundo) es inaceptable por insuficiente. Pedro Sánchez, por su parte, dio una explicación más política, en la que dio a entender que rodarán cabezas y que quien haya cometido un error o una negligencia lo pagará caro. A la vez, también verbalizó una evidencia maldita, y también inaceptable tanto para las víctimas como para un contexto de enfrentamiento político a todo o nada: dos accidentes extremadamente graves en la línea de alta velocidad –dos catástrofes ferroviarias– en el mismo año. De hecho, con tan solo siete meses de diferencia. Esto tampoco es aceptable.
En el año 2011, el ministro de Fomento era Pepiño Blanco, quien recibió la visita del entonces secretario de Transporte de la entonces flamante administración Obama, Ray LaHood. Blanco le enseñó orgulloso la tupida red de alta velocidad española, y LaHood, irónico, comentó: “Pero ustedes son ricos, eso nosotros no nos lo podemos permitir”. La predecesora de Blanco en el ministerio, Magdalena Álvarez, había acuñado aquella frase inspirada según la cual la alta velocidad era “coser España con hilos de acero”. Blanco y Álvarez eran socialistas, pero quien de verdad había dado el gran impulso a la alta velocidad en el estado español, trazando líneas para unir destinos que no requerían altas velocidades, había sido el ministro anterior a ellos dos, Francisco Álvarez-Cascos, durante el mandato prodigioso de la mayoría absoluta de Aznar, en los años que fueron del 2000 al 2004. Álvarez-Cascos era asiduo de las revistas del corazón y de los papeles de Bárcenas.
El PP y el PSOE han insistido en presentar como un orgullo de país una red de alta velocidad diseñada desde el pensamiento radial y gestionada desde la opacidad, y a menudo la inoperancia, de Renfe y Adif. Mientras el recuento de víctimas sube, es obvio (basta con echar un vistazo al hervor tóxico de las redes) que el accidente de Urda y el precedente de Adamuz se utilizarán como carnaza electoral tan obscenamente como haga falta. Las teorías conspirativas se disparan, Vox se ha negado a detener la precampaña –con el viril argumento de no hacer de “plañideras de funerales”– y el PP pronto se sumará a las intoxicaciones y las acusaciones, para no perder comba respecto a un socio fascista con el que ya forman incluso coalición electoral para ir al Senado. Mientras tanto, le mantienen el escaño –y la inmunidad– a Mazón en las Cortes Valencianas.