Trump y la condena del pueblo
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Las elecciones de mitad de mandato de los Estados Unidos de ayer son sin duda un momento histórico, un tsunami hasta hace poco imprevisible. Demógrafos, sociólogos y comunicadores, atentos. No es solo un punto de inflexión en la historia miserable de ejercicio del mal y de sadismo protagonizada durante dos eternos años por Donald Trump y su administración. Es el fin de una burbuja de la que la gente se ha despertado, de golpe, en los últimos meses. Han sido las condiciones materiales de la vida las que han hecho realidad un cambio de paradigma, porque esto de ayer no es –solo– una victoria del Partido Demócrata.
En una entrevista reciente a raíz de su último libro, El hijo del oligarca, Patrick Radden Keefe decía que “cada día en los Estados Unidos es un nuevo infierno”. La frase de la gran figura del periodismo narrativo estadounidense y pluma estelar del emblemático The New Yorker refleja una profunda desorientación generacional, la de un hombre blanco y culto, de unos cincuenta años, que nunca habría imaginado un escenario de pesadilla continua en un país que ha liderado el mundo desde el fin de la Segunda Guerra Mundial.
¿Cómo un solo hombre pudo cambiar la mentalidad de una nación entera? Podríamos decir que Trump anticipó lo que después se ha extendido por todas partes: el fascismo digital, el ejercicio de soberbia y de denigración virtual que se aplaude en épocas de problemas irresolutos. Ya en el año 2019, en un libro escrito con Álvaro Guzmán y Héctor Muniente, decíamos que Trump era el “síntoma de un tiempo”, de un monstruo en marcha, centrado en las tecnologías. Hoy podemos interpretar que aquella capacidad de condensar la atención del pueblo a través de la red digital respondía a la necesidad de disociación emocional de ciertos colectivos de la sociedad: huir de la dura realidad a través de la fantasía de las grandes promesas retóricas.
Fue el caso, hace 10 años, de la población latina y sobre todo del amplio colectivo de blancos desamparados por un empobrecimiento progresivo que se vistió de movimiento MAGA. Pero los hechos han demostrado que la escasa consideración moral de quien ha gobernado el país estos dos últimos años –de Trump a Musk, de J.D. Vance a Pete Hegseth, de Robert F. Kennedy a los oligarcas amorales de Palantir como Thiel y Karp– ha sido el anuncio de defunción de una política del mal que probablemente no se repetirá. Su comportamiento lleno de excesos y de falta de decencia es hoy su condena. Y el azar es hoy quien firma la lápida.
Es una condena del pueblo, no tanto una gran victoria de los demócratas. La comunidad latina se ha visto traicionada por unos dirigentes que expulsaban a sus miembros del país a patadas a través del ICE. Los MAGA han podido constatar que solo fueron moneda de cambio. La dura realidad es que los precios se han disparado para las clases humildes, y no es solo el precio de la gasolina lo que es consecuencia de los delirios imperialistas de Trump en Oriente Medio y en el mundo entero.
Al mismo tiempo, Trump representa el final de una generación de hombres que no entienden un nuevo mundo mezcla de razas, de ideologías y de confesiones. Los que sí que entienden la complejidad demográfica y social son tres de los grandes triunfadores de este giro sin precedentes. No es casual que sean figuras racialmente no representadas en la historia de la nación norteamericana. El nuevo senador por el estado de Michigan, Abdul El-Sayed, es joven, de origen musulmán y ha sido capaz de vencer al candidato republicano después de superar a la candidata del establishment demócrata, Haley Stevens –más adelante el mismo Barack Obama se sumaría al carro–. Gina Hinojosa, de origen latino, es la nueva gobernadora del estado de Texas –el estado más poblado históricamente en propiedad del Partido Republicano–. Keisha Lance, antigua alcaldesa de la compleja ciudad de Atlanta, es la nueva gobernadora de Georgia, pero sobre todo es la primera mujer afroamericana en gobernar un estado en la historia de más de dos siglos del país.
Tres figuras que se unen como síntomas de un cambio en germen a dos que han abierto camino: Alexandra Ocasio-Cortez, en el Congreso, y el alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, que día a día demuestra un liderazgo tan radical como optimista y con capacidad de gestión real: supermercados públicos, vivienda a precios limitados, transporte gratuito y derecho universal a guarderías. Tan sencillo, tan poderoso.
Quizá estemos al inicio de una nueva etapa, más que en la perpetuación de la pesadilla continua que denuncia el gran escritor estadounidense. No son casuales las revueltas populares en Europa, ni la revuelta digital impulsada desde las filas de Lula en Brasil, que ha aprendido las técnicas y los usos del lenguaje que durante una década la derecha ha monopolizado. La nueva generación de gente progresista entiende las lógicas de nuestro tiempo, porque las sufre, e indirectamente pide a la vieja izquierda –que no la ha entendido– que se aparte. Hoy no puedo olvidar aquella misma noche de otoño en Nueva York, hace ahora una década, cuando Hillary Clinton, enfadada y alzando la voz, aleccionaba a los potenciales votantes de Trump tratándolos de asnos. Era un insulto a todo un mundo por venir, lleno de complejidades y de violencias diarias en la vida de la gente.
De la misma manera que hace diez años Trump fue el símbolo de un tiempo que estaba llegando, sádico y tecnomachista, ahora su caída en desgracia electoral es también el síntoma de un nuevo tiempo por venir, en el que el egoísmo megalómano se castiga, las retóricas de la red colapsan y chocan con la tozudez de la tierra que abraza las vidas reales de la gente. Esta victoria demócrata es una victoria de la solidaridad de los débiles, que se alzan contra un mundo donde los ricos son cada vez más ricos. Al viejo aparato demócrata le conviene escuchar los vientos de ejemplaridad que llegan de las nuevas generaciones.