Turistas en el Louvre mientras Francia arde
Las protestas francesas del 19 de octubre llegaron al Louvre. Iniciadas por los jóvenes, con motivo del coste de la vida y la crisis de los servicios públicos, son la manifestación de lo que muchos analistas y sociólogos, como Christophe Guilluy, llaman "la catástrofe financiera del proyecto ultraliberal de Macron". Una cincuentena de estudiantes de la escuela de arte inscrita en el museo bloquearon su entrada. Al grito de "¿De quién es el Louvre? ¡Es nuestro!", presenciaban cómo los turistas se enfurecían, los insultaban, protestaban. Pero, ¿qué reclamaban los turistas? Su voz manifestaba el deseo de entrar, declaraban su inocencia, pero no expresaban el motivo por el cual estaban allí. Poco después, el museo cerraba las puertas.
El Louvre fundó su escuela, el Centro Superior de Estudios del Ministerio de Cultura y Comunicación, en 1882 y cuenta con unos 2.000 estudiantes. Desde este punto de vista, el museo es más de los alumnos que de los turistas. En 2025 el museo que más visitas tiene de todo el mundo recibió 9 millones de usuarios, 73% de los cuales extranjeros. En los museos universales, la universalidad es síntoma de hipercongestión. De hecho, en un día se cuentan tantas entradas como las que se producían a lo largo de un año en la década de los cincuenta. Desde este punto de vista, el museo es más de los turistas que de los artistas.
El edificio se creó en el siglo XII y su uso ha oscilado entre la fortaleza y el palacio, es decir, entre la defensa y la representación de la clase dominante. Históricamente vinculado a la monarquía, en 1793, en el contexto de la Revolución Francesa, se convirtió en un museo del pueblo y para el pueblo. Se expropió el edificio, junto con las obras, que, como muchas colecciones de estos museos, era resultado del pillaje histórico cometido por el poder político y religioso. Como dato destacable, hay que recordar que en 1815, caído Napoleón, el militar y diplomático Miguel Ricardo de Álava se plantó en el Louvre para recuperar más de 280 obras de arte españolas que Napoleón había expoliado.
Una de las joyas de la corona, aunque se encuentre en el edificio de Louvre-Lens, es el cuadro La libertad guiando al pueblo, de Eugène Delacroix. Representa a los franceses durante la revolución del 28 de julio de 1830, cuando el pueblo de París se levantó en armas contra el rey Carlos X de Francia. En la imagen se ve la unión de burgueses y clases populares contra el despotismo monárquico, y una libertad alegórica, nacionalista, con el gorro de los libertos. Uno de los principales personajes es un niño, que simboliza el futuro del pueblo, es decir, presenta a los jóvenes como promesa de futuro, tal como también encontramos en las manifestaciones en Francia, Italia, España... André Malraux, en su libro El museo imaginario, ya nos decía que lo que en un museo interpretamos como una obra de arte no lo era en su origen: ni los crucifijos, ni las obras de Fidias o Cimabue eran pinturas o esculturas, sino imágenes que cumplían una función religiosa, mítica, simbólica. El museo moderno es el que ha confinado la obra al fetichismo del autor. Así lo expresaba Malraux, y los que han venido después. Por eso el turista, lo que reclama, seguramente, es que se cumpla la promesa que toda forma de cultura relegada a su carácter publicitario propone: quieren retratar la imagen como si en aquel gesto pudieran poseerla, pero sin necesidad de comprenderla. Simplemente, quieren cumplir con la agenda global del turismo de masas. Mientras que el cuadro de Delacroix funda su sentido en la negación y superación de una realidad dolorosa, el turista lo hace en la afirmación de sí mismo como emanación del poder de la economía financiera global, que convierte todo lo que toca en activo financiero y en urbanismo de franquicia, en una suspensión del mundo y del conflicto.
Decía Susan Sontag que "las sociedades industriales transforman a sus ciudadanos en yonquis de las imágenes, que son la forma más irresistible de contaminación mental". La turistificación masiva de los museos hace que el interés ya no sea intentar captar el trasfondo de las imágenes, sino pasearse entre ellas. Solo así se puede entender por qué el turista es incapaz de vincular el dentro del museo con su fuera de campo inmediato, es decir, la ciudad y su gente. El turista quiere entrar dentro para contemplar imágenes que resuenan con lo que la ciudad le ofrece fuera, pero lo ignora.
Tres días después, Macron prohíbe el derecho de huelga en diferentes ciudades francesas; en París se lleva a cabo en los lugares que las autoridades denominan "clave", aquellos vinculados con los estamentos políticos, con los grandes almacenes y con el turismo, como por ejemplo ante el Louvre. El poder ejecutivo y el poder económico de una gran ciudad se definen, precisamente, a través de su relación con su gestión del turismo y de las redes de expats que deciden ir a vivir a países más baratos, trabajando a distancia, sin pagar impuestos, aprovechando los recursos públicos del lugar, haciendo aumentar el precio del suelo, cambiando la fisonomía de las ciudades, su lengua, sus costumbres.
Esto me recuerda otra imagen de los mismos días, la quema de una parte del Ayuntamiento de Limoges, que ya se había incendiado en mayo de 1871, cuando el presidente francés Thiers estableció una política de represión militar feroz contra los comuneros (miembros de la Comuna), en la que se asesinaron entre 10.000 y 30.000 personas, se detuvo a 40.000 y se envió a más al exilio. Sorprende la irritación general que provoca la quema de una portalada de un ayuntamiento previamente reconstruido, ya que no encontramos la misma reacción cuando se construyen zonas de sacrificio (petroquímicas, centrales nucleares, parques de servidores de datos, monocultivos intensivos, proyectos de ampliación de aeropuertos, megacruceros, parques temáticos, comercio de franquicia...). En nombre de la economía aprobamos la operación quirúrgica letal, pero criminalizamos la protesta furibunda, mientras el turista se siente con la fuerza del conquistador ante el Louvre, pensando que el problema de aquellos jóvenes no es el suyo, que su presencia está al margen del altercado, cuando, precisamente, la violencia se funda en esta superioridad moral del turista y su perversa sensación de inmunidad ante un conflicto que, como consecuencia de su presencia, impide la libertad de expresión del pueblo; aquel mismo pueblo del cual el museo nos habla, pero no hay nadie que le escuche.