Vengo de un país en guerra: el 29-N votad con conciencia

3 min
Papeletas en un colegio electoral de Barcelona para las elecciones generales de 2015, en una imagen de archivo.
06/11/2026 - 18:06 h
Educadora social y activista por la paz y los derechos humanos

Crecí en un país donde la guerra ha marcado generaciones enteras. Un país donde muchas decisiones se han tomado lejos de las personas que han sufrido sus consecuencias. Quizás por eso, cuando pienso en la democracia, pienso en la responsabilidad que tenemos, unos hacia los otros, y en el valor de poder decidir nuestro futuro sin recurrir a la violencia.

El próximo 29 de noviembre España celebrará unas elecciones generales. Es un momento para reflexionar sobre la sociedad que compartimos y la responsabilidad que tenemos.

Hoy es fácil dejarse llevar por la rabia, el miedo o lo que dice nuestro entorno. Necesitamos una cosa que hoy parece cada vez más difícil de encontrar: tiempo para pensar.

He conocido el dolor de la guerra y he aprendido que las consecuencias de las decisiones no siempre las sufren las personas que las toman. A menudo las sufren las familias que no tienen voz, los niños que no pueden defenderse y las mujeres que deben sostener la vida en circunstancias que no han elegido. Por eso, cuando oigo hablar de elecciones, pienso en las vidas que hay detrás de cada decisión colectiva, en las personas que seguirán viviendo con sus consecuencias mucho después de que se hayan acabado los discursos.

Quien tiene responsabilidades públicas toma decisiones que afectan a personas que quizás nunca conocerá. Y quien participa en una democracia también forma parte de esta responsabilidad.

Para mí, votar con conciencia significa tener criterio propio. Ser capaces de analizar más allá de los discursos políticos, contrastar lo que nos dicen y preguntarnos qué consecuencias pueden tener las decisiones que tomamos. No deberíamos confundir las promesas con los hechos, ni permitir que el miedo decida por nosotros. También significa mirar más allá de nuestra realidad y reconocer el sufrimiento de personas que viven circunstancias diferentes.

Pienso en las mujeres que luchan por vivir en libertad. En los niños que necesitan una educación y un entorno seguro. En las personas mayores que sufren soledad y en quien ha tenido que dejar su país para empezar de nuevo.

Su dignidad debe ser la misma dignidad que deseamos para nosotros y para las personas que queremos. La compasión nos recuerda que detrás de cada decisión hay vidas humanas.

Podemos discrepar profundamente sin dejar de respetarnos. Podemos defender nuestras convicciones sin convertir a la otra persona en una enemiga. Yo sé lo que significa crecer sin paz. Sé lo que significa tener miedo del mañana. Y sé el valor que tiene encontrar personas que, en lugar de preguntarte de dónde vienes o qué tienes, te miran a los ojos y reconocen tu humanidad.

La democracia es mucho más que una jornada electoral. Para funcionar, necesita una ciudadanía que se informe, que pregunte, que escuche y que sea capaz de revisar sus propias opiniones.

¿Qué futuro queremos para los niños que hoy crecen en este país? ¿Cómo querríamos que nos trataran si un día nos encontráramos en una situación de vulnerabilidad? ¿Pensamos también en las personas que viven realidades diferentes de la nuestra?

No hay una única respuesta. Cada persona tiene sus convicciones y el derecho de decidir con libertad. Pero desearía que no perdiéramos nunca la capacidad de mirar más allá de nosotros mismos.

Cuando pase el día de las elecciones continuaremos compartiendo calles, escuelas y barrios. Continuaremos necesitándonos, también a aquellas personas que piensan diferente.

Los gobiernos cambian, las elecciones pasan y los discursos se olvidan. Pero las consecuencias de nuestras decisiones continúan viviendo en las personas.

stats