La vía consorciada
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“Lo que es bueno para Barcelona es bueno para Cataluña, y lo que es bueno para Cataluña es bueno para España”. Esta fórmula transitiva resumía el pensamiento político de Pasqual Maragall y de su partido, en los años del llamado espíritu olímpico. Unidad de acción, beneficio mutuo. Cataluña es España a condición de que España sea Cataluña. Pasión compartida gracias al éxito deportivo. Els segadors y la Marcha real sonando de forma consecutiva cuando el rey Borbón entra en un estadio con nombre republicano. Es un planteamiento que entronca con la tradición federal. Un doble antídoto contra el asimilismo y contra el independentismo. Y una alternativa al proyecto pujolista, que era hacer de Cataluña, poco a poco –como quien no quiere la cosa– una especie de pseudoestado.Pero el éxito olímpico pasó, y los sueños de Maragall y de Pujol se revelaron imposibles. Maragall, como presidente, vio cómo su España catalana se convertía en un espejismo. Y la reforma fallida del Estatuto dejó claro que Cataluña no podría alcanzar un poder político real sin plantear un envite directo al Estado. El alejamiento emocional entre Cataluña y España no solo se expresaba en el auge del soberanismo, sino también en los lamentos del PSC: Montilla habló de “desafección”, y el mismo Maragall, jugando a invertir los términos, alertó en un célebre artículo que “Madrid se va”. A pesar de las advertencias, el choque de trenes fue inevitable.Los años del Procés dejaron al PSC muy malparado. Sus dirigentes se prometieron que nunca más permitirían que una sobredosis de catalanismo pusiera en peligro su relación con el PSOE. Vino el 155, la represión y la caída del PP de Rajoy. Cuando volvieron a coincidir dos presidentes socialistas en Cataluña y en España, Salvador Illa prometió centrarse en la gestión y dejarse de disquisiciones identitarias. Pero tenía planes. Illa, al estilo de Pujol, es decir, sin estridencias, ha ejecutado una estrategia en favor de su versión del ideal olímpico, aquello de “Cataluña es España y España es Cataluña”, con la finalidad de disolver el muro mental y político entre ambas realidades; su objetivo último es que, a ojos de los catalanes, Estado y Generalitat sean dos extensiones de un mismo cuerpo –es decir, de una misma realidad política y emocional.Illa ha sido lo suficientemente hábil para sacar adelante esta política a pesar de depender de los votos de los independentistas. Por ejemplo, Junts arrancó el compromiso de catalanizar la segunda cadena de TVE; los socialistas la bautizaron como 2Cat (un nombre nada inocente) y la utilizaron para retransmitir los partidos de la roja en catalán. ERC exigió el traspaso del servicio de Rodalies, y el resultado ha sido un consorcio paritario que englobará, bajo una nueva marca, todos los servicios ferroviarios, tanto los que van bien como los que son un desastre. Así, la gestión y la responsabilidad quedan diluidas. La misma fórmula se aplica al nuevo consorcio tributario, y sirve para las grandes infraestructuras, los equipamientos culturales, la política exterior... Cataluña es España, España es Cataluña. La mejor manera de amansar a los catalanes es darles una muestra de poder real: ya lo decía, hace cuatro siglos, el conde duque de Olivares.La cuestión es si esta apuesta estratégica, que es también una política de partido, podrá sobrevivir a la actual coyuntura, con Pedro Sánchez acorralado y la derecha españolista al acecho. Si el PP llega al poder, tendrá dos opciones con Cataluña: seguir sus propios instintos (y los de Vox) o bien, en un rapto de lucidez, mantener esta relación consorciada con el gobierno catalán, que es la mejor vía para fortificar la presencia del Estado en Cataluña sin que se note el cuidado.