En la calle, en camilla y bien atada
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MadridEl desahucio de Maricarmen Abascal en Madrid es uno de aquellos hechos que marcan una etapa de la vida española. Tiene una enorme carga simbólica, como en la década de los ochenta la tuvo el Cojo Manteca, un chico con discapacidad que entonces tenía 20 años y que se hizo famoso por cómo cargó contra el mobiliario urbano en las manifestaciones estudiantiles que en 1987 tuvieron lugar en Madrid. El significado de la salida de la protagonista actual en todos los informativos es bien distinto del que tuvo Jon Manteca Cabañes, que nació en Arrasate en 1967 y murió en Orihuela en 1996. No obstante, las imágenes que los unen tienen muchas cosas en común, a pesar de que la protesta ha sido llevada a cabo sin duda con más dignidad por Maricarmen Abascal, porque el Manteca pasó a la historia gráfica del país golpeando con sus muletas todo tipo de cristales y cabinas de teléfono, cuando eran una dotación obligada en las calles de las ciudades.
Jon Manteca surgió entre la multitud con sus muletas como expresión de un amplio movimiento reivindicativo, y dejó una huella de limitada destrucción urbana por la Gran Vía madrileña. Lo hizo con motivo de unas movilizaciones que terminaron con la dimisión del titular de Educación de aquellos años, José María Maravall, estudioso de la socialdemocracia y con más perfil de profesor universitario que de gestor político.
Aquellas protestas hicieron que el gobierno de Felipe González tuviera que replantearse las prioridades en la enseñanza superior, como parte del diálogo con la juventud, que era en esencia la del baby boom, ahora ya en curso de jubilación. La actuación de Maricarmen Abascal –que vaya usted a saber si también estuvo en aquellas movilizaciones de la época en que ella también debía estar en la veintena– seguramente no provocará ahora ninguna dimisión, pero ha sido tanto o más efectiva que la de su compañero de una posible exposición fotográfica sobre la historia de los movimientos sociales en España, Jon Manteca, un chico discapacitado que desgraciadamente murió muy joven, a los 28 años.
Un caso que clama al cielo
El caso de Maricarmen Abascal es de los que claman al cielo, muy especialmente por su final provisional, el de su salida de la casa donde ha vivido 71 años, en una camilla rodeada de sanitarios y policías. Esta imagen, por sí sola, es de las que describen una situación compleja, y se instalan para siempre en la memoria colectiva. En realidad, si algún día esta historia se lleva al cine se pueden hacer versiones aún más duras. Por ejemplo, haciendo que los acompañantes accidentales de la mujer la abandonen entre dos coches, ya fuera de la vista de los manifestantes, o al pie de un árbol cualquiera, como un desecho que ya es inútil y una carga para el sistema. Lo digo porque a Maricarmen atada a la camilla me llevó otra vez a unos fotogramas que tenía olvidados, cubiertos por el paso del tiempo, pero que fueron muy impactantes hace años, para mí y me atrevo a decir que para toda la sociedad española.
Busquen estas imágenes, las encontrarán en internet. Se trata de una obra hecha especialmente para la Televisión Española de los años 70. Se llamaba La cabina, y la protagonizaba José Luis López Vázquez. Era la historia de un hombre que una mañana cualquiera, después de dejar a su hijo en el autobús, entra en una cabina telefónica y queda atrapado dentro. Lo que pasa a partir de aquí es bien angustioso y surrealista. Kafka podía haber sido uno de sus guionistas. Fueron, en realidad, José Luis Mercero, el director, y José Luis Garci, también cineasta y ganador del Óscar con la películaVolver a empezar. El hecho es que López Vázquez ve cómo se le acerca la gente, que tratan de sacarlo de la cabina, pero fracasan uno tras otro. Y finalmente llegan unos empleados de Telefónica y se lo llevan a una nave donde hay otros hombres encerrados en las mismas circunstancias y almacenados con completa indiferencia, como trastos estropeados, viejos e irrecuperables. No he podido ni he querido evitar recordarlo.
Maricarmen Abascal me ha recordado estos días a López Vázquez atrapado en su cabina, sin poder salir ni recibir la ayuda de otras personas, que fracasan en el intento de liberarlo de la trampa en la que ha caído, puesta en este caso por no se sabe quién ni se sabe por qué. Solo que se lo llevan con indiferencia y prácticamente para tirarlo como un juguete roto. Tenéis que pensar que durante muchos meses el impacto de La cabina hizo que la gente hablara en aquellas cajas de cristal con teléfono poniendo un pie en la puerta para evitar que se cerrara, por miedo a quedarse dentro sin poder salir, como el desgraciado protagonista del mediometraje.
Una reacción política de prisas
Es muy significativo que la experiencia de Maricarmen Abascal pueda evocar estos recuerdos haciendo que todos, o muchos, nos sintamos indefensos. Y es vergonzoso que tenga que ser un episodio de esta naturaleza el que provoque una reacción política de prisas y carreras para pactar lo que ya se debería haber acordado hace tiempo. Las encuestas dicen que el problema de la vivienda es una tortura para mucha gente en España, una situación insoportable.
Sé que en el Constitucional cada vez que tienen que tratar un recurso sobre esta materia no acaban de saber por dónde cogerlo, como les pasa con la cuestión de la inmigración. El derecho de propiedad, la defensa de los vulnerables, la libertad económica, la protección del interés general y el interés social, todo entra en la batidora, y cuesta mucho sacar un preparado de amplio espectro, que incluya los legítimos intereses de todos. Una demostración de que los partidos no son iguales, que las ideologías siguen existiendo, y que siempre hacen falta pactos y definiciones compartidas para evitar los dramas, por ejemplo de los desahucios como expresión de violencia, sin soluciones alternativas y sin una elemental piedad.
Ojalá que el martes haya acuerdos en el Congreso para las situaciones más angustiosas. Necesitamos un contrapunto ante espectáculos como el del último pleno, a raíz de la exhibición de un bote de gas pimienta por parte de una diputada del PP. El PP, a todo gas. Después el producto se esparció por diversas dependencias de la cámara porque un empleado del grupo popular vertió parte del contenido en un lavabo, para poder entregarlo vacío –como la diputada había dicho que lo tenía– a la policía. Cuánta frivolidad sobre lo que deben llevar las mujeres para protegerse en Ceuta. Mientras tanto, Maricamen Abascal esperando que la dejen quedarse en su barrio.