Sánchez, decidido a quedarse si pierde
MadridYa se pueden imaginar que, a estas alturas, en el PSOE bullen los rumores y las especulaciones sobre qué pasará si pierde las elecciones. Lo que pasará si gana también provoca, porque no es muy probable que los socialistas puedan rehacer fácilmente las alianzas de 2023. Ahora bien, esto tendría un premio de consolación en el caso de que Sánchez consiga que su partido sea el más votado. También en este caso se tendría que decidir qué se hace con relación al liderazgo de la organización. En la peor de las hipótesis, es decir, si el PSOE es la segunda fuerza política en número de diputados y no tiene posibilidad de pactar, ¿cuáles serían las perspectivas para la continuidad del secretario general socialista? Naturalmente, puede haber circunstancias –por ejemplo, si el partido queda por encima o por debajo de los cien diputados– que modifiquen los planes para el futuro más inmediato. Pero en estos momentos el entorno de Sánchez asegura que su decisión, si pierde, es quedarse al frente de la oposición para jugar fuerte contra el nuevo gobierno.
El PSOE en ningún caso piensa que pueda tener un resultado desastroso que remita a experiencias pasadas, en las que se tuvo que improvisar un cambio de liderazgo. La prudencia consiste en decir que solo habrá una alteración de los planes si se producen situaciones inesperadas que pudieran mermar de una manera fuerte la confianza en el partido y su credibilidad. Los socialistas creen que el PP tiene activados todos los recursos para intentar conseguir algún tipo de sorpresa derivada de las actuaciones judiciales en curso. En estos círculos se añade que habría que replantear las opciones si hay revelaciones sobre cuestiones que en este momento la organización ignora completamente. Lo que en principio descartan es que pueda haber iniciativas similares a las que durante más de dos años impulsó el juez Juan Carlos Peinado contra Begoña Gómez, la mujer de Sánchez.
Los tribunales acostumbran a no tomar decisiones con posible incidencia electoral cuando ya hay unos comicios convocados y en marcha. Las hijas de Zapatero –por mencionar un hecho ya previsto– están citadas a declarar en la Audiencia Nacional sobre la relación de su empresa con las actividades y los pagos recibidos por el expresidente del gobierno, pero después de la fecha electoral, no antes. Ambas deben prestar declaración el 30 de noviembre como imputadas, para que puedan comparecer con su abogado. De entrada, el riesgo que corren es que el juez encargado del caso, José Luis Calama, tome medidas cautelares. Zapatero, en todo caso, ya está descartado desde hace tiempo para intervenir en esta campaña electoral.
En cambio, el PSOE está muy tranquilo en lo que respecta a la posible aparición de candidatos con aspiraciones de dirigir el partido si los resultados del próximo 29-N son ostensiblemente malos. Incluso con esta hipótesis, la lectura que se hace del escenario es que se necesita una respuesta obligada sin aspavientos. Con relación a este punto es importante recordar que, si bien estas próximas elecciones son las más trascendentales del calendario, el año que viene habrá nuevos comicios en el ámbito municipal y autonómico. Durante toda la legislatura los líderes locales y territoriales socialistas han estado pidiendo que las generales se celebraran primero, y ya lo han conseguido. El primer golpe por el desgaste del gobierno no lo recibirán los alcaldes ni los presidentes de comunidades autónomas socialistas –los de Cataluña, Asturias, Castilla-La Mancha y Navarra–, sino el mismo Sánchez. En todo caso, en el partido dicen que esta nueva convocatoria tendrá a la gente con aspiraciones ocupada en salir del paso, y no en abrir el partido en canal.
Mientras tanto, el PP intenta aprovechar el viento a favor y ha olvidado, como era de esperar, sus teorías sobre el hecho de que el país lo tenía que gobernar el partido más votado. Es obvio que, aunque fuera la primera fuerza, el PSOE no gobernará si no puede cerrar pactos que lo permitan. Por eso Feijóo —que tanto había pedido prioridad para el PP a la hora de formar gobierno como fuerza más votada en 2023— ya ha dicho que ahora no se trata de alternancia en el poder, sino de echar a Sánchez. Una vez más queda claro que los discursos se acomodan a las conveniencias. Es muy significativo, por otra parte, que el líder popular no se haya querido encontrar con el presidente argentino, Javier Milei, y que Vox empiece a utilizar la censura, como en el caso que ha llevado a impedir un espectáculo teatral sobre la figura de Federico García Lorca.
En paralelo, esta precampaña electoral comienza a acumular imágenes con un cierto impacto, de las que marcarán el recuerdo de esta etapa durante mucho tiempo. En este sentido, es curioso hasta qué punto el material audiovisual se impone con facilidad a cualquier intento de profundizar un poco más en la generación de estímulos políticos. Las fotos más repetidas son las de la declaración y el beso de Sánchez a su mujer, el abrazo de Ayuso y Milei, y el líder socialista en el programaLa revuelta, en una carrera electoral que comenzó con otra imagen de impacto: la de Maricarmen Abascal enferma y su desahucio en camilla. La apelación a los sentimientos es una constante en este momento.
Ya casi nadie se pregunta qué dicen los programas electorales de los partidos, que ni siquiera se molestan en confeccionar resúmenes ni trípticos para llenar buzones, como años atrás. En parte, este desinterés se debe probablemente a que poca gente cree que los compromisos sirvan para otra cosa que para incumplirlos. Ni siquiera es mala fe. Hacer promesas es una manera de perder el tiempo porque resulta difícil estar seguro sobre la fuerza efectiva que se tendrá a partir del año que viene en la cámara parlamentaria española. Hasta ahora solo está comprometida la subida de las pensiones en función del índice de inflación. Aparte del PSOE, también el PP dice que lo respetará. Por otro lado, es lógico que no se pierda el tiempo en viejos recursos de comunicación cuando resulta más práctico hacer seguimiento de las redes y tener un equipo que funcione en la elaboración de mensajes y contramensajes. Lo que queda por cerrar es la cuestión de los debates entre los candidatos. El PP solo acepta un cara a cara, y otros debates de menor impacto con más candidatos. Una razón más para dudar de su seguridad.