La Sagrada Familia cierra el debate: Barcelona se impone a Madrid

BarcelonaTreinta y cuatro años después, Barcelona vuelve a deslumbrar al mundo mientras Madrid ve que tres décadas de turbocapitalismo y concentración de recursos y poder no le han servido para acortar distancias con la capital catalana cuando de lo que se trata es de conseguir un impacto global como el de 1992. Treinta y cuatro años después, Madrid no solo no ha tenido Juegos Olímpicos, sino que ha tenido que ver cómo la ceremonia de bendición de la torre de Jesús de la Sagrada Familia por parte de León XIV se lleva todos los elogios y titulares en la prensa mundial y deja en un absoluto segundo plano la visita del mismo Papa a la capital española unos días antes. Y eso sin entrar a comparar la calidad de lo que se ha podido ver estos días en Cataluña (catedral, estadio Lluís Companys, Brians, Montserrat y Sant Agustí) con los actos de Madrid, particularmente las performances con aire evangelista del Santiago Bernabéu.

Madrid solo ha podido ser competitiva en una cosa, las multitudes, debido a la gran potencia de fuego de la educación religiosa en la capital del Estado. Pero Madrid no tiene ni una catedral con raíces románicas, ni un monasterio milenario, ni una obra maestra arquitectónica modernista de la magnitud ni el magnetismo de la Sagrada Familia, que hoy es ya un icono mundial. Se puede pensar que Madrid ya tenía el partido perdido antes de empezarlo. Pero no era tan evidente que lo perdería por goleada. Y eso es porque, más allá de la capacidad organizativa de unos y otros o de la sensibilidad artística y sentido del espectáculo propio de los catalanes, esta visita ha puesto en evidencia algo más: un choque de modelos que es también un choque de concepciones del mundo.

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El modelo Madrid se basa en la acumulación, en el crecimiento infinito, en la fe de que la cantidad siempre se acaba imponiendo a cualquier calidad. En este sentido, pocas ciudades del mundo pueden ofrecer una acogida tan masiva a un Papa como el Madrid que aspira a ser una especie de Miami europeo. Pero si la gran idea que puedes ofrecer al mundo es la de dos locutores de radio narrando un supuesto partido de fútbol con el aire carajillero que es marca de la casa, es que algo falla. Lo que pasa es que, sencillamente, en Madrid no pensaron que haría falta esforzarse más porque creyeron que bastaba con ser... Madrid.

Ciudad de prodigios

En cambio, Barcelona es una ciudad que siempre se ha tenido que esforzar por despuntar dentro de un estado que históricamente le ha sido hostil. Por eso, a diferencia de Madrid, sus principales monumentos se han hecho con capital privado y el Ayuntamiento ha tenido que inventarse grandes acontecimientos para poder superar las viejas cortapisas: de la Exposición de 1888 a la de 1929, pasando por los Juegos y el Fórum. Barcelona es, en efecto, una ciudad de prodigios porque se ha tenido que buscar la vida y siempre ha tenido una conciencia clara de que las oportunidades se han de aprovechar, porque nadie regala nada en este mundo.

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Resulta sorprendente que parezca como si Madrid hubiera descubierto ahora el poder de atracción de la Sagrada Familia y, sobre todo, que haya sido consciente de que una obra así no se puede comprar. El edificio de Gaudí parece diseñado para la época de TikTok e Instagram, resulta imbatible porque es único e inimitable. Que dirigentes políticos como Isabel Díaz Ayuso o polemistas anticatalanes como Juan Soto Ivars hayan tenido que hacer el gesto de alabar la puesta en escena de este miércoles demuestra hasta qué punto no se lo esperaban. De hecho, la noticia del Papa desapareció de los primeros puestos de las webs de los diarios madrileños tan pronto como el pontífice abandonó su ciudad. Justo lo contrario que los medios internacionales.

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Y después está la lectura política. Se ha escrito mucho sobre que la visita del Papa ha sido un balón de oxígeno para Pedro Sánchez en un momento especialmente crítico para él porque ha venido a legitimar tanto su discurso migratorio como su política internacional y de defensa. Pero el hecho de que ayer hubiera 14 ministros en la Sagrada Familia también muestra que este gobierno necesita hacerse suyo el modelo Barcelona para contraponerlo con el modelo Madrid. Quien mejor lo ha visto ha sido Óscar Puente, siempre atento al latido de las redes, contraponiendo la "creatividad" y "buen gusto" de Barcelona a la carca madrileña.

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Para el gobierno español, Barcelona representa la socialdemocracia, los intentos de contener la deriva del mercado en el sector inmobiliario, las políticas sociales y sostenibles, pero también la innovación y la cultura emprendedora frente al especulador madrileño. Lo que quizás no saben es que todo esto no viene de ayer, sino de una idiosincrasia nacional concreta que, entre otras cosas, permitió que floreciera un movimiento cultural como el Modernismo, una burguesía con conciencia de país y un genio como Antoni Gaudí.