Sánchez juega la carta de Zapatero 2003
BarcelonaPedro Sánchez suele jugar al ataque cuando ve una oportunidad clara de avanzar. Y el choque diplomático con los Estados Unidos de Donald Trump representa para él una ventana de oportunidad inmejorable para situar el debate en los términos que más le convienen. En el mundo hay dos grandes bloques: los militaristas/autoritarios (Trump, Netanyahu, Putin, etc.), y los demócratas y partidarios de la vía diplomática (que él lidera ahora mismo, al menos dentro de la UE). En un país como España, con un fondo antimilitarista y antiamericano muy importante (una herencia directa del franquismo), y que los años 2003 y 2004 se movilizó contra la guerra de Irak en un proceso que acabaría con el desalojo del PP del poder, es jugar una carta ganadora.
La referencia a la guerra de Irak y al "trío de las Azores" es letal para el PP y un Alberto Núñez Feijóo que hace unos días celebraba los 30 años de la victoria electoral de José María Aznar.
Y eso nos lleva a la figura de José Luis Rodríguez Zapatero, que en el año 2003, cuando era jefe de la oposición, durante el desfile militar del 12 de octubre, se quedó sentado ante el paso de la bandera estadounidense, un gesto que provocó un profundo malestar en Washington. Y no solo eso, sino que la primera decisión que tomó una vez llegó a la Moncloa fue retirar las tropas españolas de Irak. Sánchez está repitiendo ahora un guión que entonces al PSOE le funcionó muy bien, básicamente porque conectó con una mayoría social, como puede pasar ahora.
Choque con los EUA
Y ahora, la gran pregunta: ¿por qué Sánchez se puede permitir el lujo de plantar cara a un personaje tan peligroso como Donald Trump? Pues aquí hay que remarcar que Sánchez también tiene buenas cartas, las que corresponden a lo que podríamos definir como el discreto encanto de una potencia mediana como es España, que además forma parte de dos clubes muy importantes, la UE y la OTAN. Formar parte de la UE blinda a España frente a represalias comerciales, y a pesar de que puede haber dirigentes europeos molestos con Sánchez, no tienen más remedio que defender a España, ya que hacer lo contrario significaría el fin del proyecto europeo.
Trump tampoco puede prescindir fácilmente de España en la OTAN, en este caso por motivos de geografía. Si pregunta a cualquiera de sus generales, le dirá que la Alianza Atlántica no se puede permitir el lujo de perder el control de la península Ibérica, que es la puerta sur del Mediterráneo. Los mismos argumentos que en su día beneficiaron a Franco benefician ahora a Sánchez.
La inversión de Amazon
Trump podría, eso es cierto, presionar a las empresas estadounidenses para que dejen de invertir en España, pero aquí chocaría con otro problema: España es un mercado de 50 millones de consumidores en el que las empresas estadounidenses ganan mucho dinero. No es –y perdón por la comparación– Andorra. Esta misma semana Amazon ha anunciado en el marco del Mobile World Congress una inversión de 18.000 millones de euros para construir centros de datos en Aragón. Es impensable que Jeff Bezos se eche atrás y se arriesgue a perder miles de millones solo por satisfacer un capricho de Trump.
En conclusión, podríamos decir que la aparente valentía de Pedro Sánchez no es ingenuidad, sino que responde a un cálculo político de cuál es la correlación de fuerzas real entre España y los Estados Unidos. Solo si la operación Fúria Èpica acabara en los próximos días en una victoria incontestable de los Estados Unidos e Israel, la caída del régimen de los ayatolás y una transición democrática y pacífica en Irán, es decir, que pasase lo contrario de lo que pasó en Irak hace veinte años, Sánchez tendría problemas. Pero ahora mismo este escenario es muy poco probable.