Memoria histórica

El primer cura apóstata de la Girona del franquismo

Joan Vinyes anunció desde el púlpito de la iglesia de la Escala durante la misa del domingo que dejaba de ser católico

10/04/2026

Joan Vinyes Miralpeix (Anglés, 1918 - Barcelona, 2009) no pudo resistir mucho tiempo la hipocresía de la vida sacerdotal, la sumisión total de la Iglesia al franquismo ni el celibato (solo aparente) que le imponía su condición de cura. Todas estas contradicciones, y algunas más, confluyeron en su última misa, el domingo 1 de octubre de 1950, cuando desde el púlpito de la iglesia de l'Escala anunció a sus atónitos feligreses que dejaba de ser cura. Fue el primer caso de apostasía en la Girona del franquismo, que intentó por todos los medios reconducirlo al seno de la Iglesia, incluso a través de conspiraciones institucionales para hacerlo pasar por loco y encerrarlo en un manicomio. “En tiempos del nacionalcatolicismo era un acto de rebelión total y no lo podían tolerar, por eso consideraron que solo podía estar loco”, explica Josep Maria Vinyes i Vilà, que ha cuidado de las memorias escritas por su padre.

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Un padre integrista católico

Joan Vinyes sufrió la educación de un padre integrista católico que lo fue encaminando hacia el seminario sin tener una verdadera vocación. La durísima y sorprendente trayectoria vital la explica con precisa y descarnada prosa el mismo protagonista en Memorias de un cura apóstata (Editorial Gavarres), fruto de escritos muy diversos que su hijo Josep Maria Vinyes, psicólogo y antiguo editor de Enciclopèdia Catalana, ha reunido en un volumen de casi 300 páginas que mezcla con acierto la memoria personal con la colectiva. La infancia del futuro cura quedó marcada por la muerte de la madre, de un embarazo ectópico, cuando él solo tenía 10 meses. La rigidez familiar se ejemplificaba en una gráfica donde diariamente se apuntaban las buenas acciones y las faltas cometidas por los dos hermanos. Las faltas siempre ganaban y comportaban castigos: al hermano, la prohibición de beber vino, y a él, la obligación de beber agua caliente en las comidas. Tenían vetado el acceso al fútbol y el cine y “el sexo era una cosa mala, horrible, y la sola mirada del pene era de una gravedad absoluta”. Con once años internan a los dos hermanos en el seminario colegio del Collell, “una jaula donde absolutamente todo estaba ideado para domar la voluntad de los niños”, donde “el amor era inexistente” y donde “el frío era un competidor a quien debía hacer frente a cada instante”. En el Collell inició una carrera sacerdotal que continuaría en la Universidad Pontificia de Comillas, donde también descubrió la animadversión de muchos castellanos: “A todos los castellanohablantes les molestaba oír hablar catalán, aunque la conversación fuera estrictamente mantenida entre los dos interlocutores”. 

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Un año en un escondite

El estallido de la Guerra Civil le obliga a desertar cuando le llaman a filas. “Ninguno de los dos hermanos podíamos ir a luchar al lado de los enemigos de la religión”. Por eso pasaron más de un año en un escondite de un metro y medio por dos metros. Salían sigilosamente para subir cien veces al día a una torre de la casa que tenía diez metros de altura para estar preparados físicamente para un hipotético paso clandestino de la frontera, cosa que hicieron –“Estábamos hartos, de escondernos como conejitos”– en octubre del 38. Cuando Joan Vinyes consigue pasar a la España franquista descubre que “la represión de las izquierdas en la zona nacional había sido tan dura, por no decir más, que aquella de la cual había sido testigo, y que, además, había sido perpetrada no por incontrolados sino por la gente de orden”. También se da cuenta de que “los curas se habían convertido en mayordomos de los intereses franquistas”. Escribe: “Franco necesitaba la Iglesia y la Iglesia tenía necesidad de Franco”. Aun que como exseminarista le habían prometido que no le harían ir al frente, solo les salvó una colitis aguda que les hacía hacer “deposiciones en sangre viva a treinta y nueve de fiebre”. Vinyes no quiso rebajarse, ni en el grado más bajo de cabo, a participar en el ejército, ya que “estaba impregnado de odio a la disciplina de cuartel”. En un pasaje de las memorias describe cómo arroja todas las piezas de su uniforme militar desde el tren, por partes irrecuperables, de tal manera que nadie las pudiera aprovechar. 

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La hipocresía sacerdotal

En la posguerra, enseguida que es ordenado se da cuenta de la hipocresía que gobernaba los actos de la mayoría de los sacerdotes: “La Iglesia no ignora las múltiples, las constantes, las deplorables infracciones de la disciplina celibataria en que incurren sus ministros; prefiere la hipocresía a la sinceridad”. Y concluye: "La Iglesia no era una madre: era una madrastra despótica y cruel hacia los hijos de Dios”. Incluso acude al obispo para denunciar a un capellán que se había abalanzado sobre una mujer llamada a la sacristía. “La reacción episcopal a mi denuncia denotaba que su excelencia estaba preparada para escuchar acusaciones mucho más gruesas contra dignatarios más importantes”, asegura.

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Destinado a l'Escala como párroco de Empúries, dirige el coro l'Oreig de Mar, que despectivamente era llamado por los integristas de la villa como “el coro de los comunistas”. Allí conoce a Maria Assumpció Vilà Comas (l'Escala, 1924 - Barcelona, 1988), de la que se enamora perdidamente. “Sin su apoyo y sin su entereza y su coraje, yo no me habría visto con valor de decir adiós a treinta años marcados desde sus inicios por la más absoluta sumisión a la autoridad eclesiástica –reconoce–. Yo era un ser incompleto, como individuo y como sacerdote”, concluye.

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Romper con contundencia

El hijo de Joan Vinyes, que hasta que no se jubiló no empezó a leer con calma el legado literario de su progenitor, cree que su padre no se vio con fuerzas de explicar a la familia muchas cosas que ahora aparecen diáfanas en sus escritos. “Ahora entendemos mucho mejor su decisión. Tuvo que coger mucha fuerza para poder rebatir intelectual y emocionalmente la presión que recibiría y sabía que tenía que ser muy contundente para poder romper –reconoce–. El hecho de hacerlo público en plena misa era una demostración de que estaba convencido, e incluso quiso levantar acta notarial”, explica el hijo. El notario de l'Escala, sin embargo, “se echó atrás alegando que un notario no podía dar fe de actos indecorosos o inmorales”, escribe en las memorias. También envió una carta al obispo Cartañà donde le decía cosas como estas: “En una palabra: he perdido la fe en mi condición de sacerdote y de católico”, “le ruego que se abstenga de toda tentativa de reconciliación que califico desde ahora de infructuosa”, o bien “yo no me aprovecharé de mi condición para promover alboroto y escándalo, me parece pertinente que usted adopte una actitud equivalente”. 

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A Lourdes y al psiquiatraNi el estamento eclesiástico ni su padre se dieron por vencidos y lo enviaron a ejercicios espirituales con los jesuitas, a estancias en Montserrat, en Mallorca y en Lourdes, y a consulta de médicos psiquiatras. Y en medio de estas presiones, cuando el hijo le dice al padre si quizás habría querido que existiera la Inquisición para quemarlo en la hoguera, él le responde: “¡Ojalá todavía existiera…!”

En las memorias aparecen episodios delirantes, como cuando un eminente especialista en enfermedades mentales le diagnostica un odio sincero al padre, a quien ataca a través de la religión por un síndrome de Edipo. O una última conjura para encerrarlo en el manicomio con la aquiescencia del obispo de Girona y el presidente de la Diputación de Barcelona, de la cual consigue escapar amenazando con divulgarlo todo a la BBC. Ya antes había escapado de un manicomio donde querían que se quedase unos días en observación y donde él temía que pretendieran hacerlo volver loco de verdad: “El bloque paternofamiliareclesiasticopolítico, no imaginario sino bien perceptible, podría presentarme como paradigma de la paranoia que me había impelido a hacer la barbaridad que hice”. Josep Maria Vinyes explica que “no es que el abuelo no quisiera a su hijo, sino que tenía un catolicismo rabioso, una fe que pasaba por encima de los propios hijos”.

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Joan Vinyes fue unos años miembro de la Iglesia bautista y después volvió al catolicismo. Trabajó como corrector y redactor para las principales editoriales del país y también hizo de traductor de catalán, castellano, inglés, francés, latín y griego. La prueba de amor hacia su mujer es que se casó tres veces: por la Iglesia bautista, por lo civil y por la Iglesia católica.