Kike Esnaola: "Decir que los jóvenes de hoy son más frágiles es un reduccionismo brutal"
Psicólogo
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Todos piensan que el fora viene del griego, pero su origen es otro. La foto de WhatsApp de Kike Esnaola es el logo de @forapsico, la cuenta con la que empezó su trabajo de divulgación sobre psicología durante la pandemia. Fora viene de Foratata, la montaña del Pirineo aragonés donde de adolescente sentía que podía “ser sin juicio”. En abril publicó Habitando el malestar (Planeta).
Ha escrito sobre la “adultez emergente”. ¿Qué es?
— Un puente entre dos etapas que colectivamente tenemos muy bien definidas: la adolescencia —que ya quedó atrás— y la adultez —que todavía no se ha consagrado.
¿Mis abuelos no pasaron por ella?
— Seguramente se esperaba de ellos una transición más abrupta y más temprana. Hoy, la emancipación y el trabajo estable se han retrasado muchísimo. Y cada vez hay más evidencias de que el cerebro sigue en neurodesarrollo hasta los 30 años.
Hoy he ido a la pescadería y he pensado: soy adulta.
— Pero quizá por la tarde te alargas con unas cañas y, al día siguiente, con resaca, dices: ostras, esta chica y la de ayer por la mañana no son la misma. Muchas veces el sufrimiento viene de no conseguir integrar esas partes.
¿La adultez nos llega a todos a la misma edad?
— No. Trabajo con población que se escapa de la norma y veo muchas adolescencias tardías.
¿Por ejemplo?
— Una mujer trans, de familia migrante, que sufrió acoso escolar, que nunca se atrevió a ir a la playa ni se sintió objeto de deseo. De repente, a los 28 años, suelta la vergüenza, acepta su cuerpo, y toda una etapa de exploración se desbloquea. Pero llega tarde, y eso produce muchísimo sufrimiento, porque a los 28 se espera que estemos haciendo cálculos para una hipoteca.
¿Pero la adolescencia no eran las hormonas?
— Las hormonas cambian el cuerpo, pero la adolescencia también es cultural. Culturalmente, es una etapa diseñada para que nos equivoquemos: todo el mundo espera que un adolescente la líe. No es lo mismo que robe un pintalabios una niña de 14 años que una treintañera.
¿Los jóvenes de hoy somos más frágiles?
— Decirlo es un reduccionismo brutal. Y si buscáramos responsables —que no culpables—, quizá los que señalan con el dedo deberían apuntarse a sí mismos: esa fragilidad que se nos achaca es la manifestación de cómo nos han educado los adultos. Pero es que el malestar ha aumentado en todas las etapas de la vida.
¿Por qué sufren sus pacientes jóvenes?
— El principal motivo de consulta de estos adultos emergentes es la familia. Nuestras familias no transitaron esta etapa de sus vidas como nosotros, no tienen referentes y no saben cómo ser padres en esta escena. Crecer implica recolocar las fichas del juego, y ahí hay muchas resistencias.
¿Por qué este cambio de roles genera tanta tensión?
— Porque hay que renegociarlo todo: ahora no somos un adolescente y un adulto, sino dos adultos que necesitamos redefinir nuestro vínculo. Muchas veces no logramos poner en palabras que este proceso se está dando y lo único que aparece es el conflicto.
En redes no paro de ver a jóvenes hablando del duelo por las amistades.
— Es un temazo. Transitar por diferentes etapas nos transforma, y a medida que nos transformamos cambian nuestras necesidades afectivas. El zapato que nos servía con 12 años ya no nos sirve con 16.
¿Como cuando zarpa el amor?
— El sufrimiento aparece cuando el cambio va en una sola dirección: yo ya no encuentro lo que encontraba en el vínculo y la otra persona sí. Para las rupturas de pareja tenemos un guion cultural; para las de amistad, no.
¿Las amistades son la nueva pareja?
— Para los millennials y la generación Z son tan importantes o más. Para nuestros padres, lo que debía durar toda la vida era la pareja. Para una generación que vive con más fragilidad ese esquema, la amistad puede ser un flotador en la tormenta.
¿Cuántos llegan a su consulta con el diagnóstico hecho?
— Esto es algo que ha cambiado radicalmente en diez años. Yo empecé en la Unidad de Conducta Suicida de un hospital de Barcelona. Allí se hablaba de apego, de narcisismo, de TOC, y yo pensaba: cuánto nos dejamos del paciente hablando así. Pero era el lenguaje de los que llevábamos bata. Ahora toda la población habla como hablábamos en el hospital hace diez años.
¿Una etiqueta no puede ayudar?
— Sin duda. Dan acceso a ayudas, bajas, apoyos en la escuela. Y tienen una función de identidad: nos ayudan a colocar el sufrimiento, a comprender que no estamos solos. Lo peligroso es la banalización, explicarnos el malestar exclusivamente a través de ellas.
¿Como los 45 trucos para alejarse de la gente tóxica?
— En realidad el gesto es el mismo: “gente tóxica” es otra etiqueta. Y de la mano de la etiqueta viene una visión mecanicista de lo humano: lo que nos pasa lo causan A, B y C y se resuelve con A, B y C. No es así en absoluto.
Dentro de veinte años, ¿seremos nosotros los que llamemos frágiles a los jóvenes?
— Es un sesgo generacional que siempre se da. Nos va a pasar, aunque no lo creamos.
¿Cómo sabré que ha llegado el momento?
— Cuando oiga algo como “farmear aura” y lo mire con extrañeza.