Vivir en la calle, el pico de la soledad

La Generalitat calcula que hay 8.000 personas sin hogar y los expertos avisan que los tiempos de acogida son limitados para que puedan rehacer su vida

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Usuarios de los centros de acogida que gestiona San Juan de Dios en una imagen de archivo.

Barcelona"Una persona que vive en la calle en Barcelona está todo el día expuesta, rodeada de personas, pero nadie la ve. Es el pico de la soledad", explica Núria Martínez, directora del centro para personas sin hogar Hort de la Vila, en el barrio de Sarrià. En Cataluña nunca ha habido tantas personas durmiendo en la calle como ahora: según el Gobierno son unas 8.000, más de la mitad de las cuales en la capital del país. Trabajar pero no poder pagar un alquiler y tener que dormir al ras es una realidad creciente, ya que el aumento de la precariedad hace que cada vez haya más personas que no se pueden permitir ni pagar una habitación a pesar de cobrar un sueldo. Con este escenario cada vez es más complejo conseguir que se reintegren socialmente y recuperen la autonomía, y los expertos advierten que hacen falta redes de afecto y de apoyo que les permitan romper con la soledad no deseada que sufren, además de acabar con la falta de vivienda accesible y las trabas burocráticas.

Para el educador social Jordi Rull, que trabaja desde Sant Joan de Déu Serveis Socials con jóvenes migrantes que han estado en situación de calle, el paso clave para la reinserción es que "se sientan vistos y reconocidos", después de haber sufrido la soledad de no tener un techo. La entidad coordina dos pisos en Barcelona con once plazas para jóvenes, y el centro Hort de la Vila tiene 116 plazas concertadas con el Instituto Municipal de Servicios Sociales (IMSS) del Ayuntamiento de Barcelona para un perfil de edad más variado. Aun así, el consejero de Derechos Sociales, Raúl Moreno, admitió en una entrevista al ARA que hacen falta más recursos de alojamiento de emergencia para estas personas, pero añadió que la crisis residencial también tiene repercusión en las viviendas de emergencia social que se pueden poner en marcha.

Esto es una dificultad añadida a la recuperación de su autonomía, explica Martínez. Son personas que se han quedado sin redes –las relaciones familiares, de amistad y de pareja se han roto–, se han quedado sin trabajo, no tienen buena salud... "Es una telaraña de soledad", y hay que rehacer las redes de nuevo para dejar atrás la calle, dice la experta. Ahora bien, avisa que una vez se han restablecido estas redes y han conseguido un trabajo y han construido nuevas relaciones personales, cosa que en muchos casos es "tan agotador como subir una montaña muy alta", se encuentran "ante el precipicio" de encontrar piso. "Tenemos jóvenes que se han jugado la vida en el mar en una patera o escondidos en los bajos de un camión. Si tuvieran la base de los bienes materiales cubiertos, como un techo o dinero para mantenerse, podrían hacer vida poco a poco, a pesar de las trabas administrativas que lo ralentizan todo. Pero no es así", añade Rull.

Un "reloj de arena"

En los dos pisos donde trabaja este educador social se acoge a jóvenes de entre 18 y 30 años que han vivido en la calle. El objetivo es que los usuarios realicen una salida autónoma hacia el mercado de alquiler privado. Actualmente hay nueve chicos y dos chicas, de los cuales la mayoría son marroquíes, aunque también hay uno de Kenia y uno de Honduras. Prácticamente todos llegaron como menores de edad y estuvieron bajo la tutela del Estado, muchos de ellos procedentes de Ceuta, Melilla y el sur de la Península, desde donde viajaron a Barcelona cuando alcanzaron la mayoría de edad. La situación de desamparo les lleva a menudo a vivir en pisos ocupados, consumir sustancias estupefacientes e incluso delinquir cuando están en la calle. En estos pisos se trabaja para dejar atrás esta etapa y restablecer los vínculos.

Ahora bien, aunque nunca había habido tanta inversión para combatir el sinhogarismo –o al menos anunciada por la Generalitat–, nunca ha habido tanta gente durmiendo en la calle de Barcelona. Martínez lamenta que esto genera una presión añadida a los profesionales y a las personas que están en acogida, ya que deben realizar procesos en un tiempo que es irreal: "Los tiempos de acogida no se ajustan a la realidad". La gestión de las estancias –con una media de un año de duración– es como un "reloj de arena", que empieza a correr cuando la persona entra en el centro. Esto se debe a las listas de espera: cada semana hay una decena de personas pendientes de acceder. Para reconducir la situación, Martínez reclama políticas públicas estructurales, el cumplimiento obligatorio del derecho al padrón municipal en todos los ayuntamientos catalanes para dar visibilidad al problema y el despliegue efectivo de la ley del sinhogarismo, encallada en el Parlament.

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