La huerta de Almería: miles de inmigrantes ahogados en el 'mar de plástico'
Los jornaleros que trabajan en los invernaderos de esta región andaluza denuncian las condiciones a las que están expuestos: cinco euros la hora y sin acceso a la vivienda
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Níjar / El Ejido / AlmeríaEs una tierra seca, árida, punteada por matorrales, cactus y jara blanca. Y, de repente, de entre la tierra yerma surge una inmensa explanada blanca de casi 30 kilómetros de largo, custodiada por la cordillera de Gádor y el Mediterráneo. Es el mar de plástico almeriense, la gran huerta de Europa donde trabajan cerca de 100.000 trabajadores, la mayoría inmigrantes y cerca de un 30% en situación irregular. En total son unas 35.000 hectáreas de invernaderos –el equivalente a 50.000 campos de fútbol juntos– que pueden llegar a producir 3,5 millones de toneladas de hortalizas y frutas: pimientos, pepinos, tomates, calabacines... Decenas de miles de invernaderos que lo engullen todo, penentran dentro de las ciudades y los pueblos de la zona, plásticos blancos visibles desde el espacio que se confunden con las casas y naves industriales. Es el motor económico de la región: por un lado la zona de Poniente, rodeando El Ejido; en el otro valle, la vasta explanada a los pies del municipio de Níjar.
La mayoría de los trabajadores del sector agrícola almeriense tienen unas condiciones laborales precarias. Muchos de ellos porque no tienen papeles, y Almería es la puerta de entrada a la Europa soñada. Aquí pueden encontrar trabajo sin tener la documentación requerida. Una situación que puede variar con el anuncio que esta semana ha hecho el gobierno de Pedro Sánchez para sacar adelante una regularización extraordinaria de las personas que están en situación irregular en España, una medida que podría afectar a más de medio millón de inmigrantes. "Es una buena noticia, la gente está esperanzada, afectará a miles de personas", explica Daniel Izuzquiza, miembro del Servicio Jesuita Migrante (SJM), una comunidad que trabaja con los más vulnerables en la zona de Níjar. Aún no tienen un recuento detallado de cuánta gente se beneficiará, pero podrían ser decenas de miles de trabajadores. Eso sí, hasta que puedan leer la "letra pequeña" del anuncio van con "cautela" sobre lo que supondrá este decreto ley socialista.
Sueldos denigrantes
Los inmigrantes que trabajan en el sector agrícola cobran mayoritariamente entre 4,5 y 6 euros la hora. Mohamed Yarie llegó en patera a la costa de Formentera hace un año y medio desde Guinea Conakry, dejando atrás a su esposa y a sus cuatro hijos. Ahora vive en Roquetes de Mar y cada día hace más de 20 kilómetros en patinete para llegar a un emplazamiento donde algunos agricultores recogen a los temporeros que necesitan para ese día. Todos sin papeles. Durante el último mes ha trabajado 7 días, a 5 euros por hora. Son menos de 300 euros al mes, cuando por una habitación le piden entre 250 y 300 euros.
Tanto él como Abdellatife, un chico marroquí de 33 años, acuden a las clases de español que ofrece la entidad Cepaim. El idioma es lo más importante. Les permite defenderse y reclamar sus derechos más básicos. Abdellatife lleva dos meses sin encontrar trabajo. Emigró de su país después de trabajar en una empresa de tapicería de coches durante nueve años. Ahora, cuando pueda conseguir los papeles, quiere ir a Madrid o Barcelona para buscar trabajo en este sector y traerse a su hija de seis años. Aunque lleva desde noviembre sin encontrar trabajo, no se queja. "Estoy mejor que en mi país, en Marruecos cobraba 20 euros, aquí puedo llegar a 50 en un día", reflexiona.
"Los inmigrantes ocupan los lugares que nadie quiere. Que yo no esté dispuesto a bajar a una mina o trabajar en el campo no quiere decir que no tenga que pagarse bien a quien lo haga. Pero dependemos de los mercados, que son depredadores. Si el objetivo es ganar dinero, vale todo. ¿De quiénes son los invernaderos de Marruecos? De gente de aquí, por lo tanto no puedes decir que tienes que bajar costes y pagar mal para competir con Marruecos. ¿Hasta cuándo será rentable este modelo? Hasta que despegue la economía en Marruecos o Senegal", argumenta Juan Miralles, presidente del patronato de la ONG Cepaim.
A 50 grados
Las condiciones de seguridad tampoco son buenas. Las entidades que ayudan a los inmigrantes denuncian que muchas veces sulfatan o utilizan pesticidas sin la protección adecuada. A veces con mascarillas quirúrgicas, a veces ni eso. ¿Qué pasará en unos años? ¿Qué consecuencias podrán surgir en lo que se refiere a la salud para estos jornaleros? También el calor es un problema. Los invernaderos son hornos en los meses más calurosos. La producción en Almería no es estacional, es estable durante prácticamente 10 meses, menos en julio y agosto, y algunos trabajadores han llegado a trabajar a casi 50 grados. Y con pocos descansos. En enero, con 16 grados en el exterior, en algunas zonas se siente olor a plástico quemado.
La vivienda es el otro gran problema. No la hay. En los últimos cuarenta años, poblaciones como Níjar o El Ejido han triplicado su población (sin contar a los irregulares). En cambio, el parque de vivienda apenas ha variado. Son pueblos de colonización, de los años 1950-60, cuando el gobierno franquista creó el Instituto Nacional de Colonización y desplazó a gente del interior o de zonas de Albacete y Granada a estos campos y les concedió parcelas y se constituyeron pueblos de nueva planta. "Níjar está colapsado. No hay cascos antiguos, no hay casas viejas. Los inmigrantes viven en cortijos semiderruidos. El mercado no propone nada, porque los trabajadores no pueden pagarlo", explica Miralles. Incluso quienes tienen dinero no encuentran nada. Cuesta encontrar ya no habitaciones, sino camas. Cada año la situación es peor porque, encima, los propietarios "no se fían de los inmigrantes", denuncia Abdelaziz Chabar, un veterano que colabora también con CEPAIM: "¿Qué les queda? Los asentamientos".
Según los últimos estudios, hay cerca de 7.000 personas que viven en asentamientos chabolistas en todo Almería. Muchas veces es el primer destino de los recién llegados. De aquí a un piso compartido, y cuando pueden reunir a toda la familia buscan un piso para todos. Pero cada vez cuesta más. Y la estancia en los asentamientos se cronifica. Abdelkrim vivió en el asentamiento de Atochares durante 9 meses, antes de entrar a colaborar con los jesuitas. Tiene 37 años, llegó con patera a Lanzarote en el 2023, después de pagar 3.000 euros, y ahora estudia integración social. Esto le ha permitido recopilar las experiencias de muchos compañeros suyos, a través del proyecto MUSA, una iniciativa para documentar la explotación laboral que sufren los trabajadores inmigrantes. Ha hablado con 2056 y le han explicado las miserias de la vida bajo los invernaderos: "Entras dentro de un invernadero y nadie se entera de nada. Las grandes compañías no pueden tener trabajadores sin papeles, pero pueden hacer jornadas de hasta 14 horas, sin pagar horas extras. También domingos, sobre todo con el calabacín".
La situación irregular de muchos inmigrantes, sin papeles, y la necesidad que tienen para regular su situación abre la puerta a las mafias y trampas de empresarios sin escrúpulos. "Cuando la administración no funciona, surgen desde pequeños empresarios que tienen gente viviendo en cortijos o dentro de los invernaderos, y los cobran, hasta otros que para regularizar un trabajador le dicen: «Si quieres contrato, te lo vendo»", explica Seve Lázaro, uno de los tres jesuitas que trabajan en la zona. AbdelKrim ha visto como algunos agricultores hacían pagar la Seguridad Social a los trabajadores, y ellos, por desconocimiento, lo asumían sin quejarse, y también como pedían 11.000 euros a un jornalero a cambio de facilitarle papeles, tanto el padrón como un contrato de trabajo.
Alberto es uno de los profesores de español de Cepaim. Nació en Almería y lleva años colaborando con los más vulnerables. Cuando llegó a El Ejido lo hizo con prejuicios. "Pensaba que todos los agricultores eran malos", admite mientras conversa del sistema "perverso" al que se ha abocado a los inmigrantes. Pero, poco a poco, vio que hay de todo. "Hay quienes ayudan, se juegan mucho si les pillan dando trabajo a sinpapeles o dejándoles dormir en los invernaderos porque no tienen nada más", relata. En la misma linea se expresa Miralles. "La administración les dice a los agricultores: «Si tú no haces nada, serás tú el responsable si sucede algo»". Por eso hay poca humanidad. Nadie –o poca gente– se la juega para ayudar a unos desconocidos.
Los agricultores desconfían. En la pequeña pedanía de Atochares, los niños juegan en la plaza, mientras los ancianos pasean y algún agricultor pasa con el coche con mirada desconfiada hacia los recién llegados. Cuando se les interroga sobre los invernaderos, evitan hablar abiertamente de ellos. "¿Con qué objetivo?", pregunta con recelo un agricultor cuando se le pide desde donde se puede ver toda la panorámica del valle, a tocar del turístico y paradisíaco Cabo de Gata. Alrededor de estos municipios hay escombros y mucha suciedad por todas partes. Una miseria que desaparece en la montaña. En el único bar abierto de Níjar un grupo de agricultores toma el café después de comer. Es martes. Bromean entre ellos en un juego de conversaciones cruzadas sin sentido para los recién llegados. "Ponme un chupito", dice uno. "Sí, para que cojas el coche y mates a alguien", responde otro desde una mesa, entre risas y copas de licor, mientras un guardia civil termina de comer con la familia. "¡Viva España!", grita un hombre nada más entrar en el bar, informado de la presencia de catalanes en el interior. Dentro, ningún inmigrante. Hay coexistencia pero no convivencia. Son mundos que transcurren en paralelo.
Una de las denuncias que realizan algunas entidades y trabajadores es la connivencia de la administración con los agricultores. Dicen que les avisan para las inspecciones, que hay grupos de WhatsApp para que no los pillen. Abdelkrim lo ha vivido en primera persona. De repente, gritos, nervios, carreras y el capataz los envía a casa cuando sólo llevan dos horas de trabajo. Les sacan por la punta del invernadero más alejada del camino y les advierten que no digan a nadie para quienes trabajan. Y, claro, la jornada computa como dos horas trabajadas: 10 euros pese a haberse levantado a las cuatro de la madrugada. Miralles es comprensivo. "Es imposible poner puertas al campo. Haría falta un ejército de inspectores, no creo que haya connivencia", resume resignado. "Hay 8-9 inspectores para miles de empresas. ¿Por qué? Porque no interesa. Cuando llegan los inspectores el trabajador está adoctrinado", escribe la investigadora del Cidob Blanca Garcés Mascareñas en un informe sobre la situación de los trabajadores almerienses.
Mirada de camello, mirada de cabra
Abdelkrim ha detectado la paradoja que viven los jornaleros del mar de plástico. Cuando les pregunta si están satisfechos con su trabajo, aunque cobran poco, aunque malviven en asentamientos o cortijos en ruinas, pese a las nulas condiciones de seguridad, más del 90% responde que sí. ¿Por qué? Porque trabajan. "Es la otra esclavitud", resume Lázaro. "Viven de la necesidad de mantenerse y mantener a su familia. Ganan 900 euros, de los que 300 o 400 los envían a la familia. Es el anzuelo de los cinco euros. Una trampa. Viven explotados pero pueden construirse, por ejemplo, una casa en su país de origen. Pero, con estas condiciones laborales explotadoras, ¿qué puedes soñar? ¿Qué futuro imaginas? ¿Qué precio pagas? "El de echar a perder tu vida", argumenta el jesuïta, que lo resume con una metáfora: "Mirada de camello, mirada de cabra". Los trabajadores no pueden levantar la vista, como la cabra, engañada buscando el rastrojo, siempre con el hocico en el suelo, mientras el camello mira al horizonte.
Y esta incapacidad de mirar al futuro tiene unas consecuencias. Primero, que los jornaleros, extenuados por largas jornadas laborales bajo condiciones precarias, tienen poco tiempo para intentar formarse. También porque muchos días no saben la jornada de trabajo del día siguiente hasta la noche, cuando les avisan por teléfono. La segunda, que muchos ocultan su realidad a la familia por vergüenza de mostrarles cómo malviven. "Pensaba que la vida sería más fácil", reconoce Mohamed Yarie.
"Los invernaderos intensivos de esta zona gastan mucha agua, dan mucho trabajo, pero también dinero, y no se valora la mano de obra", resume Abdelaziz. Él y Alberto recuerdan cómo los vecinos de la Alpujarra, los que vivían en la falda de Sierra Nevada, bajaron a la llanura almeriense, abandonando su viña y los campos de naranjos, para hacer crecer el inmenso mar de plástico. "Han destrozado las montañas para hacer invernaderos, suerte que está el mar y la cordillera como límites, sino seguirían creciendo", lamenta Abdelaziz. "Los que ahora tienen invernaderos también tuvieron que abandonar su tierra", apunta Alberto. Y sentencia: "Falta memoria".