Repoblar es más fácil con un grupo de amigos
Beget, en la Alta Garrotxa, ha pasado de 19 a 27 habitantes después de la pandemia, cuando un grupo decidió arraigarse allí y abrir allí tres negocios
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Beget (Alta Garrotxa)La hija de Annabel y Guillermo, Willy para los amigos, acaba de cumplir un año. La pareja ha celebrado este septiembre una efeméride no solo familiar: en 2025 se convirtió también en el primer niño nacido en Beget, en la Alta Garrotxa, en 16 años. Una muestra del punto de inflexión que ha vivido este pequeño y diseminado pueblo, aislado de Camprodon y Castellfollit de la Roca por una larga carretera estrecha y de curvas de 20 y 28 kilómetros, respectivamente.
Annabel y Guillermo son dos de las tres almas detrás de el obrador Ricolta de Beget, un horno que se ha convertido también en lugar de encuentro y un punto de partida para el repoblamiento del pueblo, que en siete años ha pasado de 19 a 27 habitantes. Ricolta es el nombre de la montaña que tienen justo encima de donde viven y que destila la voluntad del proyecto: hacer pan, pero también cultura y proyectos vinculados al territorio. "Es clave tener un vínculo donde estás, porque somos un pueblo aislado y para nosotros no tendría sentido ir a trabajar a Camprodon cada día", explica Annabel Botello Tarifa, encargada de la comunicación y el diseño de la cooperativa.
No son los únicos con este empuje. Desde la pandemia, en Beget han nacido tres negocios. En 2022 fue la apertura de un horno por primera vez en 60 años. En 2024, de Flora et Labora, un estudio de floricultura sostenible y diseño floral regentado por la pareja formada por Lorea Palacios e Imanol Salvador, que para el nombre se inspiraron en la regla de San Benito. Y en 2025, de la Botica Pirenaica Arthemis, un herbolario con Bea Andrés Molero al frente, que ha dejado de ser violonchelista profesional para vender plantas medicinales.
Los tres negocios tienen un denominador común: los integran un buen grupo de amigos. "Hacerlo de forma conjunta lo hace todo más fácil", dice Botello, y más desde que ha sido madre. "Ricolta es un referente –añade Palacios–. Cada negocio es muy diferente, pero nos ha ayudado a enfocarlo. No habríamos hecho el cambio si no estuvieran ellos. Sobre todo por el invierno, cuando el pueblo está vacío". A su vez, Bea expresa: "Ningún día me he sentido sola".
La cuarta integrante de la familia es Rosa Llorca Algado, natural de la sierra de Finestrat, en la comarca valenciana de la Marina Baja. Respondió a una llamada de Ricolta para hacer estancias de panadera en Beget. "Aluciné, me enamoré", explica, y ahora es miembro de la cooperativa. "Si no fuera por ellas no estaría aquí", dice. En su caso, es la única que ha dejado un pueblo para instalarse en otro. El resto viene de la ciudad, mayoritariamente de Barcelona. Y lo que encontraron en Beget fue un lugar donde reconectar con la naturaleza, pero sobre todo una red de amigos.
El barrio de Baix
Hemos quedado en el barrio de Baix, donde dicen que "pasan las cosas" en Beget. Conocido por la iglesia románica, las casas de piedra y el arroyo que lo cruza, se trata de uno de los pueblos más pintorescos de la Alta Garrotxa. Pero, como muchos otros, en los últimos años se había convertido en un escaparate, un lugar para visitar, marcharse y, como mucho, tener allí una segunda residencia. Para visitarlo, hay que dejar el coche arriba, en el aparcamiento al lado de la carretera que conecta con el resto del Ripollés por un lado, hacia Rocabruna y Camprodon; y hacia la Garrotxa por el otro, hasta Oix y Castellfollit de la Roca.
Para llegar al barrio de Baix, o Downtown, como lo llama con ironía este grupo de amigos, hay que cruzar todo el pueblo de bajada hasta un último puente enmarcado por un gran platanero rodeado de las enredaderas de los kiwis. Las plantas foráneas chocan con el mar de encinas y riscos graníticos característicos de la Alta Garrotxa. Pero han arraigado con fuerza y sobreviven cada año, llueva, nieve o haga un gran calor. Encarnan el espíritu de los vecinos que viven a ambos lados. En la primera casa vive Llorca; en la siguiente, Andrés, con el herbolario debajo y el piso arriba; dos más abajo, la familia de Botello; al otro lado del puente está el obrador Ricolta y, al lado, hasta hace dos años, el piso de Palacios y Salvador.
A pesar de venir de ciudad, en Beget se encontraron con una realidad que conocían de cerca: los problemas de vivienda. Pero, poco a poco, como recuerda Salvador, consiguieron ir "desbloqueando" casas para alquilar, también para amigos que vienen los fines de semana, que llevaban años cerradas. José Luis, más conocido como Osso, vive allí por temporadas y recuerda un pueblo muy diferente. "Este pueblo estaba muerto. Hace 50 años vivían aquí 80 personas, y todo ancianos", explica. Entonces la vida giraba alrededor del carbón de encina y el contrabando. Con la bombona de butano, la democracia y la entrada en Europa, aquel mundo se acabó. Las casas se fueron comprando y arreglando, pero muchas han continuado cerradas durante años. Hasta que han empezado a encontrar nuevos habitantes.
La dificultad de la vivienda
Ahora, el problema es encontrar un lugar asequible donde vivir. Palacios y Salvador tuvieron que marcharse de donde estaban y, al final, tuvieron suerte de poder alquilar una masía a las afueras, Can Batlle, donde han plantado en dos bancales las flores de temporada que utilizan para eventos y bodas. "Fue muy difícil encontrar una casa -explican-. Los precios están desorbitados y, a la vez, hace que sintamos que tenemos parte de culpa –reflexiona Botello–. El hecho de que nosotros demostráramos que se puede vivir aquí hace que suban".
Recuerdan bien la primera vez que pisaron el pueblo durante la pospandemia. En este caso, Botello y Palacios, con sus respectivas parejas. "Fue ultramágico", señalan. En el caso de Andrés, se encontró a Salvador trabajando en la iglesia, haciendo las visitas. Él la invitó a ir al barrio de Baix y a pensar en mudarse a Beget: "Hacía efecto llamada". En la mayoría de casos, han dejado un trabajo de ocho horas encerrados en un espacio por un trabajo al aire libre. "Es fuera donde pasan las cosas y donde quería estar", explica la nueva herbolaria del pueblo, que también está estudiando medicina china.
El problema de la electricidad
Pero, más allá de la vivienda, si hay un problema compartido es el del aislamiento y la electricidad. Llorca toma aire para enumerar los problemas con la distribución: "Nadie quiere llegar a Beget. Si no traen una tonelada de harina y la dejan en el párquing –que luego tenemos que llevar hasta el obrador a peso–, como mucho van hasta Camprodon o Rocabruna". A esto se suman los cortes de luz. Las líneas no están soterradas y durante este año ya han tenido dos de más de 24 horas, casi 48 horas, lo que hace perder todo lo que está refrigerado. "Caen cuatro gotas o hace un poco de viento y ya no tenemos luz".
La otra, pero que cada vez tienen más asumida después de haber engendrado al primer hijo de Beget en 16 años, es ser siempre el forastero. "Todo el mundo en Beget es de alguna manera forastero", reflexiona Botello, que agradece que, poco a poco, se entienda que su implicación en el pueblo no es flor de un día, sino que va para largo. Y más ahora que su hija en un futuro tendrá que hacer sola la larga carretera de curvas para ir a la escuela.
Es martes, el obrador está cerrado, pero Osso ha venido con su mujer a conversar junto al torrente, que lleva hasta la riera –que todavía sirve de alcantarillado del pueblo, ya que no hay depuradora–. Son de Masnou, se acaban de jubilar y planean vivir la mitad de la semana en Beget y hacer allí largas temporadas en los veranos. "Poco a poco va muriendo gente mayor y, gracias a Dios, ha venido esta gente", dice. Lo han hecho sin ninguna fórmula escrita, también sin tener referencias de otros repoblamientos, pero todos coinciden en que la única manera es hacerlo con los amigos.