Romper el silencio del trauma sexual infantil: "No lo decía por vergüenza, porque se sentía sucia"

La unidad especializada del Vall d'Hebron ha atendido a 304 víctimas en 2021, casi una por día, y la mayoría niñas

BarcelonaDe la noche a la mañana ya no tenía ganas de jugar con sus amigos, lloraba por cualquier cosa y las pocas noches que conseguía dormir, cuando se levantaba se había hecho pipí en la cama. Ya no era la niña de nueve años feliz y sociable de siempre, se volvió solitaria y vivía con mucha frustración. Estos cambios hacían sospechar a la madre, Ana (nombre ficticio), de que la niña no estaba bien, como si escondiera un secreto que no la dejaba vivir, pero no se podía imaginar que era porque una persona muy cercana a la familia había abusado de ella. "Ella misma me lo dijo cuando se lo pregunté y fue todavía más duro saber que se había callado por miedo, por vergüenza, porque decía que se sentía sucia”, relata. 

La unidad de atención a las violencias de la infancia y la adolescencia del Vall d'Hebron, bautizada como EMMA, ha atendido a 343 víctimas menores de edad, la mayoría (70%) niñas, desde que se puso en marcha en noviembre de 2020. Durante el primer año entero en funcionamiento, el 2021, han visitado, acompañado e iniciado el tratamiento de 304 niños, una cifra elevadísima que casi equivale a un caso atendido al día. Entre ellos está el de Ana y su hija. “El perfil de víctima que atendemos es una niña de 9 o 10 años que revela que ha sufrido violencia sexual o una adolescente que, pasados unos años, recuerda hechos pasados e identifica lo que ha vivido como violencia sexual”, describe la adjunta del servicio de pediatría y coordinadora de la unidad, Anna Fàbregas. 

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La violencia contra los niños tiene múltiples expresiones –física, emocional o por negligencia– pero la sexual es la más frecuente en la consulta del centro barcelonés, que es el de referencia en la ciudad, y atiende cuatro de cada cinco casos. Prácticamente todos los agresores (91%) son hombres: el 65% forman parte de su familia y en el 85% son personas conocidas, es decir, de entornos que se supone que tienen que ser de confianza y seguridad para los menores. “Aunque las cifras vayan al alza porque hacemos más diagnósticos y se visibilizan más casos, nosotros vemos una pequeña parte de los casos que realmente pasan. Los datos son solo la punta del iceberg. Hay muchos ocultos, todavía es un tema tabú”, lamenta Fàbregas. 

A pesar de que no hay estadísticas de violencia contra los niños, se estima que en Europa uno de cada cinco menores ha sido víctima de abusos o de una agresión sexual. A menudo presentan una mezcla de emociones como rabia, miedo, culpa y vergüenza. Algunos lo verbalizan enseguida, pero la mayoría sufren una situación de bloqueo que les imposibilita explicar los hechos, a menudo, durante años. Para que puedan romper el silencio, la pediatra remarca que es “importantísimo” que la persona que sospeche que puede estar ante un caso de violencia contra los niños lo aborde. Y si además es la primera persona a la que el niño o adolescente se dirige, que escuche su relato y le dé credibilidad. 

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Esta es una premisa que a menudo no se cumple porque falta sensibilización y formación en muchas capas de la sociedad, empezando por las familias, pero también entre los maestros, los monitores, los profesionales sanitarios y los agentes y jueces. “No es nuestra función dudar de la palabra de una víctima. Si en el momento en el que el menor se atreve a verbalizarlo no se le hace caso, se lo desacredita o se mira hacia otro lado, seguramente no volverá a sacar el tema y no podrá empezar un proceso de recuperación en el que se lo acompañe y se lo proteja adecuadamente, con las secuelas para su salud que esto supondría”, avisa Fàbregas. 

Casi un tercio de los niños o adolescentes que han sido víctimas de algún tipo de violencia sufre secuelas a medio y largo plazo. En muchos casos se manifiestan en forma de estrés postraumático con recuerdos intrusivos que no se pueden quitar de la cabeza, un estado emocional negativo persistente y un estado de hiperalerta, o dificultades para dormir y pesadillas. Algunos también tienen conductas autolesivas o, incluso, piensan en el suicidio. 

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El rol de la familia

Cuando la víctima llega a la consulta se visita con la pediatra, la psicóloga clínica y la trabajadora social sanitaria, y si ha habido violencia sexual también participa una ginecóloga. Lo más importante es trabajar un vínculo de seguridad y confianza para que el trauma no se enquiste y no haya secuelas. “Valoramos cómo se encuentra psicológicamente, si presenta secuelas de la situación vivida y si requiere un tratamiento psicológico especializado”, explica la psicóloga clínica Mireia Forner. Con los más pequeños se trabaja muy a través del juego simbólico, del dibujo y de los cuentos, y se abordan aspectos relacionados con el buen trato y la educación afectivosexual, como por ejemplo cuáles son las partes íntimas del cuerpo, o cuáles son los secretos buenos y cuáles no lo son, puesto que el uso de los secretos es una estrategia habitual de manipulación de los agresores.

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En esta intervención psicosocial, que va de las 10 a las 30 sesiones, el rol de las familias cuidadoras es fundamental, y normalmente los pacientes llegan porque la madre pide ayuda. “La familia cuidadora tiene que acompañar en la recuperación, no solo para que el niño supere la experiencia traumática y se cure, sino porque la violencia es un tsunami que impacta en toda la familia, que conlleva diferentes grados de afectación emocional, económica, de organización y cuidado de los hijos, también de ruptura de vínculos familiares con el agresor. Qué decir, qué preguntar, cómo hacerlo. Todo esto se tiene que ir trabajando de forma conjunta”, explica Giuliana Ríos, trabajadora social de la unidad. 

Cuando Ana supo que su hija había sufrido abusos recurrió a un hospital y fue derivada a EMMA, donde ha estado haciendo sesiones durante trece meses. “No fue fácil explicarlo, pero nos ayudaron a poner fin a la culpabilidad, porque el abuso dañó a mi hija y toda la familia. Yo me decía a mí misma que era culpa mía y que había fallado a la hora de cuidarla”, relata. Ahora, dice, la niña se recupera y vuelve a jugar con sus amigos como una “niña normal”. “Hemos pasado de la oscuridad a la esperanza”, afirma Ana. 

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Cada víctima necesita un tiempo para recuperarse y hay historias muy complejas -la paciente más pequeña atendida en EMMA tenía tres años-, pero la gran mayoría de las víctimas se recuperan. Ahora bien, la pediatra alerta de que cuando un niño sufre experiencias adversas importantes de muy pequeño, puede sufrir cambios estructurales y funcionales del cerebro (que está todavía en desarrollo) y presentar problemas lingüísticos, cognitivos y socioemocionales.

EMMA es la puerta de entrada de los casos de violencia contra los niños que tienen lugar en la ciudad de Barcelona. El equipo trabaja coordinadamente con las conselleries de Salud, Derechos Sociales –a través de la Dirección General de Atención a la Infancia y a la Adolescencia (DGAIA)–, Interior, Justicia y Educación. Los pacientes llegan a la unidad EMMA derivados desde la atención primaria, las urgencias hospitalarias, las escuelas o el ocio, los servicios sociales o los Mossos d'Esquadra. Además de atender a pacientes en la consulta, una parte de la tarea es el asesoramiento a profesionales de diferentes ámbitos y dispositivos en el abordaje de casos complejos. 

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Reconocer la violencia contra los niños

Los menores víctimas de violencia sexual llegan a la consulta porque lo verbalizan espontáneamente o porque recuerdan hechos pasados e identifican lo que han vivido como agresiones. También puede ser que el entorno (familiar, educativo o social) se haya dado cuenta de que tienen conductas o conocimientos sexuales inapropiados para su edad, porque han sufrido cambios en su conducta (aislamiento, agresividad o consumo de tóxicos para evadirse), presentan signos de ansiedad, depresión o baja autoestima o sufren infecciones de transmisión sexual. 

También existe la violencia por negligencia, como por ejemplo la mala alimentación, la dejadez en la higiene o la negativa a llevarlos a las revisiones pediátricas. Los niños pueden ser maltratados emocionalmente, ser utilizados para hacer daño a la madre en un contexto de violencia machista o ser agredidos físicamente por sus cuidadores. Esta es la violencia más visible: moratones, traumatismos y fracturas (cuando son bebés a menudo por las sacudidas), quemaduras, cortes, mordiscos o convulsiones que no se explican o acompañadas de historias clínicas inverosímiles o contradictorias.