1 de Octubre: ¿ni olvido de qué, ni perdón de quién?
Nueve años después, la parte del olvido continúa igual (no hemos olvidado la represión), pero hay quien no perdona a Puigdemont ni a Junqueras
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Podemos ha anunciado esta mañana que mañana votará a favor de los dos decretos de vivienda, en la línea de lo que había pedido el Sindicato de Inquilinas. Con el sí de Podemos, queda por saber qué votarán Junts y el PNV.
Los detalles de los decretos contienen novedades como que los propietarios tendrán que indemnizar a los inquilinos con un mínimo de doce mensualidades si no les renuevan el contrato.
En este momento el debate es político (¿quién votará qué?), jurídico (¿los decretos abocan a la inseguridad jurídica?), económico (¿se hundirá el mercado de alquiler?) y social (¿qué efectos reales tendrá?).
Mientras tanto, hoy es 1 de octubre y hace nueve años del referéndum.
Y precisamente hoy termina el juicio a los policías nacionales que dejaron tuerto a Roger Español, los únicos que han ido a juicio por las cargas, patadas y porrazos de aquel día, porque el resto han sido amnistiados. Nueve años después, el presidente Puigdemont continúa en el exilio, aunque parece que por poco tiempo más. Precisamente ayer un abogado próximo al presidente me decía que estaban decidiendo la estrategia del regreso, porque una cosa es que el Tribunal Constitucional la declare legal a todos los efectos -cosa que pasará el próximo martes (hoy, el presidente del TC, Conde-Pumpido, ha dicho que serán claros en su sentencia para que el Supremo no tenga más remedio que archivar la causa)- y otra el tiempo que tarde el Tribunal Supremo en archivar la causa y el juez Llarena en levantar la orden de detención.
El 1 de Octubre está lo suficientemente reciente como para que sea un recuerdo que todavía condiciona el presente. Durante mucho tiempo eso de "1 de Octubre" venía seguido de "ni olvido ni perdón", ni perdón al Estado. Nueve años después, la parte del olvido continúa igual (no hemos olvidado), pero la parte del perdón ya no se refiere solo al Estado. Hay quien no perdona a Puigdemont ni a Junqueras, por más exilio y prisión que hayan pasado, como principales responsables de no haber llegado hasta el final, o por no tener nada más preparado más allá del 1 de Octubre. Ni perdona a Esquerra, Junts y la CUP, y a la ANC y Òmnium, por sus inacabables divisiones que hicieron aborrecerlo todo. En estos nueve años, entre los más de dos millones de personas que fueron a votar hay muchos que han ido bajando en alguna estación del recorrido y que, sin dejar de ser independentistas, o lo han dejado para la próxima generación o han abrazado la intención de voto de Aliança Catalana. Así, el 1 de Octubre es hoy un día de orgullo pero también el comienzo de una oportunidad perdida. Otra. Y eso solo genera resentimientos y divisiones, porque siempre hay alguno más puro.
En términos biográficos puede que sea así. En términos históricos, si hacemos una abstracción que el presentismo impide, que tres siglos después de 1714, y con todos los ataques que ha vivido este país, a menudo indefenso, más de dos millones de catalanes quisieran decidir su futuro y se afirmaran en clave de independencia es extraordinario. Escribe hoy Salvador Cardús que la misma irreverencia que nos ha salvado defensiva y subversivamente a lo largo de los siglos, fue un lastre a la hora de la emancipación, y dice que “en una estrategia para volverlo a hacer, además de prever mejor la brutalidad del adversario y las propias cobardías, sobre todo habría que preparar mejor a la nación para pasar de la irreverencia resistente a una disposición cultural audaz, irreductible y sobre todo constructiva, capaz de asumir los inconvenientes y los costes institucionalizadores propios del ejercicio del poder”. Porque hoy está claro que el Estado se creyó tan amenazado de secesión que habría estado dispuesto a matar, pero aquí nadie, o muy pocos, estaban dispuestos a morir.
Buenos días.