¿Normalización? La de Canadá y Alberta

La amnistía buscaba la normalización, pero en 50 años de democracia no se ha fabricado ningún tipo de voluntad política de ser normales en las cuestiones nacionales

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Miniatura columnita
21/10/2026 - 11:25 h

Los que fueron presos políticos ya están amnistiados. Esta mañana, el consejero Lluís Puig ha tuiteado:

“Ha llegado el momento, hoy voy a los Cantos de Libertad de Terrassa, la tierrita donde nací y viví hasta hace 9 años. Y mañana hacia el Parlamento, de donde me fui el 27 de octubre de 2017.” Pues bienvenido, consejero. Y esperemos que no tenga ningún problema, a la vista de que la causa todavía no está archivada.

En cambio, ayer fue un día de celebración sin reservas para Oriol Junqueras, Jordi Turull, Dolors Bassa y Raül Romeva, que podrán volver a ser elegibles o trabajar en la universidad pública, después de que el Supremo les haya amnistiado. Mañana, el consejero Toni Comín irá a Madrid a prometer la Constitución para poder tomar posesión de su escaño como eurodiputado, y quedará el plato fuerte, el regreso de Carles Puigdemont, que él mismo ha previsto una vez la causa esté archivada y hayan pasado las elecciones del 29 de noviembre.

Ayer, en otro tuit, Puigdemont decía que “arrastrando los pies, tarde y refunfuñando, pero el Supremo no ha tenido más remedio que firmar la capitulación”. Y es una descripción bastante precisa del auto que firmó ayer el juez del Tribunal Supremo Manuel Marchena, que atacó al Tribunal Constitucional por haber validado la amnistía. Marchena habló de “epítetos sobrantes” y “consideraciones manifiestamente prescindibles y absolutamente innecesarias”. En concreto, hablando del escrito del Constitucional firmado por el magistrado Conde Pumpido dijo que:

“La innecesaria grandilocuencia de los vocablos revela el deseo de adornar un razonamiento invasivo del ámbito jurisdiccional que corresponde al Tribunal Supremo con expresiones llamadas a camuflar la intensidad de la injerencia”. ¿De qué se quejaba? Pues del hecho de que el TC recriminara al Supremo que hubiera hecho una “interpretación extensiva e impredecible” de la amnistía.

Lo de ayer fue un choque enorme entre Constitucional y Supremo. Dice Marchena que el Constitucional “ha ampliado hasta límites inéditos en su propia historia” sus atribuciones y recuerda que hubo cinco magistrados conservadores del Constitucional que emitieron un voto particular discrepante. En resumen: el juguete de Marchena le ha durado siete años. Su sentencia a los presos políticos fue emitida en octubre de 2019. Aquel “¡a por ellos!” se ha acabado. Se ha acabado con el Estado olvidando los hechos; a los encausados les borrarán los antecedentes penales y, si España fuera de otra manera, con una advertencia al Estado de que no había delito, al menos no el que finalmente cargó, de manera que en el futuro el estado español no debería poder actuar igual en circunstancias similares.

Pero todo el mundo sabe que esto no será así, que es muy bonito decir que hoy vuelve a la política lo que nunca debería haber salido de ella. ¿Cómo se hace? ¿Cómo se hace para que el Estado no dedique a sus espías, su policía, sus embajadores, su jefe de Estado y sus jueces a perseguir un referéndum? ¿Cómo se hace para ser como Canadá, donde la provincia de Alberta acaba de ser preguntada sobre si quería empezar el proceso hacia la independencia (y ha dicho que no). La amnistía buscaba la normalización institucional, política y social en Cataluña, pero el problema es que en 50 años de democracia no se ha fabricado ningún tipo de voluntad política de ser normales en las cuestiones nacionales. A las pruebas me remito: Tenemos amnistía por una carambola. Porque Sánchez necesitó los votos de los independentistas. No. La normalidad de Alberta nos pilla a un océano de distancia.

Buenos días.

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