La hora de los adiosesTermina otro curso escolar. Un año más en el que el profesorado hemos trabajado en aulas llenas, pero también en las calles, reivindicando una educación de calidad.
Sin embargo, cuando suena el último timbre y los pasillos quedan vacíos, se abre paso la nostalgia. Es cierto que esperamos el descanso, porque es bien merecido, pero también nos cuesta despedirnos. Durante el curso nos hemos implicado en la educación del alumnado, pero también en sus vidas. Hemos celebrado sus éxitos y compartido sus dificultades.
Y un día, simplemente, alzan el vuelo. Entonces recordamos que educar también es aprender a decir adiós.
Porque sí, cuando se van, queda un pequeño vacío, un “ay” en el corazón. Y, aunque vayan pasando los años, nos pasará siempre lo mismo: se van… y nosotros los seguimos recordando y hablando de ellos, porque los docentes somos unos nostálgicos reincidentes.
Sara Galiana SteinbrüggenBarcelonaEl calvario diario del X30Cada mañana para ir a trabajar tengo que coger el autobús X30, y cada día se convierte en una lotería. Hablamos de una línea que pasa cada media hora (si es que no va con retraso, cosa que pasa a menudo) y que en plena hora punta utiliza un vehículo simple, en lugar de uno articulado doble. ¿El resultado? Un espacio angustioso donde viajamos hombro con hombro, literalmente en vilo, hasta el punto de que más de una vez he llegado a mi destino mareada por la acumulación de gente y el calor.
La situación es tan insostenible que el conductor a menudo tiene que pasar de largo de las paradas porque no cabe ni un alma. La cara de impotencia de la gente que se queda en tierra sabiendo que llegará tarde al trabajo o a la universidad es indignante.
Nos ponen todas las trabas posibles para usar el coche, nos suben las tarifas y nos venden el transporte público como la alternativa ideal. Es una vergüenza que, con todo lo que pagamos, tengamos que viajar como mercancías. Si quieren que dejemos el vehículo privado, empiecen por ofrecer un servicio digno. No podemos pedir una movilidad sostenible a costa de la salud y la dignidad de los trabajadores.
Ariadna VergésEsplugues de LlobregatEl balconcito del señor de 90 añosCada mañana, a las nueve en punto, observo el mismo escenario desde el pequeño salita de mi cuarto piso, que da a un patio interior de pisos típico barcelonés. Un hombre de unos 90 años, con pelo blanco, pantalones de vestir de otra época y camisa de rayas, sube la persiana de su dormitorio. Es de aquellas persianas antiguas, que se suben haciendo fuerza y hacen un ruido que podría despertar medio barrio. Él la sube sin prisa, hace algunas pausas, incluso para coger fuerza, y entonces, cuando la persiana ya casi llega al techo, para, para evitar el ruido sordo final. Es entonces cuando da un paso corto pero decidido para salir hacia el balconcito de su dormitorio. Una vez fuera, aunque haga un cielo azul sin ningún riesgo, lo mira con misterio, como si intentara adivinar el tiempo de toda una semana y hacer de Tomàs Molina. Se queda parado, murmura algo; yo diría que algo bonito, porque siempre sonríe mirando al cielo. Después de unos minutos y de confirmar que hace sol, entra con nerviosismo en su dormitorio y lo pierdo de vista. Al cabo de unos minutos vuelve con una tacita de café, se sienta en una silla de madera, enfocado hacia el sol, y siento como si regalara su cuerpo a la vida. Su cara se relaja, cierra los ojos y sus arrugas sonríen; su carita va cogiendo calor, y su tacita de café siempre queda colgando de la mano derecha.
Aunque él no lo sabe, este ritual diario me regala paz y reflexión; el placer y la felicidad están en las pequeñas cosas, me digo cada mañana. ¿Qué sería de nosotros si las apreciáramos más? ¿Y si observáramos más lo que nos rodea?
Carlota Balasch VaquésBarcelona