Los prejuicios en medicina siguen condicionando la salud de las mujeres
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Hace más de dos mil años, la medicina griega atribuía algunos de los males de las mujeres a un útero que se desplazaba por el cuerpo como si fuera un animal inquieto y travieso. Se creía que podía provocar ahogos, convulsiones, dolores o desmayos según el lugar donde se desplazara. Incluso se recomendaba utilizar olores agradables o desagradables para hacerlo volver a su sitio. Con los siglos, la histeria, palabra derivada del griego hystéra (útero), se convirtió en una etiqueta que agrupaba manifestaciones muy diversas, interpretadas a menudo a partir de los estereotipos y prejuicios de género de cada época. Cuando la medicina no sabía explicar qué les pasaba a las mujeres, parecía que la respuesta siempre se encontraba en el hecho de ser mujeres.
Hoy sabemos que el útero no viaja y la histeria ya no es un diagnóstico. Pero los avances científicos no borran automáticamente los prejuicios. Cuando una mujer consulta por cansancio extremo, dolor persistente u otros síntomas que todavía no sabemos explicar, ¿somos lo suficientemente conscientes del riesgo de atribuirlos prematuramente a un problema de salud mental?
Un estudio publicado este octubre en eClinicalMedicine recoge las experiencias de 6.607 personas con enfermedades autoinmunitarias. El 43,3% de las mujeres referían que sus síntomas se habían atribuido a causas psiquiátricas antes del diagnóstico, frente al 32,7% de los hombres. En cuanto a las causas psicosomáticas, los porcentajes eran del 33,9% y el 21,5%, respectivamente. Las mujeres también explicaban un mayor retraso diagnóstico.
Son relatos, no errores verificados en las historias clínicas. Las enfermedades autoinmunitarias pueden empezar con síntomas inespecíficos y el estudio no demuestra que toda la diferencia sea causada por el sexismo. Pero obliga a preguntarnos si ante la incertidumbre escuchamos e investigamos igual los síntomas de mujeres y hombres.
Las consecuencias van más allá del retraso diagnóstico. Otro estudio publicado en Rheumatology en 2025 halló que las personas que referían estas atribuciones erróneas tendían más a ocultar síntomas y a evitar la atención médica, por miedo a no ser creídas. ¿Cuántas mujeres dejan de consultar por vergüenza, después de una mirada incrédula, un comentario displicente o la sensación de que exageran?
Como psiquiatra, defiendo que los trastornos mentales y los funcionales se diagnostiquen y se traten con rigor. Pero la psiquiatría no puede ser el destino por defecto de aquello que la medicina todavía no sabe explicar.
La historia de la histeria nos recuerda hasta qué punto los prejuicios pueden condicionar la manera de interpretar los síntomas de las mujeres. Incorporar la perspectiva de sexo y género es una exigencia de buena medicina. No es una concesión ideológica, es rigor científico y justicia epistémica.