Por qué la ciencia necesita más que nunca las humanidades
Los avances tecnológicos hechos de espaldas a la ética nos condenan al abismo
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Es el día 7 de mayo de 1959, y un hombre alto y corpulento, con poco pelo en la cabeza, entra decidido a la Casa del Senado, un edificio neoclásico del siglo XVIII. Se trata de Charles Percy Snow, químico, novelista de éxito y asesor del gobierno británico, recientemente nombrado barón de Leicester por la reina por sus servicios a la patria. Se dispone a dar la Rede Lecture, una prestigiosa conferencia que se celebra cada año en la Universidad de Cambridge, en el Reino Unido. No lo sabe todavía, pero está a punto de crear un revuelo considerable que despertará las iras de mucha gente poderosa y generará un debate público que durará años.
El pecado de Snow fue constatar un hecho obvio en su conferencia (después publicada en el famoso libro Las dos culturas): que la separación entre ciencias y humanidades era absurda y superficial, y nos hacía más mal que bien. Snow recordaba que en el alba de nuestra civilización, los grandes sabios que habían puesto las primeras piedras del conocimiento eran a la vez filósofos y científicos, y que la distinción entre ciencias y letras, tan incrustada en el sistema educativo europeo, no se había instaurado definitivamente hasta el siglo XX. Proponía que no tenía ningún sentido contraponer disciplinas que eran, de hecho, dos caras de la misma moneda: la cultura humana. Más bien se trataba de hacerlas trabajar juntas. Este baño de realidad no cuajó muy bien entre los que vivían del statu quo, de ahí la agria polémica que se generó.
Han pasado casi setenta años, y no parece que hayamos avanzado mucho. Incluso se podría decir que la brecha es cada vez más insalvable.Perdemos horas de ciencia durante la educación secundaria, y esto es dramático, pero la vía de agua en las humanidades es todavía mayor. Y una vez llegados a la universidad, las asignaturas de humanidades son anecdóticas en las carreras científicas (y las de ciencias en las humanidades, simplemente inexistentes). Es un problema transversal en todo el mundo, en medio de una tendencia global a considerar las humanidades innecesarias. Hay honrosas excepciones, como la ShanghaiTech University, que, a pesar de ser un centro tecnológico, cuenta con un instituto de humanidades desde que se fundó, que interacciona con su homólogo científico de igual a igual.
¿Alguien puede ser un buen científico sin antes ser una buena persona, sin haber leído a los clásicos, sin conocer las principales corrientes filosóficas, sin entender lo necesario que es el arte, sin haber desarrollado herramientas como la creatividad y la capacidad de juicio crítico y ético? Muchos piensan que sí. Pero la ciencia no existe en el vacío: es parte de nuestra cultura. Ya lo dijo Bertrand Russell: la ciencia es lo que sabemos, la filosofía lo que no. Es decir, la ciencia nos proporciona respuestas, pero la filosofía es la que hace las preguntas, da sentido al conocimiento y resuelve las dudas éticas. Una no puede existir en ausencia de la otra, o nos encontraremos en una carrera tecnológica hacia un destino incierto y sin entender sus implicaciones. Y eso es exactamente lo que ocurre ahora.
Una ciencia desprovista de un ancla humanística acaba generando monstruos como los tecnobros que se están apoderando del planeta, personajes que, con la excusa de no poner barreras al progreso, han lanzado la ética por la ventana. Esto ha entregado la tecnología a las garras del capitalismo salvaje, y juntos han formado una peligrosa simbiosis basada simplemente en la capacidad de producir dinero. Mientras las cuentas corrientes se sigan engordando, los populistas que gobiernan las grandes potencias permitirán que la ciencia trabaje alejada del humanismo.
Se ha dicho muchas veces: los avances científicos no son, por sí mismos, ni buenos ni malos; todo depende de cómo se utilizan. Esta máxima implica una cierta regulación para protegernos de los malos usos de las nuevas tecnologías. En otras ocasiones, han sido los mismos científicos los que se han autoimpuesto moratorias cuando la sociedad todavía no había tenido tiempo de legislar en un área nueva que implicaba un cierto peligro. La más conocida, quizás, es la que surgió de la conferencia de Asilomar en el año 1975, organizada por el futuro premio Nobel Paul Berg, entre otras luminarias, para valorar cómo se debía utilizar el reciente descubrimiento tecnológico del ADN recombinante, que permitía por primera vez editar el genoma.
¿Qué pasa ahora, en cambio? Los principales jefes de las compañías de IA alertan de que los peligros son reales y piden legislación que las limite, pero la diferencia es que, a pesar de los riesgos evidentes, nadie quiere ser el primero en quitar el pie del acelerador. En este juego de la gallina saldremos perdiendo la humanidad entera. Y todo porque algún día se decidió que ciencia y humanidades deben ignorarse en lugar de trabajar brazo a brazo. El think tank británico Chatham House cree que es posible que necesitemos un equivalente a Hiroshima (una catástrofe tan devastadora como una explosión atómica causada por la IA) para darnos cuenta de una vez de que la tecnología no se puede dejar sin supervisión. Ojalá lo entendamos antes.