Robert Proctor: "La industria tabaquera ha financiado con cientos de millones de dólares al menos 25 premios Nobel"
Catedrático e historiador de la ciencia en la Universidad Stanford (EE. UU.)
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Su historia podría convertirse perfectamente en una película. En los años setenta, cuando Robert Proctor (Texas, 1954) indagaba el motivo por el cual enfermamos de cáncer –en un momento en el que había un debate intenso sobre el papel que tenían el tabaco, los pesticidas y otros contaminantes–, se adentró en los archivos secretos de las grandes tabaqueras y descubrió un hecho escalofriante: durante décadas, habían manipulado la ciencia para sembrar dudas sobre los efectos mortales de sus productos.
Proctor, catedrático de la Universidad Stanford (EE. UU.), fue el primer historiador en declarar contra la industria del tabaco y ayudó a condenar a grandes tabaqueras, como Philip Morris, fabricante de Marlboro, en numerosos litigios en los Estados Unidos. Acuñó el término agnotología, que define la fabricación deliberada de la ignorancia. Además, también ha investigado las estrategias de las empresas de los sectores de los combustibles fósiles, de los productos químicos y de la alimentación para generar desinformación, ya sea desacreditando pruebas científicas o retrasando medidas que amenazan sus intereses. Proctor ha participado esta semana en un seminario organizado por la Institución Milà i Fontanals de Investigación en Humanidades del CSIC, en Barcelona.
Afirma que la industria del tabaco ha pagado masivamente investigación científica.
— He documentado que la industria tabaquera ha financiado con cientos de millones de dólares al menos a 25 premios Nobel. Stanley Prusiner, galardonado en 1997 por el descubrimiento de los priones, que causan, entre otras, la enfermedad de las vacas locas, recibió financiación de R. J. Reynolds, fabricante de los cigarrillos Camel, por ejemplo.
¿Qué sacaba la industria?
— Invertir en investigación sobre virología y genética les permitía defender que el cáncer no lo causaban los cigarrillos, sino los virus, los genes. Durante décadas, consiguieron desplazar las prioridades de la investigación y también la atención de las causas ambientales hacia factores internos: infecciones, genética y decisiones personales. Las estrategias que han seguido consisten en individualizar la enfermedad e invisibilizar el papel de las tabaqueras, porque para esta industria es mucho más conveniente hablar de mutaciones y de sus efectos que de las decisiones tomadas en las salas de juntas, que es donde realmente se decide fabricar cigarrillos peligrosos, con efectos muy graves. Y esto es lo que la mayoría de gente no entiende: estas grandes corporaciones engañan y desvían la atención, a menudo financiando la investigación científica y personalizando la responsabilidad. "Si enfermas es culpa tuya, de tus genes".
¿Ve paralelismos con la industria del azúcar?
— La relación entre el tabaco y el azúcar es fascinante y compleja. A finales del siglo XIX se había producido una revolución de los placeres envasados: habían aparecido los productos industriales elaborados con azúcar, desde barritas de chocolate hasta refrescos, helados, y con todo ello, la primera epidemia de obesidad. Y los fabricantes de cigarrillos respondieron anunciando que fumar ayudaba a adelgazar. La publicidad se dirigía a las mujeres diciendo: "Coge un Lucky en lugar de un dulce".
¿Y qué pasó?
— Que el azúcar y el tabaco se aliaron. Todavía hoy, los sindicatos que representan a los trabajadores del tabaco en los Estados Unidos se llaman sindicatos de los trabajadores de la confitería y del tabaco, y, de hecho, los cigarrillos se venden al lado de los caramelos o las chucherías. El azúcar es una de las razones principales por las cuales los cigarrillos provocan cáncer.
¿Cómo?
— El cigarrillo moderno contiene un 25% de su peso en azúcar. Antes de su aparición, prácticamente no había casos de cáncer de pulmón. De hecho, he demostrado con mi investigación que la incidencia de la enfermedad aumentó de manera constante y muy rápidamente a partir de la invención de este cigarrillo azucarado. Antes, la gente no se tragaba el humo y lo dejaba en las mejillas, porque era demasiado áspero, demasiado alcalino. La nicotina se absorbía a través de las mejillas y llegaba a la sangre. La incorporación del azúcar a los cigarrillos hizo que, por primera vez en la historia, el humo del tabaco fuera inhalable.
¿Por qué los científicos aceptan que estas industrias financien su investigación?
— El estadístico R. A. Fisher, a quien debemos las bases de la ciencia estadística moderna, cobraba de la industria tabacalera y defendía que el cáncer provocaba un picor en los pulmones que empujaba a los enfermos a fumar para calmarlo. Esta “hipótesis del picor pulmonar” aparece más de 400 veces en los archivos secretos de la industria tabacalera. Honestamente, creo que no todos los científicos saben la verdad. Algunos seguramente priorizaban la libertad que la financiación les daba para realizar investigación; otros aceptaban dinero para poder continuar investigando, porque, al final, las grandes corporaciones financiaban lo que interesaba a los científicos, ya fueran priones, genética o los posibles efectos del tabaco sobre el estrés.
Nixon declaró la guerra al cáncer, en 1971, con el impulso de una ley para investigar en profundidad las causas de la enfermedad. Sin embargo, el tabaco no estaba en el foco de este programa.
— La industria tabacalera había logrado que la evidencia científica de que los cigarrillos provocan cáncer se convirtiera en una simple opinión política. Parte de su éxito –como el de las industrias del petróleo y del azúcar– consiste en desplazar la responsabilidad del producto. Es su estrategia: en lugar de negarlo todo, distrae y desorienta; aparta la mirada de la verdad. La maquinaria más importante y diabólica de estas grandes conspiraciones –y hablamos de conspiraciones acreditadas judicialmente, no de teorías conspirativas– consiste en modificar a gran escala la misma arquitectura de la práctica científica.
¿Por qué continuamos fumando, a pesar de las pruebas de que fumar es peligroso?
— La industria dice que todo el mundo sabe ya que fumar es peligroso. Pero, ¿realmente todo el mundo sabe que los cigarrillos contienen polonio radiactivo? ¿Que uno de los ingredientes del tabaco es el castóreo, una secreción de la glándula anal del castor siberiano? Que se fuman 6.000 millones cada año, a un ritmo de 15 kilómetros por segundo? ¿Que se consumen más deprisa que la velocidad a la que los satélites orbitan alrededor de la Tierra? ¿Que fumar es la principal causa de muerte evitable en España? ¿Que cada año mueren 50.000 españoles por culpa del tabaco y que unas 5.000 muertes más son causadas por respirar el humo de los demás? Hace un momento estaba en una terraza en una cafetería, aquí en Barcelona, y estábamos completamente saturados de humo. No habría sido nada desproporcionado que me hubiera acercado a los fumadores y les hubiera orinado encima de la mesa. ¿Por qué tendría que ser ofensivo? Sería mucho menos peligroso que el hecho de que nos lanzaran encima las 6.000 sustancias tóxicas que contiene el humo del tabaco: cianuro, amoníaco, nicotina, formaldehído, arsénico, plomo y metales pesados como el cadmio.
Todo el mundo conoce a alguien que ha llegado a los noventa años fumando.
— Son anécdotas, historias de los supervivientes. De media, cada cigarrillo te quita diez minutos de vida: no es solo un riesgo, es un daño. Fumar es la principal causa evitable de muerte. Y eso que hubiéramos podido deshacernos de los cigarrillos en 1953, cuando ya había pruebas epidemiológicas, experimentos con animales, datos de patología clínica y pruebas químicas que demostraban que provocaban muertes masivas.
Ha escudriñado los archivos de la industria del tabaco. ¿Cuál es el documento o la prueba más importante que ha encontrado?
— Uno de los documentos más importantes es la propuesta Roper, de 1972, en la que el Tobacco Institute analiza por qué su estrategia ha tenido éxito en los litigios, la legislación y la opinión pública. Para empezar, convenció a los tribunales de que el vínculo entre los cigarrillos y el cáncer era solo una hipótesis y consiguió bloquear su regulación. En los Estados Unidos, la Administración de Alimentos y Fármacos (FDA, por sus siglas en inglés) no empezó a regular los productos del tabaco hasta 2010. La industria jugaba a crear confusión: si los envases de leche, la cera o la contaminación eran perjudiciales, ¿quién podía afirmar con certeza que los cigarrillos hacían daño? Instrumentalizaba la complejidad para sembrar dudas y mantener viva la esperanza de que a uno mismo no le pasaría nada. También negaba la adicción argumentando que, si se quería, se podía dejar de fumar.
Los datos señalan que muchos comienzan a fumar a los 12, 13 o 14 años.
— Es una epidemia pediátrica. Cuando preguntas a los jóvenes si continuarán fumando de aquí a cinco años, muchos aseguran que no, pero la mayoría lo seguirá haciendo. Los estudios apuntan que el 90% de los fumadores querrían no haber empezado nunca. El tabaco es un producto que mata aproximadamente a la mitad de los consumidores. Un documento interno de Imperial Tobacco en Canadá, de los años ochenta, aseguraba que fumar se parece más a ser alcohólico que a beber. Los cigarrillos no son una droga recreativa: se consumen por necesidad. Hay que entender la magnitud de la adicción.
¿Ve paralelismos con los alimentos ultraprocesados?
— En los años ochenta y noventa, Philip Morris era el principal productor mundial de alimentos. Aplicó en ellos técnicas aprendidas con el tabaco –sobre dopamina, adicción, colores, publicidad y marketing– para vender productos que activan los circuitos de recompensa del cerebro y nos hacen desear combinaciones calculadas de azúcar, grasa y sal.
¿Y con el cambio climático y la industria de los combustibles fósiles?
— Utilizan las mismas técnicas: negación, distracción, retraso y engaño. En Mercaderes de la duda, Naomi Oreskes y Erik M. Conway explican que algunos negacionistas del tabaco también han negado los efectos del cambio climático. Probablemente, la mayor consecuencia de la industria del tabaco ha sido crear los instrumentos del engaño y de la fabricación de la ignorancia que ahora permiten continuar produciendo y quemando carbono.
Trump es un gran defensor de la industria de los combustibles fósiles.
— Las industrias del petróleo, del carbón y del tabaco tuvieron un papel importante en el ascenso de Trump. R. J. Reynolds y la industria petrolera aportaron dinero a su campaña. También fue decisivo el cristianismo evangélico, que funciona como un sistema de producción de creencias y de ignorancia. Las petroleras ya no niegan tanto el calentamiento global, en parte porque Trump hace tan bien el trabajo a favor de sus intereses que ya no les hace falta hacerlo.
Ha impulsado Indra, una herramienta que utiliza inteligencia artificial y ofrece acceso a miles de documentos de archivos secretos desclasificados de la industria tabacalera, química, farmacéutica, armamentística, de alimentación, de los combustibles fósiles. ¿Cómo funciona?
— Indra, como el dios hindú del rayo y de las aguas, quiere reducir la asimetría en el acceso a la información. Queremos combatir la asimetría de poder que tienen estas grandes corporaciones en lo que respecta al dominio de las pruebas y la información. Esta nueva herramienta permite a todo el mundo que lo desee realizar búsquedas en los más de 150 millones de páginas de documentos que tenemos y que antes eran secretos, procedentes de la industria del tabaco y de las grandes empresas del carbono, como ExxonMobil, Shell y TotalEnergies, entre otras.