Mariona Masgrau, Karo Kunde i Christian Arenas 

Abrimos ventanas incómodas

GeronaEn un momento en que los conflictos armados son noticia, hay que recordar que los niños también son conscientes de ello y se interesan por lo que ocurre en Gaza, Ucrania o en otros lugares, y todo lo que se deriva: la violencia y la muerte, el hambre y la pobreza, el poder y la vulnerabilidad, las cotidianidades truncadas y el miedo. Podemos esquivar estos temas o bien podemos buscar formas sensibles de abordarlos, y la literatura puede ser uno de esos caminos. Éste fue el punto de partida del X Simposio Edición-Educación, celebrado el 28 de octubre en la Facultad de Educación y Psicología de la Universidad de Girona, con la participación de Pablo Larraguibel, editor de Ekaré, y Blanca Andelic, técnica del Consorcio de Bienestar Social del Pla de l'Estany-Banyoles.

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Larraguibel destacaba que los libros deben suscitar el placer de leer, pero también son ventanas a otros mundos y espejos que nos permiten vernos y entender a nuestra sociedad. Ésta es la razón de ser de la editorial Ekaré, la cual da voz a diferentes culturas, paisajes, colores de piel y situaciones políticas a través del álbum ilustrado. Sin embargo, a menudo son los adultos quienes cierran estas ventanas porque no saben cómo abordar temas como la guerra o la migración. Pero no todo tiene respuestas simples ya veces es necesario hablar de los temas con honestidad, sin saber adónde nos llevará la conversación. Historias crudas como De noche en el calle, de Ángela Lago (Ekaré, 2014) pueden ser catárticas. De hecho, un libro no siempre debe vehicular la esperanza de un mundo mejor, sino que puede generar indignación, ser un revulsivo para idear soluciones.

Aulas diversas

Andelic se planteaba qué sería de nosotros si no se hubiesen documentado los horrores de la historia y defendía que la humanidad siempre ha sido un flujo constante de poblaciones. Defendía también que Catalunya y sus aulas son y seguirán siendo diversas. Todo el mundo tiene alguna vivencia de migración a la familia, entonces cabe preguntarse: ¿Qué nos hace ser foráneos o locales y quién tiene la potestad de decidirlo? Clásicos como los de Tahar Ben Jelloun, El racismo explicado a mi hija (Empúries,1998), o El islam contado a nuestros hijos (La Magrana, 2002), abren vías de comprensión y respeto.

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En el ámbito literario, surgió la necesidad de abordar la diversidad como fondo, no como forma, es decir, integrada en las historias. Y se denunciaba el peligro de los libros bienintencionados, que reflejan un mundo idealizado, ya que pueden ser aburridos y poco efectivos. En cambio, álbumes más disruptivos como Memorias de una abuela apostadora, de Dayal Kaur Khalsa (2004), en el que una niña explica las anécdotas de su abuela, una exiliada ucraniana, pueden generar conversaciones profundas.

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Aunque a menudo no hay libros inmediatos sobre el genocidio de Gaza o la guerra de Ucrania, porque hace falta tiempo para que una historia se convierta en un libro, hay muchos sobre otros conflictos que pueden ser útiles en el aula, como La composición (Skármeta y Ruano, 2000), ambientada en la dictadura chilena, o clásicos como El diario de Anne Frank, surgido de la II Guerra Mundial, y de El diario de Zlata Filipovic (Columna, 1995), de la Guerra de los Balcanes.

Quizás la literatura no puede detener ninguna guerra ni revertir ninguna frontera, pero puede ayudarnos a mirarlas de cara y educar a una generación capaz de plantear preguntas que todavía no sabemos responder.

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