Cuando los adolescentes quieren irse de vacaciones sin padres
Los 14 años suele ser la edad en la que los jóvenes comienzan a plantear hacer una escapada con los amigos, si bien es cierto que las familias no suelen darles luz verde hasta a partir de los 16
BarcelonaEl verano es sinónimo de vacaciones, de viajar y de disfrutar con los tuyos de los momentos que las prisas diarias muchas veces no permiten. Pero la compañía con quien pasamos este tiempo de ocio y de placer puede ir variando con el paso de los años. Si bien normalmente los niños pasan las vacaciones con la familia, hay un momento en que, cuando ya son adolescentes, empiezan a mirar hacia otro lado. Siempre hay aquel primer verano en que plantean en casa su voluntad de hacer una escapada con los amigos, al margen de la familia. Si bien es una situación totalmente normal, algunas veces no se vive así por parte de los padres, que han de aprender a gestionar un cambio de rol en su relación con los hijos.
“Es un tema que normalmente sale en la consulta en forma de malestar familiar, ya que coge un poco por sorpresa a los padres. Por eso, siempre explico a las familias que lo han de entender como un momento evolutivo clave: no es que su hijo o hija sienta rechazo por la familia, sino que está construyendo su autonomía”, explica Margot Fusté, psicóloga infantojuvenil y directora del centro de atención psicológica Psicosinergia de Barcelona.
También señala que es un proceso de diferenciación que inician los jóvenes y que es necesario conocerlo para tranquilizar a las familias. “El adolescente necesita separarse para construir su identidad y cuando dejan de querer ir de vacaciones con la familia lo que hacen es acercarse a ellos mismos”. Aclarar este giro es esencial para que no haya conflictos y se puedan crear puentes y momentos de conversación entre los miembros de la familia para que haya comprensión por todas las partes.
Los 14 años suele ser la edad en la que los jóvenes empiezan a plantearse hacer una escapada con los amigos, si bien es cierto que las familias no acostumbran a darles luz verde hasta a partir de los 16. Hay que tener en cuenta que siendo menores no pueden viajar solos si no es con consentimiento, pero, en estos casos, los viajes suelen ser a destinos próximos y de poca duración, como pasar un fin de semana en alguna población a menos de dos horas de casa y donde se pueda llegar fácilmente en transporte público.
“De inicio, los padres ven estos viajes como un riesgo, por eso, nosotros, los profesionales, les hacemos un acompañamiento más bien psicoeducativo y les explicamos que este viaje puede ser una oportunidad educativa muy grande en cuanto a responsabilidad de autonomía, de decisiones, de límites... No es solo un viaje, sino que es un entrenamiento para la vida adulta”, destaca Fusté.
Hablar y planificar
Antes del viaje hay que hablar, planificar y ayudarles a preparar el viaje. “Se deben dejar unas normas claras, además de saber adónde van, dónde se alojarán, cuáles serán sus horarios, de qué dinero dispondrán y tener claro cuál será el contacto que se mantendrá durante estos días”, indica Fusté.
En este sentido, recalca que si se da confianza a los hijos para que marchen solos de viaje no se les puede pedir que estén en contacto constante con las familias para decirles dónde se encuentran en cada momento. Se dan casos, sin embargo, en que hay padres que exigen tener siempre geolocalizados a los hijos. “Si se comparte la ubicación a través de los dispositivos móviles, las familias no la pueden estar revisando constantemente ni la deben poder tener en tiempo real. Conocer su ubicación debe ser una herramienta de seguridad, no de control. Yo no la recomiendo como una manera de supervisión continua porque esto, al final, rompe la confianza y la autonomía de los jóvenes”.
Según Fusté, no se trata de saber exactamente dónde están en cada momento, sino que, si pasa algo, las familias puedan saber dónde encontrarlos. Asimismo, también destaca que no todos los adolescentes son iguales ni hacen lo mismo. “Hay adolescentes más responsables a quienes no les hace falta tanto control, los que están en una posición intermedia, y los que son más inmaduros y quizás necesitan más seguimiento, pero de una manera explicada y acordada, no impuesta”. Ella recomienda hacer propuestas concretas para establecer momentos de comprobación, como por ejemplo en el momento de llegar al destino, antes de ir a dormir y si cambian de planes.
El paso de hacer un primer viaje solos o con amigos será el primero de otros que vendrán a partir de ahora. Por ejemplo con estos viajes, la familia debe dar un paso hacia adentro para recolocarse, ya que pasan de ser el centro de su vida a ser la base segura desde donde el hijo sale y vuelve. Y para volver, primero debe salir.
La importancia de los vínculos previos
Tal como señala Fusté, es muy importante mantener los vínculos con los hijos pero sin invadir su intimidad e ir aumentando la relación de confianza de manera progresiva. De esta manera se evita que cuando llega la petición de ir de vacaciones solos o con amigos se convierta en una sorpresa, ya que si no es una decisión progresiva y compartida es cuando se vive como una ruptura (“no quiero venir con vosotros”), que a menudo genera más impacto. “Normalmente, los padres ya ven que los fines de semana salen más o que piden hacer más planes con los amigos. Si tienen una relación cercana con el adolescente pasar de cero a pedir irse solo es extraño”.
Por eso, Fusté recomienda no reaccionar desde el dolor, sino entender qué está pasando y ordenarlo, ya que el peso del grupo, de la pandilla, cada vez será mayor, así como la necesidad de autonomía que tendrá.
De hecho, cuando hay diferencias de ritmo entre padres e hijos es cuando aparece el conflicto. Por eso, hay que darles estrategias y, sobre todo, negociar. No hay que imponer, pero tampoco se debe ceder en todo. Hay que encontrar unos términos medios aunque muchos padres lo vivan como una pérdida silenciosa. “Pero muy necesaria”, añade Fusté.
En este sentido, explica que su trabajo en la consulta siempre se dirige más hacia los padres que hacia los adolescentes, ya que ellos siguen su proceso evolutivo. A veces, sin embargo, hay que incidir en estos jóvenes para que entiendan los sentimientos que afloran en sus padres para que les puedan ayudar en este proceso que puede ser de dolor y que, también puede ser, que los miembros de la pareja vivan de maneras diferentes. Unos han de entender a los otros y buscar el equilibrio en las decisiones y las emociones.
“Es verdad que en la adolescencia volvemos al egocentrismo de cuando éramos pequeños, pero hay que que entiendan cómo se sienten los padres y poner el espejo en el otro. Por eso, hay que trabajar sobre todo las pautas de comunicación. Si el adolescente reacciona de forma agresiva o no les da confianza, la familia todavía hará más preguntas. Hagámoslo todo lo más sano posible”, asevera Fusté.
Falta de confianza
Pero también existe la posibilidad de que los padres se nieguen a darles la confianza necesaria para que hagan este viaje solos o con amigos. “Normalmente, quien dice que no a un viaje, también dice que no a muchas otras cosas. El conflicto no es el viaje”, apunta Fusté. En estos casos, expone que los padres que se mantienen reticentes a estos primeros viajes es porque no han dispuesto de un espacio previo de reflexión en el que se les haya podido explicar en qué consistirá.
La psicóloga infantojuvenil reconoce que en estas situaciones surgen muchos miedos, pero que esto no suele pasar cuando hay un vínculo de confianza que no falla. En este caso, hay muchas otras cosas de base que están fallando y que son las que se deben trabajar, ya que estos distanciamientos, a la larga, pueden suponer muchas rupturas familiares complicadas. Lo esencial para que esto no pase es que haya una comunicación sana y un vínculo seguro o de confianza.