Campamentos de verano: entre 'mindfulness' y tuppers

BarcelonaEn las clases de preparación se habla mucho de las noches sin dormir, de las grietas en los pechos, de las loquías del posparto… pero poco se habla de un tema que te perseguirá cada año y que es mucho peor que tener que ponerse hojas de col en las mamas para aliviar la subida de leche: los veranos con hijos. Las escuelas cierran en junio. Pero, ¡oh, sorpresa!, tus hijos siguen existiendo.

Así que, como si fueran entradas para el concierto de Bad Bunny, por Semana Santa ya tienes que empezar a buscar campamentos de verano con plazas disponibles a precio de trasplante. Encontré uno de arte. En la web decía: “creatividad, expresión, naturaleza…” y las palabras mágicas: turnos de 9.00h a 17.00h. Y pagué la reserva. Unos meses más tarde, cuando ya no recordaba ni dónde las había apuntado, llegó un enlace con la reunión informativa online.

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El padre de las criaturas y yo nos conectamos con papel y lápiz, intentando proyectar una imagen de tutores legales responsables y preparados para apuntar todos los highlights con los que deslumbraríamos a las niñas cuando les explicáramos el campamento “tan chulo” que les habíamos elegido sin consultarles. La directora del campamento se presentó y comenzó la charla sin PowerPoint. Mala señal.

Nos dio un discurso improvisado sobre la importancia del arte en la sociedad y en la naturaleza que nos peinó las pestañas, mientras nosotros esperábamos con interés la parte de si debían llevar el desayuno en un tupper. Después, sin haber concretado aún sobre la vianda, explicó la importancia de no influir en ninguna decisión artística de los niños. Si un niño quería hacer una figura con barro, le acompañarían. Si quería pintar una piedra, le acompañarían. Si quería pasar tres horas sacándose mocos delante de una pared, también le acompañarían.

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¿Y el tupper?

—Los viernes haremos la fiesta de los ecosistemas —anunció con una serenidad inquietante. Imaginé a mis hijas pidiendo la canción de La Diva valiente y poderosa a aquella mujer que despedía mindfulness por todos los chakras.

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—Y haremos actividades para comunicarnos con las plantas —añadió otro monitor, inocente aún de lo que significa ver a veinticinco niños haciéndole el six-seven a un geranio.

También nos explicaron que la comida sería vegetariana, ecológica y de proximidad. Mis hijas, que detectan un garbanzo camuflado dentro de una croqueta, pasarían dos semanas conectando con el hambre.

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—Y jugaremos a juegos en los que, por ejemplo, nos pondremos en la perspectiva de cómo ven las moscas los espacios.

Levanté el lápiz y escribí: en la fiambrera llevar setas alucinógenas.

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Mi marido me miró.

—Oye, no te rías de los hippies.

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El micrófono estaba abierto. La directora sonrió y miró nuestros apellidos en la pantalla.

Apagué discretamente el micrófono. Y la cámara.

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Quizás mejor no hacerles ningún spoiler.

Ya se lo encontrarán cuando llegue el verano.