La comprensión lectora en tiempos de la IA
No hace falta ser un experto para deducir que si nuestros alumnos van muy mal en cálculo y en lectura necesitarían ampliar (e intensificar) las horas de matemáticas y de lengua, desde primaria hasta secundaria. Esto es tan evidente como complicado de enderezar a corto plazo. Justamente, las últimas innovaciones han robado protagonismo a estos dos conocimientos básicos y se han sacrificado (o mezclado) con otras propuestas quizás más atractivas de cara al alumnado, pero que los resultados PISA confirman que nos alejan vertiginosamente de los mínimos exigibles.
Muchos docentes lo íbamos advirtiendo. No se puede jugar a la ligera con la metodología porque cualquier cambio debe tener asegurado el éxito. Es imprescindible calcular con precisión y responsabilidad (con consenso político de país) cómo encajamos los aprendizajes básicos con los retos del siglo XXI. Es el futuro de nuestros hijos. Y ahora las costuras de nuestro sistema han quedado especialmente a la vista porque, en paralelo, nuestras aulas también se han vuelto endiabladamente complejas. Podemos acotarlo a los últimos veinte años en los que he visto desde dentro cómo todo se complicaba y se burocratizaba hasta el colapso. Por ejemplo, la diversidad pide trabajar por niveles si no queremos dejar a gente atrás.
En las aulas de acogida la mayoría de los recién llegados tienen un nivel bajo o muy bajo en matemáticas, física y química y, por razones obvias, de catalán y de lenguas en general, que quiere decir ortografía, gramática y comprensión lectora. La nueva tecnología ha abrazado la imagen por encima del texto, y el resumen por encima de la profundización. Antes, el resumen lo tenía que hacer el alumno, ahora se le da resumido del libro o por el docente. Y se estudia la versión simplificada de todo, en todas las asignaturas. Más fácil, más aprobados. Y menos exigencia, evidentemente. Por tanto, menos cultura general y conocimientos consolidados de manera más superficial. Sumémosle el ritmo frenético de la vida, la poca paciencia y la escasa concentración en las tareas y en el estudio. Un cóctel de pantallas y estímulos constantes que genera una sociedad que no es consciente de lo que desconoce hasta que las comparaciones mundiales la dejan en evidencia. Padecemos el mal de la educación en detrimento de la enseñanza. Si en las aulas debemos dedicar muchos esfuerzos en "educar en emociones" perdemos horas capitales para impartir temario imprescindible.
En cuanto al fomento de la lectura, la mayoría de los centros intentan potenciarla como pueden. Medias horas exclusivas cada día, lecturas en voz alta, etc. Cuanto más hagamos, mejor. Otra evidencia. De todas formas, en general, en la ESO se trabajan lecturas poco exigentes, a menudo elegidas por el tema que desarrollan más que por su calidad literaria. Este año, donde trabajo, por ejemplo, aprovechamos los recursos de la IA para generar preguntas interactivas a partir de textos seleccionados. Debemos aliarnos con las herramientas del presente porque tampoco podemos ir en contra. Aun así, necesitamos recuperar horas puras de humanidades y ciencias. Y la tercera hora de lengua en el bachillerato. Más, en este caso, seguro que es mejor.